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Libros viejos y polvos rápidos

Los techies dicen que no, que esto es el futuro, que hasta puedes leer 1.000 palabras por minuto y acabar un libro (ya son ganas) de Canción de hielo y fuego en menos de lo que dura un partido de fútbol. Pura flacidez del alma.

Probé Spritz un lejano (tan lejano) julio de 2014. Lo instalé en la tableta, con la curiosidad malsana del que otea la cortina ajena en los probadores del Zara (¿eso era una nalga?) un poco culpable (por aquello de sentirse uno lector de vieja escuela) a medio camino entre el adulterio y la tontería. C’est la vie. Si no recuerdo mal estrené el cacharro con un artículo sobre John Keats de mi admirado Antonio Lucas y —qué quieren, la experiencia no pudo ser más triste. Los techies dicen que no, que esto es el futuro, que hasta puedes leer 1.000 palabras por minuto y acabar un libro (ya son ganas) de Canción de hielo y fuego en menos de lo que dura un partido de fútbol. Pura flacidez del alma.

«Leer rápido está de moda» afirma (porque lo afirma) una aberrante publicación y el arriba firmante, que más bien es de la cuerda de John Waters —«Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles»— tan solo pretende cerrar este septiembre gris leyendo despacio y gruñendo un poco menos. Difícil.

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