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Miguel Ángel Rodríguez

Cuando el populacho manda

El populacho ha tomado las calles, los medios de comunicación y la vida social de España. El duopolio de televisiones ha llenado la piscina de porquería y en ella retoza una sociedad que funciona a ritmo de griterío y exigencias: cada deseo, por peregrino que sea, pasa a ser un derecho y, por tanto, una apremiante obligación para los poderes públicos.

Opinión

Cuando el populacho manda

El populacho ha tomado las calles, los medios de comunicación y la vida social de España. El duopolio de televisiones ha llenado la piscina de porquería y en ella retoza una sociedad que funciona a ritmo de griterío y exigencias: cada deseo, por peregrino que sea, pasa a ser un derecho y, por tanto, una apremiante obligación para los poderes públicos.

El populacho está manejado por unos listillos que se dividen en dos: los que viven por el dinero, caso de los protagonistas de las televisiones, y los que quieren mangonear el poder, caso de los activistas políticos.

Ni unos ni otros se van a enfrentar entre sí: van a masacrar a los demás.

El populacho ha decidido que «excelencia» es una palabra maldita porque a los altos hay que igualarlos a los bajos cortándoles las piernas; que la palabra «diferencia» solo es admisible para acoger a los débiles, no a los mejor dotados; y que la palabra «admiración» no puede adjudicarse a nadie sensato, sino a cualquier loco que contribuya al griterío.

Y, sobre todo, el populacho ha decidido que hay que cambiar a los políticos por «gente». Esto significa, en realidad, que hay que sustituir las instituciones por asambleas mangoneadas por el duopolio televisivo y por los activistas: así, los primeros ganan mucho dinero (€300 millones al año) y los segundos mucho poder (más de la mitad del Congreso de los diputados).

El populacho se revuelve como una croqueta en la porquería mientras las televisiones hacen buenas fotos. ¿Y por qué nadie se rebela?: porque ya no queda nadie para hacerlo. El duopolio televisivo se encargó de dinamitar la financiación de los medios de comunicación serios y los activistas aprendieron que gritar era mucho más efectivo que la oratoria reflexiva.

El populacho ha tomado España. La Justicia ha sido sustituida por el linchamiento; la Cultura ha sido cambiada por la bufonada; los activistas rechazan el diálogo como base de la Democracia; el ambiente de la vida social es irrespirable.

En el centro de Madrid las ratas se pasean por encima de la basura que no recoge el Ayuntamiento: quizá era ahí adonde querían llegar tanto el duopolio televisivo como los activistas.

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