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Beatriz Manjón

Saldremos más ciegos

«Nos queda confiar en la vista cansada de la memoria, que nubla los hechos inmediatos, pero despeja el pasado cuanto más nos alejamos de él»

Opinión

Saldremos más ciegos
JuanJo Martín EFE

Llevo unas gafas grandes, de azafata del Un, dos, tres con vocación filatélica. He pasado de necesitarlas para leer a necesitarlas para distinguir las toallitas íntimas de las desinfectantes, que en todas partes escuecen habas. La presbicia es la puesta de largo de la mediana edad, y su borrachera. También una distancia de seguridad con los estragos de los años: a menos de treinta centímetros la cana deja de ser la peineta del tiempo y la piel es sublimada por un efecto nebuloso, como de filtro con media de Sara Montiel. Lástima que el ser humano se empeñe en enmendar las facultades que el cuerpo va sabiamente perdiendo y haya inventado, por ejemplo, el espejo de aumento, la criptonita de la autoestima. Menos mal que en la proximidad del cariño se difuminan los defectos, porque el amor no es ciego, tiene vista cansada.

De esta crisis no saldremos más fuertes, sino más ciegos. Y no solo porque con tanto encierro y abuso de pantallas más de la mitad de la población haya empeorado su visión, sino porque andamos a tientas entre lo que no vemos, lo que no quieren que veamos y lo que no queremos ver. Lo avisó Ferlosio: «Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos». Vendrán más campañas electorales y nos harán más ciegos aún. Nunca habiendo mirado todo tan de cerca hemos visto tan poco. O como cantan en Sálvame: «María José, María José, a un metro de ti, y tú no me ves».

Vivimos tiempos présbites en los que lo próximo se nos antoja borroso, impreciso, confuso; lo lejano, cristalino. Black lives matter, pero los más de 80.000 muertos patrios parecen importar menos. Se ve diáfano fascismo en el asalto al Capitolio, pero no en las pedradas a Vox, y la normalidad democrática que no logra percibir Pablo Iglesias aquí, le salta a la vista en Venezuela. Tampoco existen lentes progresivas, ay, para la letra pequeña de la gestión pandémica: no está claro si la distancia de seguridad son dos metros o una mesa electoral; si hay que salvar vidas, mítines, la Semana Santa o la procesión que va por dentro; si la FFP2 es una mascarilla egoísta o heroica; si mutan más los virus, las vacunas o la opinión de los porveniristas; si Barajas es un aeropuerto de pura cepa británica, brasileña o sudafricana, ni cuál será nuestro cepo. No ayuda que el periodismo ya no consista tanto en abrir los ojos como en saber cuándo cerrarlos. Y luego está la presbicia de Fernando Simón, que solo avista con nitidez las olas en Portugal. Lo suyo es visión imposible. También lo de Puigdemont, aunque no se le puede exigir visión de nada con ese flequillo.

Nos queda confiar en la vista cansada de la memoria, que nubla los hechos inmediatos, pero despeja el pasado cuanto más nos alejamos de él. Olvidamos si hemos apagado el fuego, pero en la cremá de los recuerdos brilla, indultado, el primer beso. Lo bueno de la memoria es que no requiere gafas: toda evocación es ya un pasado convenientemente graduado.

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