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La España desértica

Foto: Jörg Bergmann | Flickr

A vista de pájaro, poco queda ya de aquella mítica Iberia que una ardilla podía cruzar de rama en rama sin pisar el suelo. Contemplo la tierra yerma desde la ventanilla del avión. La desertización ha ido avanzando a lo largo de los siglos por distintos motivos: algunos históricos, como el sobrepastoreo o, más recientemente, la excesiva urbanización y el mal uso de los recursos hídricos; otras razones, en cambio, tienen que ver con los efectos del cambio climático y la creciente aridez del suelo que, al perder su manto vegetal, se vuelve menos y menos fértil. Es curioso pensar cómo las plantas resultan necesarias para la vida –ellas han creado la atmósfera– y cómo esta misma desertización acompasa visualmente el acelerado declive de la España rural, que envejece y se vacía a diario. Puesto que desde la Antigüedad clásica los griegos han pretendido construir el pensamiento desde el mundo de la zoología, el filósofo Emanuele Coccia se plantea qué sucedería si Aristóteles hubiera fundado su metafísica en el alma vegetal. Son preguntas para las que, por supuesto, carezco de respuesta. Quizás se trate sencillamente de planteamientos extravagantes que buscan llamar la atención de un lector incauto.

Las religiones monoteístas surgieron en la extrema desolación de los desiertos; las politeístas, por el contrario, precisaban el juego danzarín de las fuentes y la umbría de los bosques. Existe una misteriosa ligazón entre el paisaje y la tonalidad de la imaginación. Dicho de otro, el hombre no es inmune a la naturaleza que le rodea y que transforma con sus manos. El abandono del mundo rural y su sustitución por la urbe –unas pocas ciudades de éxito, en realidad– nos hablan no sólo de las nuevas tendencias marcadas por el abanico de oportunidades de la globalización, sino también del debilitamiento de una esperanza. La España vacía refleja el olvido de una parte del país que no supo vertebrarse con todas sus consecuencias. Dicen que España es el país menos poblado de Europa. Reforestar nuestras tierras sería entonces como rehacer un mundo que desaparece. La vida se manifiesta como vida; el abandono, la soledad y la muerte como abandono, soledad y muerte. Protegernos del desierto –hay iniciativas ya en este sentido- equivale a reivindicar el futuro. Y eso también constituye una forma de piedad.

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