The Objective
Manuel Arias Maldonado

Haciendo cola en el callejón sin salida

«Aun cuando una mayoría social desee naturalmente mayor prosperidad, nadie quiere asumir los costes imprescindibles para generarla»

Opinión
Haciendo cola en el callejón sin salida

Ilustración generada con IA.

Todo indica que el laborista Andy Burnham ocupará pronto el lugar del también laborista Keir Starmer como primer ministro británico: será el séptimo en apenas diez años. ¡Van a volver loco al gato de Downing Street! Y aunque resulte admirable la vitalidad interna de los partidos que vienen alternándose en el poder desde hace décadas, nada hay de envidiable en la inestabilidad política que sufren los británicos desde que decidieran —fueron sobre todo los ingleses— abandonar la Unión Europea. Ahora bien: la noticia no es que el Reino Unido sufra problemas de gobernabilidad, sino más bien que ha pasado a compartir los problemas que venían aquejando a otros países europeos. Han ingresado informalmente en el club del que deseaban huir: el que integran unas democracias atrapadas en el callejón sin salida que ellas mismas han construido.

Porque los males que sufren los británicos —agravados sin duda por la autolesión del Brexit— los sufren asimismo franceses, italianos o españoles. Y eso incluye a España, pese a que el aumento masivo de la inmigración —además de los fondos europeos— haya generado una ilusión de prosperidad que tarde o temprano dejará paso a la mediocre realidad. Hablamos de servicios públicos deteriorados —entre ellos ese servicio nacional de salud que forma parte de la identidad británica— que el Estado tiene dificultades para sufragar: de una deuda pública que asciende sin remedio, entre otras cosas porque la factura de las pensiones públicas no deja de aumentar, pese a que la carga fiscal que soporta la clase media es ya intensa. Y hablamos de un crecimiento anémico que agrava los efectos de la inflación, sin olvidarnos de una vivienda inasequible que agrava la difícil situación de los jóvenes ni de las tensiones derivadas de una inmigración desordenada.

Ocurre que también en el caso británico el malestar ciudadano resultante ha impactado sobre la competición electoral; aunque sea pronto para certificar la defunción del bipartidismo tradicional, se encuentra más amenazado que nunca. Recordemos que Boris Johnson logró para los tories una gran mayoría absoluta pronto desperdiciada; y que el laborista Keir Starmer ha hecho lo propio. Mientras tanto, los extremos crecen: el populismo de derecha de Nigel Farage y el populismo de izquierda de los Verdes liderados por Zack Polanski ganan terreno en las encuestas. Y como quiera que el izquierdista Burnham insiste en que dará la vuelta a la situación, propiciando un «cambio radical» del país, uno siente genuina curiosidad: ¿cómo lo hará? Porque nadie lo sabe todavía.

Es la pregunta del millón: si Burnham encuentra una fórmula mágica, será imitada por los gobernantes de media Europa. Ya que incluso el más bienintencionado de los presidentes se enfrenta al dilema habitual: ¿cómo adoptar medidas eficaces para estimular el crecimiento, aumentar la productividad, incrementar la cohesión social, modernizar la administración y mejorar los servicios públicos… sin generar rechazo popular y perder las siguientes elecciones?

Recordemos que Liz Truss quiso bajar impuestos a las bravas y los mercados le hicieron ver que hay un Estado del bienestar que sufragar; que Emmanuel Macron sacó adelante con enormes dificultades una reforma de las pensiones que un parlamento fragmentado le obligó luego a suspender; que el alemán Mertz prometió un «otoño de las reformas» y estamos ya en verano. En todos estos casos, los populistas sacan provecho: les basta con protestar y denunciar al establishment. Para quienes ni siquiera lo intentan, como Pedro Sánchez, todo es más fácil: que suba el gasto público y nos quiten lo bailado. También en eso Zapatero ha sido, según puede comprobarse, un modelo a seguir.

Podría ser peor: el economista francés Thomas Piketty ha salido a reivindicar un decrecimiento que, por fortuna, carece de todo atractivo electoral. Pero aun cuando una mayoría social desee naturalmente mayor prosperidad, nadie quiere asumir los costes —racionalización de las pensiones, reforma educativa, dinamización del mercado laboral, liberalización de mercados— imprescindibles para generarla. Y contra ese muro seguimos dándonos cabezazos.

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