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La abdicación de los aristócratas

"Nos dirigimos a elecciones –salvo sorpresas mayúsculas– ante la incapacidad de las élites de asumir su deber"

Foto: TVE | RTVE

En su anotación 144 acerca “de cómo sucumben las aristocracias y los príncipes”, perteneciente a sus famosos Juicios sobre la historia y los historiadores, Jacob Burckhardt observó: “Las aristocracias abdican, pero no huyen como los príncipes”. El autor suizo pensaba en los efectos de la Revolución Francesa y en la propia condición humana, que sabía debilitada. Como buen conservador desconfiaba de los excesos del entusiasmo, incluso los motivados por las intenciones más nobles. Por supuesto, ese aforismo delataba el solapamiento de los poderes y la sustitución de uno antiguo y caduco por otro acuñado con el brillo del oro nuevo: el Estado.

Poco después, sin embargo, la modernidad entraría también en crisis y con ella el Estado, que ya a principios de nuestro siglo empezó a ceder ante la tecnología, la globalización, el resurgir identitario y la brecha sociocultural. Cabría preguntarse si responde la crisis territorial española a un exceso de Estado o a un déficit del mismo. ¿Y la anomia europea, todavía sin una formulación política consistente, se debe asimismo a un exceso de Estado o una incapacidad del mismo para rehacerse?

Sin duda, Burckhardt se cuestionaría el papel de las aristocracias, que ahora responden al nombre de élites. ¿Qué papel desempeñan? ¿Cómo asumen su responsabilidad? ¿Qué peso logran ejercer? La respuesta en España sería deprimente, como podemos observar una vez más en estos días. La incapacidad para llegar a alianzas y formar gobierno, la utilización continua de los intereses partidistas para erosionar las instituciones del Estado, la imposibilidad de alcanzar grandes consensos en cuestiones claves para el futuro del país –de la sostenibilidad de las políticas de bienestar a la calidad educativa, del mercado laboral al desarrollo de la industria–, la degradación inaudita del debate público en los medios de comunicación, la corrupción financiera o el uso frívolo de diversas técnicas de guerrilla cultural para emponzoñar el demos común son algunos ejemplos de la abdicación de una clase que parece interesada sólo en perpetuarse. El último caso lo tenemos en la encerrona que se le prepara al rey Felipe VI, a quien los partidos políticos quieren endosar la responsabilidad de que vayamos o no a elecciones.

Allí nos dirigimos sin duda –salvo sorpresas mayúsculas– ante la incapacidad por parte de las élites de asumir su deber. Sospecho que no hay alternativa a una gran coalición, mientras reconozco que tampoco se dan las condiciones para ella. Ese es nuestro drama, mientras la frivolidad –ese sinónimo de la abdicación– campa a sus anchas por el territorio fértil de la democracia.

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