The Objective
Manuel Arias Maldonado

En los dominios de Svengali

«España necesita un PSOE reconciliado con la causa democrática y comprometido con la modernización social. Si esa reconstrucción moral es posible, es otro asunto»

Opinión
En los dominios de Svengali

Ilustración generada mediante IA.

Ante la desasosegante situación de la política española, se impone responder a una pregunta de orden teórico: ¿cómo se forma la opinión pública y qué determina las preferencias de voto de los ciudadanos? Breve resumen de la literatura académica: en la posguerra mundial y bajo el impacto de la experiencia totalitaria, se subrayaba el papel de la propaganda estatal; conforme al modelo Svengali, así bautizado en referencia al célebre hipnotista creado por George du Maurier, los mensajes emitidos por el poder «capturan» irremisiblemente al público. ¡Maestro Goebbels! Sin embargo, ese consenso duró poco: la evidencia sugiere que los mensajes políticos no se introducen en el cuerpo de la opinión pública como el suero a través de la aguja hipodérmica, sino que son recibidos por grupos e individuos que los procesan con arreglo a su bagaje emocional e ideológico. En otras palabras: influir sobre el votante demanda un esfuerzo no siempre coronado por el éxito.

Bien. Pero si uno se fija en nuestro país, se quedará perplejo: el partido que gobierna está implicado en un sinnúmero de corrupciones —de la amnistía a las cloacas— sin que eso provoque un castigo apreciable en las encuestas. De momento, la más desfavorable atribuye al PSOE de Pedro Sánchez un 26% de intención de voto. Desde el punto de vista del buen funcionamiento de la democracia, semejante resiliencia —capacidad para absorber shocks externos— resulta preocupante. Frente a partidos socialdemócratas europeos a los que su electorado castiga cuando toca, los socialistas españoles parecen contar con el apoyo incondicional de casi un tercio del electorado. Y nadie en su sano juicio defendería la conveniencia abstracta de que un partido político permanezca en el poder haga lo que haga; quien defiende esta tesis ha dejado ya de ser demócrata.

¿Y por qué sucede tal cosa en España? O mejor dicho: ¿por qué sucede con los socialistas españoles? Porque la capacidad para retener el apoyo de su electorado en las peores situaciones imaginables es un atributo que los socialistas disfrutan en régimen de exclusividad: el PP se hundió cuando sus corrupciones salieron a la luz y a Cs lo liquidaron sus votantes por cumplir la promesa electoral de no pactar con Pedro Sánchez. Solo tras la crisis económica descendió el PSOE a los abismos: su base electoral castigó el decretazo que reducía pensiones y sueldos públicos. Desde la moción de censura, poco ha importado que Sánchez se desdijera de todas sus promesas o haya convertido al PSOE en un partido socialpopulista; los votantes cierran filas y ni siquiera la más sucia de las corrupciones —poner las instituciones al servicio de la impunidad de quienes cometen delitos— logra conmoverlos.

Es verdad que las encuestas tienen truco: los socialistas han perdido varios puntos de intención de voto tras absorber a muchos electores situados a su izquierda; el bloque a cuyo frente se puso Sánchez en la noche del 23-J —cuando proclamó aquel «somos más» que confirmaba el giro plebiscitario de la política española— se ha debilitado de manera considerable. Pero los socialistas no solo retienen a un alto número de votantes, sino que siguen disfrutando del apoyo de académicos, periodistas e intelectuales que se dicen demócratas ejemplares. ¿Cómo es posible?

La respuesta —al margen de los bolsillos agradecidos de pensionistas, catalanes y vascos— está en la historia reciente de nuestro país. Ramón González Férriz ha recordado en El Confidencial el caso de Javier Pradera: indignado con los escándalos de corrupción del tardofelipismo, el insigne periodista escribió un libro sobre el tema… que renunció a publicar por miedo a facilitar la llegada al poder de la derecha. Hoy como ayer: ¿cuántos influencers en el sentido clásico de la palabra no se hacen ahora el mismo razonamiento? Tanto las élites intelectuales como millones de votantes fueron capturados subjetivamente por el PSOE de Felipe González en la década de los 80; ni ellos ni sus herederos han roto ese vínculo de orden sentimental y prepolítico: una identificación personal que para ellos se parece al aire que respiramos. Todos tenemos a un amigo o familiar que responde a ese perfil; es un paño bien conocido.

«Quien desea que gobiernen los suyos a toda costa ciertamente sufre alguna clase de patología moral»

Aquella maniobra de cooptación masiva —facilitada por la ausencia de un partido de oposición digno de tal nombre hasta principios de los 90— tuvo un éxito descomunal y ha modelado la cultura política de la España constitucional. Y por eso ha podido Sánchez acabar con el PSOE tal y como lo conocíamos —ahora es un partido unipersonal— sin suscitar la protesta de un electorado fiel a las siglas y educado por sus líderes en el odio cerval a la derecha. Ahora bien: nada de eso podría suceder en ausencia de un aparato cultural cuyo solo objetivo consiste en reforzar al Gobierno e impedir la alternancia. De ahí que El País no deba inquietarse por esas anotaciones del cuaderno de Leire Díez donde se constata que su línea editorial pasó a marcarla Pedro Sánchez cuando cambió su dirección: si debajo de la cabecera figurase la leyenda «línea editorial marcada por Pedro Sánchez», haciendo así explícito lo que ya era evidente para cualquiera, el número de suscriptores se multiplicaría.

Voy terminando: Máximo Pradera, hijo del difunto Javier, ha acusado a González Férriz de presentar a su padre como víctima de una «patología moral». Sorprende que Pradera fils no entienda que la alternancia es consustancial a la democracia: quien desea que gobiernen los suyos a toda costa ciertamente sufre alguna clase de patología moral. Porque siendo bueno para el sistema democrático que los partidos mayoritarios —si son moderados— gocen de un amplio suelo electoral, será malo que lo conserven cuando malgobiernan o ponen en peligro la integridad de la democracia misma, que es lo que está sucediendo en España —como es evidente para cualquier observador imparcial— desde que Pedro Sánchez lidera al PSOE. ¡Y no lo digo yo, lo dicen los cuadernos de Leire Díez!

Por esa misma razón, en fin, sería indeseable que el PSOE desapareciese a la manera del Partido Socialista italiano: lo que vino después de Tangentópoli —el derrumbe del sistema de partidos de aquel país tras desvelarse su corrupción masiva— fue Berlusconi. De manera que la democracia española necesita un PSOE reconciliado con la causa democrática y comprometido con la modernización social. Si esa reconstrucción moral es todavía posible, ya es asunto distinto; hagan sus apuestas.

Publicidad