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Fernando Garcia Iglesias

La verdad incómoda

Una década ha pasado desde que Al Gore y Davis Guggenheim sacaran a la luz el documental ‘An Inconvenient Truth’. Con lenguaje apocalíptico e imágenes impactantes y catastrofistas, se convirtió en la película de terror del año. Amedrentó a adultos que se acercaban a verla y a una generación de niños que la estudiaban en la escuela. La película también creó una legión de escépticos, bien es cierto que en un primer momento fue más por disparidad política que por discrepancia científica, pero con el tiempo, investigadores y especialistas comenzaron a amortiguar el catastrofismo de Al Gore con estudios y trabajos alejados de la disputa política y enraizados en los datos y la ciencia. Ahora, después de diez años, sabemos que muchas de las informaciones que divulgaba el documental eran falsas o estaban convenientemente exageradas.  

Opinión
La verdad incómoda

Una década ha pasado desde que Al Gore y Davis Guggenheim sacaran a la luz el documental ‘An Inconvenient Truth’. Con lenguaje apocalíptico e imágenes impactantes y catastrofistas, se convirtió en la película de terror del año. Amedrentó a adultos que se acercaban a verla y a una generación de niños que la estudiaban en la escuela. La película también creó una legión de escépticos, bien es cierto que en un primer momento fue más por disparidad política que por discrepancia científica, pero con el tiempo, investigadores y especialistas comenzaron a amortiguar el catastrofismo de Al Gore con estudios y trabajos alejados de la disputa política y enraizados en los datos y la ciencia. Ahora, después de diez años, sabemos que muchas de las informaciones que divulgaba el documental eran falsas o estaban convenientemente exageradas.

Lo que ‘An Inconvenient Truth’ consiguió, sin embargo, fue dar un último impulso a la conciencia social sobre el cuidado del medioambiente. El ecologismo dejaba de ser un ridiculez del ‘flower power’ de los hippies y se instauraba en las escuelas, en las familias y en las agendas políticas. No ha habido un gobernante en la última década que no haya tratado el tema del cambio climático y el calentamiento global. La última manifestación de la preocupación social sobre el medioambiente la hemos visto en la Conferencia de París hace solo un par de meses. En ella se llegó a un acuerdo que llenó de júbilo la sala e hizo que todos los políticos allí presentes se dieran palmaditas en la espalda. James Hansen, asesor de Al Gore, y considerado el impulsor de la conciencia global en torno al cambio climático, tras presenciar el espectáculo, no se podía contener: “Es realmente un fraude, una farsa”, decía en The Guardian. La conferencia que pretendía salvar el planeta solo ha podido salvar la silla y el culo de los que salían en la foto.

Nadie duda de que los problemas medioambientales son graves y requieren una acción global, pero cada vez parece más claro que falta una buena dosis de pragmatismo en el remedio. Es simple: hasta que las energías renovables sean más baratas que la energía proveniente de combustibles fósiles, no hay solución posible a medio y largo plazo. El dinero debe ser invertido inteligentemente en investigación y desarrollo que haga esto posible. Es esta la verdad incómoda que tantos se niegan a ver.

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