Juan Manuel Bellver

Menos mal que nos queda Ámsterdam…

«La consigna parece ser: guerra al low cost y la gentrificiación. Y en esa cruzada, Halsema tiene visos de salirse con la suya al contar con una población que la apoya, pese a las críticas recibidas por el descontrol público durante las recientes movilizaciones en apoyo a Black Lives Matters»

Opinión

Menos mal que nos queda Ámsterdam…

«El turismo que conocíamos se ha terminado. La gente no va a dejar de viajar, pero el modelo que se había implantado últimamente ha muerto. Ya nada será igual”. Declaraciones de Brian Chesky, el pasado 22 de junio, a la reportera Deirdre Bosa de la cadena televisiva norteamericana CNBC.

El CEO de Airbnb resumía así la situación del gigante mundial de los alquileres turísticos tras varios meses de pandemia: «Tardamos doce años en levantar la empresa y hemos perdido casi todo en cuestión de semanas».  Tras verse obligado a despedir al 25% de su plantilla –1.900 empleados– y solicitar dos préstamos de 1.000 millones de euros para superar la situación provocada por  el Covid-19, Chesky se mostraba sin embargo confiado en que la salida a bolsa de su compañía se produciría, como estaba previsto, a lo largo de 2020. Y hasta apostaba por el turista rural de proximidad como una tendencia inminente hacia la que –huelga decirlo– piensa orientar el fenomenal poderío promocional que aún conserva su plataforma digital.

Apenas cinco días después, al fundador de este emporio tecnológico, que ofrece estancias cortas en apartamentos y casas de más 65.000 ciudades, debió de cortársele la digestión del desayuno por culpa de Femke Halsema. ¿Pero quién es esta mujer y por qué quiere cargarse un negocio turístico que venía facturando 2.320 millones de euros anuales sin tener una sola habitación en propiedad?

Esa misma mañana, la burgo-maestra de Ámsterdam había anunciado que prohibiría a partir del próximo 1 de julio los alquileres de vacaciones en todo el casco antiguo de la ciudad holandesa: concretamente en los distritos de Burgwallen-Oude Zijde, Burgwallen-Nieuwe Zijde y Grachtengordel-Zuid. La medida responde a una petición que han firmado 29.755 vecinos desde que fue publicada en pasado 9 de junio bajo el lema de “Amsterdam tiene una opción”. ¡Y vaya si la tiene!

Según la concejal de Vivienda, Laurens Ivens, una de cada 15 residencias en la ciudad de los canales figura en plataformas de alquiler como Airbnb. Lo cual genera molestias a los vecinos, gentrificación de barrios históricos, escasez e inflación del mercado inmobiliario… las bondades típicas del turismo de masas, vaya. Y eso no lo puede consentir de ninguna manera un municipio de izquierdas como este, encabezado por una intelectual como Halsema, socióloga y cineasta de 54 años comprometida con la lucha medioambiental desde que se afilió en 1998 al partido verde GroenLinks.

Así que vayan preparándose porque nunca volveremos a viajar a Ámsterdam como en el pasado. A la medida que restringe totalmente los alquileres turísticos en el legendario Barrio Rojo y las áreas colindantes con el canal Singel, se suma la limitación de dicha actividad en el resto del término municipal a un máximo de 30 días anuales, para grupos de no más de cuatro personas y previa obtención de una licencia especial por parte del propietario.

Además, el consistorio estudia subir la tasa diaria de alojamiento, que ya es una de las más elevadas de Europa: 3 € por persona y día (8 €, para los que desembarcan de los cruceros). Y eso no es todo, ya que la iniciativa popular “Ámsterdam tiene una opción” también reclama mano dura contra el hecho de que los visitantes foráneos consuman cannabis en los numerosos coffe shops de la ciudad.

La tolerancia en los Países Bajos con el hachís y la marihuana, que los holandeses mayores de edad pueden comprar y fumar en los citados establecimientos a razón de 5 gramos por persona y día, se ha convertido desde hace décadas en un atractivo más de una metrópoli que acoge 17,4 millones de visitantes anuales y en un factor determinante para elegir Ámsterdam como destino vacacional para cierto perfil de viajero.

Y es que, aunque una ley de 2012 prohíbe a los foráneos fumar porros en los coffe shops, lugares como Ámsterdam o Rotterdam vienen haciendo tradicionalmente la vista gorda al no solicitar el documento de identidad o pasaporte a los clientes para no perjudicar al sector turístico. Pero eso se va a acabar si Femke Halsema convence al Consejo de la Ciudad para aplicar la norma a rajatabla.

No es que la señora burgo-maestra sea contraria al consumo moderado de drogas blandas –una ecologista, ¡vamos anda!–, sino que en su papel de gestora municipal considera indispensable esta política de tolerancia cero para devolver Ámsterdam a sus legítimos habitantes. Y en sus planes entra igualmente regular las visitas guiadas al barrio de Rosse Buurt, famoso por sus callejas medievales y sus tradicionales burdeles con escaparate, que con el turismo masivo se ha degradado hasta límites intolerables. ¡Prohibido a partir de ahora fotografiar a las prostitutas como si esto fuera un zoo ni formar grupos de mirones delante de los prostíbulos!

La consigna parece ser: guerra al low cost y la gentrificiación. Y en esa cruzada, Halsema tiene visos de salirse con la suya al contar con una población que la apoya, pese a las críticas recibidas por el descontrol público durante las recientes movilizaciones en apoyo a Black Lives Matters. No en vano Ámsterdam es la séptima ciudad más visitada de Europa, según el ránking Top 100 City Destinations 2019 publicado por Euromonitor International, y sus conciudadanos ya no podían encontrar vivienda a menos de 45 minutos del centro por culpa de Airbnb y otros operadores digitales.

Ojalá que, aprovechando estos meses de inactividad debido a la pandemia, los ayuntamientos de numerosas capitales españolas afectadas por idénticos excesos del turismo habitacional tomen ejemplo de la determinación de sus homólogos holandeses y pongan en marcha una regulación mucho más estricta de dicha actividad que ayude a recuperar la vida ciudadana y la esencia de estas urbes. No se puede consentir que, como publicó en 2018 la revista TecnoHotel, haya en Madrid y Barcelona más pisos disponibles en Airbnb que en Idealista.

Hoy, por culpa del Covid-19, esa tendencia ha tomado un giro inverso, ya que muchos propietarios de viviendas de uso turístico han decidido pasarse al alquiler tradicional para seguir sacando jugo a su inversión. Pero veremos a dónde nos conduce el futuro, una vez que pase el Coronavirus, con unas normativas municipales tan laxas como las actuales. Entre tanto, toda mi admiración hacia la señora Halsema y unas ganas locas de dar un salto a la renacida Ámsterdam en cuanto sea posible. ¡Ya me veo pedaleando apaciblemente por los barrios de Jordaan o Pijp sin tener que esquivar hordas de mochileros!

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