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El mundo sin nosotros

"Nuestra sola existencia como especie ya es desestabilizadora: nos adaptamos al medio de manera agresiva, haciendo del mundo un medio ambiente"

Foto: MANUEL SILVESTRI | Reuters

Han bastado unas semanas de confinamiento para que los europeos nos maravillemos ante las imágenes -reales o falseadas- de un mundo natural regenerado por la ausencia humana: limpieza en los canales venecianos, pavos reales sobre el asfalto urbano, transparencia del canto de los pájaros. Algo así como el mundo sin nosotros, que lo observamos parapetados tras la ventana con un sándwich de pavo en la mano. Es lógico que experimentemos esa sensación de extrañamiento que acaso sea dominante estos días; como si nos viéramos transportados a una película de ciencia-ficción. Surgen, entonces, las fantasías regeneracionistas que apuestan por un planeta liberado del animal humano. ¿No podría ser así siempre? Podríamos llamarlo el virus del franciscanismo, si no fuera por la conveniencia de racionar las metáforas epidémicas.

Estas imágenes son poderosas porque su contexto es urbano; dislocan el sentido habitual de aquello que da forma nuestra realidad. Pero, por eso mismo, son engañosas: antes de que el ser humano hiciera su aparición, la abundancia natural carecía de historiadores. Tampoco escapaba a otras catástrofes, como atestiguan nada menos que cinco extinciones masivas. Y sí, el ser humano ha sido terriblemente disruptor; pero así somos. Nuestra sola existencia como especie ya es desestabilizadora: nos adaptamos al medio de manera agresiva, haciendo del mundo un medio ambiente. Y si abandonamos un territorio, la naturaleza procede a ocuparlo. Sucedió, incluso, en Chernóbil.

De aquí no debe extraerse la conclusión de que una civilización compleja pueda o deba reducir drásticamente su tamaño, tal como perseguían los iluminados malthusianos de esa formidable serie televisiva que es Utopia. No lo haremos; fantasear con lo contrario es una receta para la frustración. Eso no quiere decir que la crisis del coronavirus carezca de enseñanzas, empezando por la necesidad de cerrar los mercados asiáticos de animales salvajes para evitar que la zoonosis se convierta en una nueva normalidad. Y es que si bien no podemos dejar de ser humanos, sí que podemos refinar las relaciones socionaturales en el marco de un nuevo ciclo de ilustración: hacer más liviana nuestra huella sobre el planeta sin dejar por ello de pisarlo. Mejorando de paso, en lo posible, la vida de las especies a las que les ha tocado compartirlo con nosotros.

Tal vez la visión del agua esclarecida de Venecia nos ayude, cuando esto haya pasado, a comprenderlo. Tiempo habrá de discutirlo; ahora toca defenderse de un patógeno que también es, recordémoslo, naturaleza. Así que hagamos del planeta un lugar mejor, pero con nosotros dentro: seamos compasivos, sin ser ingenuos.

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