Daniel Capó

La repetida arquitectura de la intimidad

"Pienso en este cuaderno, que quizás algún día leerán mis nietos. En él no encontrará observaciones íntimas ni la narración de una vida, pero sí una arquitectura familiar, las leyes secretas que la sostienen"

Opinión

La repetida arquitectura de la intimidad
Foto: pexels
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En un cuaderno de tapas azul añil tomo nota de los ritos familiares. Es la libreta, por así decirlo, de las costumbres, que refleja la repetida arquitectura de la intimidad. Miro sus hojas y percibo su escritura zigzagueante, los borrones de la memoria, los anhelos que no han fructificado, el humus que permanece. Ayer domingo, por ejemplo, fuimos, como cada año, al bazar navideño de la iglesia sueca. Al igual que las lluvias otoñales, el mercadillo anuncia con su luz la llegada de las velas de Adviento y el final del otoño. Es un lugar que también pertenece a mi infancia, y a mi madre más que a mi padre. Comimos bollos de canela y tarta de manzana con una salsa caliente de vainilla, jugamos al bingo, un anciano Papá Noel cantó villancicos de Sibelius. No sé cuánto tiempo seguiremos acudiendo con los niños; el hilo de la continuidad se adelgaza. Pero hojeo el cuaderno y sé lo que vendrá ahora: comprar turrón y polvorones en el convento de Santa Clara, visitar los belenes históricos de la ciudad; decorar la casa; leer en voz alta la Canción de Navidad, de Dickens; beber vino caliente, comer sopa rellena; ver con los niños la ópera de Humperdinck Hansel y Gretel; escuchar el canto del Rorate caeli –una de los melodías gregorianas más hermosas que se han compuesto– y, a los pocos días, el Oratorio de Navidad y, al llegar la noche, Frank Sinatra y Dean Martin; mandar unas cuantas felicitaciones navideñas y encender las velas. Y, luego, pasar el fin de año refugiados en los Montes de Toledo, junto a los sobrinos, y comprobar cómo cada invierno la infancia desaparece lentamente, recordándonos que el tiempo es el eterno destructor.

Ni siquiera los ritos logran eliminar el poder del tiempo sobre nosotros, aunque atenúen sus efectos. Pienso en este cuaderno, que quizás algún día leerán mis nietos. En él no encontrará observaciones íntimas ni la narración de una vida, pero sí una arquitectura familiar, las leyes secretas que la sostienen. Y, tal vez, con un poco de suerte, no les resulte un mundo del todo extraño, sino un lugar todavía reconocible.

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