Jorge Freire

Las mieles del mundo

«¿Hay que desconectar en vacaciones? Quienes sostienen tal cosa hacen precisamente la contraria: pasar el estío permanentemente conectados»

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Las mieles del mundo
Foto: Tamara Bellis| Unsplash

¿Hay que desconectar en vacaciones? Quienes sostienen tal cosa hacen precisamente la contraria: pasar el estío permanentemente conectados, esto es, enganchados. Curiosa paradoja esta, pues echar horas zapeando en Twitter y zipeando en YouTube no te conecta a nada… Yo este verano he tomado el camino opuesto: ver a la familia, bañarme en la playa, dormir, comer ensaladilla, jugar con el perro, leer a Galdós y pasear. Es decir, conectarme a las fuentes de corriente alterna que me suministran corriente continua para el resto del año.

Propone Zena Hitz en su ensayo Lost in thought (Princeton) una suerte de ascetismo mirante a reconectarnos con el mundo. “La retirada que precisa el trabajo intelectual no funciona solo como escape. También es un espacio de saludable distancia” (p. 78). De ahí que adoptar lo que Hitz denomina “vida intelectual” no tenga nada que ver con volverse un ermitaño. Más bien se trata de alejamos de las cosas para orientarnos hacia nosotros; tras esto, el mundo se recompone a la luz de una nueva mirada, como si de un caleidoscopio se tratase. El filósofo, venía a decir Deleuze en su librito sobre Spinoza, se apropia de virtudes monásticas sin por ello aspirar a fines religiosos. Por eso pasa como una sombra, de puntillas y a la chita callando por mundos que no son el suyo. Bien cabe tenerlo en cuenta pues, en mayor o menor medida, todos somos filósofos.

 

No se trata de una retirada, sino de un repliegue. Si de poco sirve andar a tontas y a locas, desbordándonos y dispersándonos, tampoco es razonable atrincherarse en el pináculo de nuestra torre de marfil. Sirva de ilustración una célebre metáfora acuñada por Francis Bacon. La araña, solitaria y falta de curiosidad, vive encerrada en la tela que ella misma urde; la hormiga, por contra, va a todos lados, aunque no haga más que tantear ciegamente sin dar con nada. Ni la araña ni la hormiga parecen ejemplos a seguir. La abeja, sin embargo, vive en el mundo, pero destila su propia miel.

No hay mejor desconexión que la plena conexión. Como recuerda Marta García Aller en Lo imprevisible (Planeta), disponemos de un complejo sistema neuronal que trabaja cuando no hacemos nada. Más provechoso es contemplar las caras de los besugos mientras esperamos turno en la pescadería que consultar el WhatsApp a cada minuto. Merced a las interrupciones constantes que nos avenimos a tolerar, no hay rey ni roque que se concentre en una película, y más pronto que tarde los episodios de veinte minutos se nos harán largos. Cierto es que, como decía Nietzsche en el prólogo de Aurora, solo unos pocos saben que la mejor manera de leer el libro del mundo es hacerlo despacio. Son aquello que sacan almíbar de donde la mayoría extrae acíbar.

Defendían los ilustrados que la capacidad de goce podía refinarse. Bueno es recordarlo. No es poco lo que puede aprenderse de quienes, al hilo del Siglo de las Luces, cultivaban en los salones el arte de la conversación, con la extrema seriedad que cabe reservar a todo placer inútil. Aquellos que no conocen las virtudes del juego suelen permitir que el tiempo del trabajo colonice el tiempo del recreo. Los que consagran sus ratos a solas al ocio embrutecedor, como si la vida diaria no fuese adocenante de por sí, so pretexto de evitar los peligros y asechanzas de “dar vueltas a la cabeza”, serán siempre incapaces de imitar a la abeja de Bacon. Esta, enseñoreada de su celda, liba las mieles del mundo.

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