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Entre pin, pan y pun

"Unas gotas de liberalismo en los engranajes parecen imprescindibles para no recalentar en exceso la lógica de la vida política"

Foto: Feliphe Schiarolli | Unsplash

I

Como la vida política no cabe en un riguroso sistema axiomático-deductivo, una de sus enfermedades más frecuentes, y de las más peligrosas, ya que tiende a incubar Robespierres a caballo (que decía Vegas Latapié), es el exceso de lógica. Para combatirla se inventó la vacuna del liberalismo.

 

II

En 1918, en plena efervescencia revolucionaria, se aprobó en Moscú una insólita Declaración sobre los Derechos del Niño. Es insólita, a mi modo de ver, no por lo que dice, sino por los corolarios que deduce de la sacralización de la infancia: todo niño tiene derecho a elegir a sus educadores, a abandonar a sus padres a cualquier edad, a no ser obligado a asistir a una institución educativa, a tener las mismas libertades y los mismos derechos que los adultos, y a no ser sometido a ningún castigo.

III

El día de Acción de Gracias de 1965 se manifestaron en torno al medio millón de personas en Washington para pedir el fin de la Guerra de Vietnam. Allí estaban dos adolescentes de 15 años, John Tinker y Christopher Eckhardt, alumnos del instituto de Des Moines, que regresaron a sus casas convencidos de la necesidad de seguir la consigna lanzada por el senador Kennedy: mantener la protesta durante los días de Navidad. El día 16 de diciembre se presentarían en sus clases con brazaletes negros.

John Tinker consultó su intención con sus profesores, porque la dirección del centro había prohibido cualquier señal de protesta. Convencido por estos, decidió respetar la prohibición. Sin embargo, su hermana Mary Beth, de 13 años, quiso entrar con el brazalete negro en la clase de matemáticas. El profesor Richard Moberly le prohibió el paso. John se solidarizó inmediatamente con ella y corrió su misma suerte.

Los Tinker consideraron que sus derechos no habían sido respetados y presentaron una denuncia contra el centro. El caso llegó hasta el Tribunal Supremo, que dictó una sentencia a su favor el 24 de febrero de 1969. Siete de los nueve jueces consideraron que la Primera Enmienda garantizaba la libertad de expresión de profesores y alumnos tanto fuera como dentro de un centro educativo, porque nadie abandona sus derechos constitucionales a las puertas del mismo. Los centros educativos no pueden ser “enclaves totalitarios”.

Los jueces dijeron grandes palabras, pero fueron incapaces de ver que las conductas de los alumnos no siempre obedecen a criterios lógicos. Con frecuencia lo que ponen de manifiesto es que tienen mucha más energía que sentido común para controlarla. Por esta razón es poco sensato que un juez se arrogue el derecho de decidir cómo debe transcurrir una jornada escolar.

IV

El 23 de agosto del 2009, el Diario de Navarra informaba que un padre culto, consultor financiero, licenciado en derecho y en periodismo, que residía con su familia en navarro Valle de Egüés, le había soltado una colleja a su hijo de 10 años al sorprenderlo peleándose violentamente con otro niño. Unos policías municipales, que estaban presentes, lo denunciaron por malos tratos. Unos meses después, el niño fue expulsado de la escuela por amenazar a un maestro. El padre lo llevó a comisaría y pidió a los policías que, puesto que parecían estar muy seguros de cómo se debe educar a un niño, se hicieran cargo del suyo. Si él actuaba como creía que debía de actuar, esos mismos policías volverían a denunciarlo. Le contestaron que no entraba entre sus cometidos la educación de los hijos de nadie. Pero si eran capaces de juzgar a los padres -les observó el padre-, también debieran ser capaces de educar a sus hijos. Dejó al niño allí y salió de la comisaría. Esta vez lo denunciaron por desobediencia y abandono de un menor. En el juicio subsiguiente, fue absuelto, pero él consideró que los policías deberían haber sido condenados por denegación de auxilio.

V

Si una sociedad que ha hecho del pluralismo un valor constitucional supremo, quiere seguir siendo una, debería acostumbrarse a gestionar las inevitables contradicciones que se deducen de sus principios con más sentido común que improperios. Unas gotas de liberalismo en los engranajes parecen imprescindibles para no recalentar en exceso la lógica de la vida política.

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