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Antonio Jose Chinchetru

Dos tontos profundos y plastificados

Lo primero que uno siente al ver la foto de Anastasia Reskoss y Quentin Deha tras sus quince operaciones de cirugía estética es repelús.

Opinión

Lo primero que uno siente al ver la foto de Anastasia Reskoss y Quentin Deha tras sus quince operaciones de cirugía estética es repelús.

Lo primero que uno siente al ver la foto de Anastasia Reskoss y Quentin Deha tras sus quince operaciones de cirugía estética es repelús. Ellos seguramente piensen que han alcanzado un ideal de belleza; pero casi nadie puede sentirse atraído por esa escalofriante combinación de “chonismo poligonero”, ínfulas de pijismo y bótox combinado con silicona y la acción de decenas de bisturíes.

Aunque sea en lo más profundo de nuestra mente, y en ocasiones sin ser conscientes de ello, todos tenemos algún modelo al que aspiramos a parecernos. Algunos pueden soñar con emular a un gran escritor, a un empresario triunfador o un destacado profesional de éxito en el periodismo, la medicina, la ciencia o cualquier otra actividad. Hay, incluso, quienes sueñan con ser como algún político concreto.

Otros modelos son más mundanos, aunque resulten atractivos para las mentes jóvenes, como futbolistas, modelos o cantantes de moda. En estos casos, la admiración suele pasarse con la edad. Pero si algo denota una estupidez profunda es querer parecerse a un muñeco de plástico.
Que Anastasia Reskoss y Quentin Deha sueñen con ser como Barbie y Kent deja en muy mal lugar a su inteligencia o a su salud mental, si no a ambas. Esta pareja de franceses merecen ni el apelativo de “bobo solemne” que Rajoy dedicó a Rodríguez Zapatero. Son dos tontos profundos y además plastificados.

Eso sí, tienen todo el derecho del mundo sentir una aspiración tan absurda como la suya. Son ellos los que asumen riesgos para su salud. Y son sus padres los que voluntariamente pagan todas y cada una de las intervenciones quirúrgicas. Mientras no hagan que sean los demás los que se tengan que encargar de las facturas, nadie tiene derecho a poner coto a su idiotez.

Unido a lo anterior, si alguna vez su obsesión les genera problemas serios de salud deberían ser ellos (o sus padres) quienes pagaran los carísimos cuidados médicos que pueden llegar a necesitar. Pero la realidad es que podría no ser así. En Francia, y en otros muchos países de esta Europa “del bienestar” tendrían derecho a acudir sin problemas al sistema público de salud para ser tratados. 

Los demás ciudadanos serían quienes terminarían pagando con sus impuestos el coste de la irresponsabilidad de estos dos tontos profundos y plastificados. 

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