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Lo que arde

"La última película de Óliver Laxe está curando a mucha gente porque su director no se ha buscado a sí mismo"

Foto: Petros Giannakouris | AP

Óliver Laxe afirma que ha conocido a célebres cineastas que son monstruos como personas. Artistas que acaban prisioneros en las catacumbas del ego a fuerza de darse importancia. No es desdén. Laxe, al decir esto, no se siente a salvo ni se considera de una raza moralmente superior. Es al contrario: se opone frontalmente porque intuye esa misma posibilidad latente en su interior. Dentro de cada creador —de cada persona— anida el infierno y el paraíso.

El ego destruye al arte y al artista. Enferma la realidad y empobrece la percepción de las cosas. Convierte un servicio en un mérito, lo recibido en propiedad. El mercado está lleno de estas obras con fiebre, sin hondura ni espiritualidad, cínicas, fruto del camino fácil. No hay búsqueda sino ensimismamiento. Una visión limitada, incapaz de levantar los ojos y esperar algo mejor. Baudelaire, Woolf, Wilde, Sartre y tantos otros que fundaron esta corriente de hombres y mujeres inadaptados han escrito bien. Su talento es innegable, sería absurdo negarlo. Pero han depositado todas sus esperanzas en el arte, lo han sacralizado. Y el arte no es nada en sí mismo, creo. No es un fin sino un utensilio. Han sido grandes artistas, en fin, pero también grandes tristes. Les ha faltado la alegría en sus vidas y uno sale de sus libros sin esperanza, como si hubiera pasado mucho tiempo debajo del agua o en una habitación sin ventanas. En España, dice Óliver Laxe, se hacen muchas películas, pero muy pocas son necesarias. También ocurre con los libros.

Hay que salir de la zona templada para ser devorado por la vida. Servir a los demás y no servirse. Porque el arte es servicio. El artista, sostuvo Tarkovsky, es un vasallo. No se puede sentir orgulloso de nada porque no es suyo lo que escribe, lo que pinta, lo que esculpe o filma. Cuando uno se quita de en medio y renuncia a la ambición, batalla contra el demonio destructor del ego, empieza la obra capaz de reblandecer el alma, se logra la comunicación y el receptor, el que está al otro lado de la obra, se ve enfrentado a una belleza sin nombre. Se ha caído un velo, no sabes cómo ni su significado, pero te sientes acunado por Dios. Sabes que existe un amor que no te condena. Christian Bobin, Tarkovsky, Arvo Pärt. Pero también, por qué no incluirlo, Óliver Laxe. Su última película, Lo que arde, está curando a mucha gente porque su director no se ha buscado a sí mismo. Porque ha obedecido.

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