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Jaime Mariño Chao

¡El mar, idiota, el mar!

Cuando la tristeza me llenaba de niebla los ojos, me entregaba a la húmeda melancolía de las mareas, y me sentía comprendido y acogido en algo grande, eterno y fuerte.

Opinión
¡El mar, idiota, el mar!

Cuando la tristeza me llenaba de niebla los ojos, me entregaba a la húmeda melancolía de las mareas, y me sentía comprendido y acogido en algo grande, eterno y fuerte.

“¡El mar, idiota, el mar!”, le decía Miliki a Gabi en un inolvidable sketch televisivo que todos los que pasen de los 40 sin duda recordarán.

Dicen que los océanos han sido tasados por el WWF, en una estimación prudente, en un valor aproximado de 24 billones de dólares. Pero es una estimación basada en su rendimiento económico y todos sabemos que el mar es mucho más que economía.

He tenido la suerte de que la presencia del mar me ha acompañado la mayoría de los días de mi vida. Cuando los días eran malos, acudía a él en busca de consuelo, y me mecía en un abrazo rítmico con la música hipnótica de las olas.

Cuando la tristeza me llenaba de niebla los ojos, me entregaba a la húmeda melancolía de las mareas, y me sentía comprendido y acogido en algo grande, eterno y fuerte.

Y cuando eran días felices y luminosos, también acudía a él para compartir lo bueno y devolverle tantas horas de compañía sin pedir nada a cambio, siempre distinto y siempre el mismo.

Desde 2008 no puedo verlo todos los días; la ciudad me envuelve en su manto de asfalto y cemento y mire donde mire, cuesta encontrar un gramo de grandeza.

Así que a veces busco algún horizonte entre los edificios, para poder mirar hacia el noroeste, me calma en algún extraño modo, saber que si echo a caminar llegaré a mi playa.

Y siempre alguien pregunta, al ver mi mirada ensimismada en la nada, ¿qué buscas?

Me dan ganas de contestar… ¡el mar, idiota, el mar!

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