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Beatriz Manjón

Opinar o no opinar: he ahí la cuestión

«La objetividad es el rey mago del periodista: se le escriben hermosas cartas, aunque no exista, pues siempre hay un sesgo en la mirada»

Opinión

Opinar o no opinar: he ahí la cuestión

A veces, hablando se entierra la gente; también puede enterrarse escribiendo. Hay libros que son esmerados ataúdes, y tuits o apariciones en Instagram que funcionan como hornos crematorios. Que se lo digan a Miguel Bosé, que con su «vacuna matata» se ha pasado de la raya de lo socialmente correcto, por si no fuera suficiente con haberse pasado de la raya del ojo. Más que de reputaciones, este es un país de imputaciones.

Al opinar siempre se molesta a alguien, empezando por uno mismo. Se encuentra uno con opiniones que ni sabía que tenía, con juicios que van tumbando otros anteriores como en un dominó. Lo apuntó Antonio Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito la contraria». La primera infidelidad es con uno mismo. También hay quien tiene un don para posicionarse con fijeza que ni el GPS. Por ejemplo, periodistas que conciben el oficio como un periodismo-herramienta a la manera de la «poesía-herramienta» de Celaya, que maldecía los versos «de quien no toma partido hasta mancharse». No es el perfil que busca el nuevo director de la BBC, que quiere que sus trabajadores se guarden de opinar políticamente en las redes sociales, donde lo habitual es ponerse en la hiel del otro. La idea es no comprometer la apariencia de imparcialidad —la imparcialidad es otro cantar— de un medio que ha favorecido la leyenda del súper periodista, un Clark Kent que acude al rescate de la Verdad con su capa de neutralidad y sus mallas resistentes al acoso lúbrico del poder. Si Clark Kent hubiera tenido red social, probablemente sería como The Boys, los fanfarrones superhéroes de Amazon fabricados con “Compuesto V”, de vanidad.

La objetividad es el rey mago del periodista: se le escriben hermosas cartas, aunque no exista, pues siempre hay un sesgo en la mirada. Pero conviene seguir adorándolo, una aspiración incompatible con el activismo, que olvida que el periodismo tiene más de interrogación que de admiración. Aunque saber de qué pie cojea un informador no implica que no pueda informar con rectitud, no parece coherente que los trabajadores de un medio público, en el que han de sentirse representados todos los contribuyentes, se abran la gabardina para exhibir la erección de sus opiniones espantando a parte de la audiencia; tampoco que el medio imponga un casting ideológico que no refleje esa pluralidad social.

No es fácil aparentar imparcialidad en una época que desprecia la ecuanimidad, vitorea los extremos y ha instaurado la urgencia de opinar sobre todo, de levantar la patita sobre los acontecimientos para dejar nuestra marca; un rastro que en los perfiles sociales de los periodistas suele coincidir con la línea editorial del medio al que se pertenece, salvo plaza fija, que una cosa es la rebeldía sin causa y otra sin nómina. ¿Teme el director de la BBC las notas discordantes o que se destape la existencia de una voz unánime? Sea como fuere, hay quien cree que su apuesta por la continencia expresiva, que tiene mucho de mercadotecnia, fulmina la libertad de expresión. Kierkegaard remataría: «Qué absurdas son las personas. Jamás usan las libertades que tienen, mas exigen las que no tienen; tienen libertad de pensamiento, exigen libertad de expresión»

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