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Mauricio Hernández Cervantes

El profundo miedo a que nunca pase algo

Hace 60 años Mario Benedetti escribió ‘La tregua’, una profunda crítica a la «mentalidad de oficina pública». Un cuestionamiento tan vigente entonces como lo es en estos días pandémicos

Opinión

El profundo miedo a que nunca pase algo
Marcelo Casacuberta AP Photo

«A veces me da miedo. Miedo a que no me pase nada. Que nunca me pase nada como a…», le dijo Blanca a Martín, su padre —interpretado por Héctor Alterio en la (libre) versión, de 1974 y para la gran pantalla, de La tregua—. El resto de la frase, es decir «…como a ti» se lo ahorró con ese abrazo vestido de perdón…

Así es, en este apocalíptico 2020, seguimos con un tremendo miedo a que nunca nos pase algo interesante en la vida. Tal vez por eso sea un momento inmejorable para releer La tregua, de Mario Benedetti –que, por cierto, este año cumple 60 de haber visto la luz–. En febrero/marzo se terminó el mundo conocido: desde entonces hemos vivido encierros, nuevas incertidumbres y limitaciones de todo tipo. Y eso, sin duda, nos ha dejado un profundo temor a sentirnos (un poco más) víctimas del tiempo. Tal vez, hoy más que nunca, necesitamos todos de una suerte de tregua, de una Laura Avellaneda, de un respiro o una vacuna (atendiendo a las urgencias de nuestro presente). En fin, algo deslumbrante y maravilloso, sin que nos importe cuál sea el precio a pagar por ello.

Es curioso. Ha pasado más de medio siglo desde que su autor, aquel ilustre charrúa con cara de bonachón, fervoroso crítico de la comodidad pasmosa que genera la mal llamada vida normal, concentrara en Martín Santomé —un hombre de 49 años, viudo y cercano a la jubilación, plano y aburrido hasta la médula— a la colectividad uruguaya que, como él mismo desarrollara más tarde en El país de la cola de paja, tenía la mentalidad de una oficina pública. Claro, él en La tregua hacía referencia a la vida de mediados de siglo en la suiza de América, pero tal vez en tiempos prepandémicos muchos hombres y mujeres —más allá de los límites uruguayos— siempre vivieron la vida precisamente así: con la mentalidad de una oficina pública. Rutina, tedio, hastío, falsa comodidad, estabilidad volátil, etcétera. Hasta hoy (tomemos marzo como un hoy que no termina), que vivimos en vilo esperando una vacuna y escudados tras una mascarilla (azul o con banderitas).

Y sí, hoy más que nunca, La tregua conmueve. Benedetti la escribió en un tiempo en el que su Uruguay también era una suerte de milagro en un continente condenado a la ruina (en América, ellos son los únicos que pueden hablar de una milagrosa gestión ante la pandemia). Aún así, sus páginas fueron (y siguen siendo) una buena razón para creer que no hay paraísos absolutos, que no hay comodidades ni estabilidades gratuitas. Sí, La tregua conmueve desde el arranque. «Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo», escribía Martín Santomé, frente a sí mismo, en su diario, como si estuviese dibujando rayitas de presidiario en el aire para contar (inútilmente) los días que le quedan para su tan ansiada jubilación. ¿Y para qué? ¿Para naufragar en la eterna planicie de cotidianeidad en la que vive? ¿Para matar sus ilusiones e ímpetus guitarrísticos, literarios y de jardinería por el temor a verse «patético»? ¿Para mirar con gélida distancia su fracaso personal y familiar por la triste relación que mantiene con sus hijos? ¿Para engañarse a sí mismo de que los vientos de cambio en su vida jamás serán mucho más que una brisa o un ventarrón?

Pero en esta ficción, en la que no pocas veces Benedetti hace cimbrar el muro que la divide de la realidad, el giro real (lo siento por el spoiler), me parece, es cuando se revela que la divisa a pagar por guarecerse tras el miedo es el tiempo. Se lo confiesa Blanca a Martín. Ella no quiere verse como su padre. Teme llegar a ser «opaca». Se lo dice así en la novela; se lo calla en ese abrazo de la versión cinematográfica casi oscarizada.

Aún así, es con la aparición del gran accidente del relato cuando el tiempo muestra su lado más codiciado, su indomable fugacidad. Es decir, con la aparición de Laura Avellaneda: una mujer de 24 años, casi tan joven como Blanca, y que vio en Martín todo lo contrario que su hija veía en él.

Martín y Laura. Laura y Martín. De alguna manera, hoy, todos los que estamos vivos, y que no sabemos cómo resolver el presente pandémico, los que contamos palitos de aire frente a la ventana esperando a «que todo vuelva a ser como antes» o a que nos llegue una tregua, somos Martín. Y desafortunadamente, de alguna manera, los que ya no se pueden permitir el lujo de contar los días que se van, los que se están yendo, pueden ser Laura.

Martín, un eterno presente atado al pasado y obsesionado con el futuro, condenado a una vida plana. Laura y su vigoroso presente, desdeñosa del pasado y sin mucha consideración por el mañana. Ambos, nacidos en el seno de la ficción hace 60 años, pareciere que se hacen presentes hoy más que nunca durante estos —llamémosle— peculiares tiempos críticos que nacieron llamándose los nuevos locos años veinte. A Martín la vida le da una tregua. A Laura no. Él siguió/sigue/seguirá. Ella no. Él ya estaba, respiró, y volvió a morir en vida. Ella, la forma más pura de la felicidad en la novela, es su presente, y también es su partida.

«Una mala noticia. Falleció…», le informaron a Martín.

No «falleció». «Murió», reflexionó el protagonista meses después, según su diario. «Porque murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación…». Siguió con «la nada frígida y total» y escribió sobre «el abismo». Remató con «… entonces vi mi inmunda soledad, eso que había quedado de mi, que era bien poco».

En fin. 2020. Cualquier lugar del mundo, donde quien sea puede ser una suerte de Martín, o vivir con el miedo a convertirse en Laura. Algunos vamos de tregua en tregua y contamos en el aire las noches que faltan para que «todos los días sean un domingo». A otros no nos importa ya nada, vivimos como Laura, en un eterno presente. Pero ya sea como él o como ella, lo que no soportamos es el incontenible temor de que nunca nos pase algo.

Tiempo y miedo, dos amantes que, sin duda, esperan otra tregua.

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