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Jorge Freire: “¿Una recomendación para los lectores jóvenes? Que aprendan a renunciar”

Jorge Freire (Madrid, 1985) nos ofrece en su último libro Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Ed. Páginas de Espuma), XI Premio Málaga de Ensayo, un fastuoso recital de la inteligencia que bebe de los grandes clásicos para ofrecernos una mirada libre y desenvuelta del hombre contemporáneo.

En las Edda se habla del “fuego de los ríos”. Debajo del orden humano y de la moral, late una inquietud que rompe la armonía edénica. Pero ese fuego supone también el inicio de la historia. Citas al principio de tu libro la conocida sentencia de Pascal sobre la incapacidad de permanecer quietos y a solas en una habitación. ¿No es, en realidad, el fuego –la llama de la agitación– lo que nos humaniza? ¿La condena de Ulises no constituye el origen de Occidente?

Todo es conflicto. Según Heráclito, Homero erraba al desear que el combate entre dioses y hombres terminase. Donde hay vida, hay pugna. Quien prometa abolir definitivamente las discordia será, a buen seguro, un mercachifle, un tonto redentorista o un totalitario. Naturalmente, media un trecho entre la búsqueda de sentido y la carnavalada frenética del Homo Agitatus, que no es sino una suerte de narcótico. El agitado espanta la realidad con alharacas como el avestruz esconde la cabeza. Volviendo a Pascal, puede que no seamos más que una caña, y la más débil de todas, pero somos, al cabo, una caña pensante. La única solución es, a mi juicio, atender a nuestro carácter contingente.

Al hablar de la inquietud como el gran mal de nuestro tiempo, no podía dejar de pensar en los padres del desierto, que llamaron a la acedia “el demonio del mediodía”. En De octo vitiosis cogitationibus, Evagrio Póntico observa que “el demonio de la acedia nos sugiere ideas de salir, de cambiar de lugar y de género de vida. Describe esa otra vida como nuestra salvación y nos persuade de que, si no nos vamos, estamos perdidos”. La tentación de la acedia tiene mucho de la libertad del fugitivo.  La consecuencia última serían el temor y la abulia, o una mezcla de ambas. ¿Dirías que el homo agitatus, del que hablas en el libro, puede ser no sólo el hiperactivo cazador de experiencias, sino también el melancólico derrotado?

Por eso los sueños de libertad total del Homo Agitatus terminan como Anne Bancroft y Dustin Hoffmann en la última escena de El graduado, sentados en el asiento trasero mientras suena The sound of silence. La libertad no se alcanza escapando. Ser libre no significa ser anárquico sino, por decirlo con Santayana, «íntima, exacta e irremediablemente gobierno». Por paradójico que parezca, solo es libre quien ha aprendido a dominarse. Sospecho que la agitación es una variante de la acrasia, que no es sino intemperancia y blandura de carácter. Sobra decir que nada tiene que ver con la acracia. Los acráticos niegan cualquier tipo de autoridad, mientras que los acrásicos son sencillamente incontinentes, como el niño que se hace pis encima.

 “No se trata de hacer muchas cosas –afirmas en el libro–, sino de hacer cosas que valgan la pena”. La pregunta es la de Pilato: “¿Qué es la verdad?”. O, mejor dicho, ¿qué cosas valen la pena, si nada es sólido más allá de la vida desnuda?

No es lo mismo una vida feliz que una vida significativa. Un estudio reciente del psicólogo Roy Baumeister muestra que las personas que se empeñan en conferir un sentido a su existencia sufren más estrés y más ansiedad que el resto, porque se proyectan en el futuro y en el pasado, y no suelen ser felices. Puede que, como escribió John Stuart Mill, sea preferible ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho.

En cuanto a Pilatos, su dilema es formidable. Bajo la égida del imperio, el Sanedrín carece de competencias para ejecutar sentencias de muerte, así que no puede escurrir el bulto. Si se niega a condenar a Jesús, lo considerarán desleal al César; si no satisface los deseos de venganza de la turbamulta, se desatará un motín que acabará con su carrera. Ahora bien, al decir aquello de “no encuentro culpa en este hombre”, Pilatos demuestra que una cosa es la verdad y otra, lo que conviene.

En España hemos asistido a un triunfo del humor televisivo como herramienta política. Sin embargo, como bien apuntas, “la irrupción del humorismo ha dejado un par de consecuencias indeseadas”. La principal, seguramente, es “la pauperización de nuestra vida social”. ¿Podrías desarrollar esta idea en relación con la crisis política e intelectual que sufrimos en nuestro país?

Hay cosas que se definen por su carácter excepcional. Mala idea es convertirlas en asunto cotidiano. Si tienes algún amigo que ha hecho del humorismo el pan de cada día, su presencia te resultará extenuante. El “risueño código”, en expresión de Gustavo Bueno, es una cosa muy seria. Por eso al colonizar nuestra vida social de agitaciones y risotadas, no hay peor pecado que “cortar el rollo” ni pecador más grande que el “aguafiestas”. Que los consumidores de humor tengan un rictus tan mortecino se debe a que con el humor pasa, en resumidas cuentas, lo mismo que con la felicidad: cuanto más tiempo le dedicas, menos hueco dejas para la alegría. Sobra recordar que no estamos obligados a reír todas las gracias. Como dijo Gorgias: contra la seriedad, risa; contra la risa, seriedad.

Respecto a la esfera política, el humor es una técnica que, bien empleada, puede servir para corroer estructuras de poder. De ahí la redundancia del “humor corrosivo”. Todo poder que busque perpetuarse no debe eliminar a bufones y albardanes, sino generarlos en su seno y conferirles la plica de la oficialidad, con vistas a sofocar todo conato de humor enemigo. Creo que a Orwell le faltó un Ministerio del Humor.

Otra de las ideas que subyacen en el libro es que “de lo inmediato no puede brotar la cultura”. Al leerte, pensaba que en efecto es así, pero que la paciencia requiere de un terreno fértil para fructificar y no de una tierra baldía. ¿Qué característica piensas que debería reunir una sociedad para que madure y dé fruto?

Para que el árbol dé fruto no solo precisa de sol y lluvia, sino también de un tiempo de reposo. Por eso hay que desesperar a quienes se apresuran, como dice Nietzsche en el prólogo de Aurora. Cultura es sinónimo de cultivo. Si se anda con prisas, el fruto cae fuera de surco y se agosta.

Modernidad y moderación se encuentran etimológicamente conectados, como observa Rémi Brague en su ensayo Moderadamente moderno. Por un lado, ¿cuándo y cómo crees que perdió la Modernidad su moderación inicial? Y, por otro, ¿consideras que hay una agitación característica de nuestro tiempo, distinta a la de los clásicos?

La Edad Moderna está jalonada por innumerables mojones de intemperancia y desmesura. Aunque no soy historiador, frecuentar la amistad de Juan Laborda me ha acercado bastante al tema. Todos conocemos los excesos a que se daban Catalina la Grande, las ciudades-estado italianas o el Papado. Excesivos eran los gabinetes de maravillas y las naumaquias, o el alambicadísimo ceremonial de corte que Felipe III y Felipe IV importaron de Francia, como excesiva fue la Guerra de los Treinta años. Pero todavía son más interesantes, por su exageración, las tentativas de promoción social, que nunca llegaban lejos. Piénsese en aquellos soldados que hinchaban su historial, colgándose batallas imposibles, para finalmente recibir un espadín de plomo o una pluma de colores para el sombrero. ¿Acaso el oficial sin un duro y sin un metro cuadrado de tierra, emperifollado como un pavo real, excesivo a todas luces, no recuerda al agitado hodierno, que exagera sus aspavientos para esconder su impotencia? Sea como fuere, la Modernidad termina en 1789, que es cuando ser moderado se convierte en la peor de las opciones. Eran tan firmes en su lucha contra el moderantismo que entre 1791 y 1795 los jacobinos se purgaron a sí mismos. Tal y como estudió Gustave Le Bon en su Psicología de las multitudes, algunos miembros de la Convención sobreactuaban en su papel de revolucionarios, cometiendo en ocasiones horribles tropelías, por miedo a parecer templados.

Respecto a la diferencia con otras épocas, cabe decir que la nuestra culmina un proceso de homologación global, de sobreabundancia de lo mismo, que hace de la agitación algo hegemónico. En el frontispicio del teatro de Ocaña se lee que “por su cultura se conoce a sus pueblos”. Pues bien, hoy solo hay una cultura, y es la cultura de la agitación.

En la coda final del libro, citas las Sátiras de Persio y con él repites: “No te busques fuera de ti”. ¿Por qué no podemos encontrarnos en el Otro? ¿Piensas que somos el foco de nuestra propia verdad?

Desconozco si la luz brota exclusivamente del interior, pero de poco sirve dejarse cegar por destellos que, a pesar de su brillo, no iluminan. Ahora bien, esto no debe llevar a un nosce te ipsum solipsista. Como dice el joven Hegel, hay un momento en que el amado deja de ser un “nosotros” y se convierte en un enigma. Es entonces cuando surge el Otro. Somos seres relacionales: nos convertimos en quienes somos por medio de la relación con los demás. Hay un término medio entre la anomia de la masa y el retiro del eremita. De lo que se trata, a mi juicio, es de afianzarnos en nuestros zapatos y de gobernarnos, pero teniendo presente que no habitamos unos dominios íntimos, sino una frontera.

Una última pregunta. Puesto que, además de ensayista, eres profesor y te dedicas al noble arte de educar, ¿qué le recomendarías a la juventud para que no caiga presa de la agitación? ¿Qué crees que falla en la escuela actual?

Yerran los pedagogos al entusiasmarse con toda novedad educativa, como si fuera buena por el hecho de ser nueva. Caer de hinojos ante cualquier gadget es un infantilismo impropio de adultos. Una pizarra digital no es el bálsamo de Fierabrás. Si algo enseñan estos días de confinamiento es que, por útiles que sean las tablets, el aprendizaje es, en muy buena medida, imitativo. No se trata solo de memorizar fechas o fórmulas, sino de cómo razonas, cómo hablas y cómo te comportas. En la vieja pedagogía, tan amiga de las metáforas botánicas, se decía que el educando era un sarmiento de vid que había que enderezar con pulso firme. Es curioso que el fulcro que sostiene el tronco de la planta reciba el nombre de tutor, porque en educación el tutor es el que se encarga de que los chicos crezcan rectos. Algunos problemas de la pedagogía se deben al olvido del sentido común. Aprender jugando es imposible porque hay un tiempo para el trabajo y otro para el ocio, y no conviene que uno invada el espacio del otro. Recordemos lo evidente: estar disperso es lo contrario de estar concentrado.

¿Una recomendación para los chicos? Que aprendan a renunciar. Uno de los latidos iniciales de este libro fue un artículo de prensa que decía “los jóvenes de ahora lo quieren todo y lo quieren ya”. Eso es, cuanto menos, preocupante. El hedonismo a corto plazo es una suerte de perverso genio de la lámpara. La baja tolerancia a la frustración de muchos adolescentes, que los mueve con frecuencia a la angustia y al derrotismo, tiene que ver con ello. La cultura, según Freud, es el trecho que hay entre un deseo y su satisfacción. La civilización se basa en la renuncia a ciertas cosas. Ya lo decía el refrán: cuando el camino es corto, hasta los burros llegan.

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