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María Jesús Espinosa de los Monteros

El medio es el masaje

«Las sociedades han sido conformadas más por la naturaleza de los medios que utilizan que por el contenido mismo de la comunicación»

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El medio es el masaje

Solen Feyissa | Unsplash

A finales del pasado año la editorial Paidós reeditó el libro titulado El medio es el masaje, de Marshall LcLuhan y Quentin Fiore. El libro -auténtico clásico de la comunicación- revisa algunas de las afirmaciones más potentes de la obra del educador, filósofo y estudioso canadiense, considerado como el fundador del concepto de la sociedad de la información.

Su mensaje es bastante sencillo y podría resumirse en tres puntos: en primer lugar, los medios de comunicación son prolongaciones de la sensibilidad humana. En segundo lugar, hay tres grandes etapas que el ser humano ha franqueado a lo largo de su existencia: una primera oral y tribal en la que los sentidos estaban equilibrados; otra en la que predominaba la vista tras la aparición del alfabeto fónico y la escritura; y una última dominada por la electrónica y por cierta vuelta al tribalismo, esta vez con forma de aldea global. Por último, McLuhan hizo una diferencia bastante sustancial entre los medios fríos y los calientes. Entre los primeros estarían el teléfono, la televisión y los cómics. En los segundos, la fotografía, el cine y la radio. Si los fríos obligaban a una especie de participación sensorial del espectador, los primeros ofrecían mensajes cerrados y llenos de información.

En otro texto extraordinario de McLuhan titulado The Laws of Media, el canadiense estableció cuatro principios que podían resumir bien los efectos de los medios de comunicación: extensión (por ejemplo, la radio extendía la posibilidad de escuchar mensajes lejanos), obsolescencia (la aparición de Spotify hizo que el iPod se convirtiera en un dispositivo arcaico), recuperación (los sms recuperan parte del lenguaje telegráfico) o reversión (si llevamos los medios al límite se producen ciertos efectos adversos: por ejemplo, tantos vehículos en las ciudades hacen que la circulación sea muy lenta).

Leer cincuenta años después ambos textos de McLuhan provocan una sensación agridulce en el lector, pues si bien la anticipación del canadiense a ciertos temas se ha establecido como verdad irrefutable, hay otros tantos eventos actuales que no acertó a vislumbrar. Si convenimos, como apunta McLuhan, que «las sociedades han sido conformadas más por la naturaleza de los medios que utilizan que por el contenido mismo de la comunicación», podemos preguntarnos qué dicen de nosotros ahora medios como Instagram o Twitch. ¿Son más o menos peligrosas las compañías tecnológicas en el siglo XXI de lo que fue la televisión en el siglo XX?

Decía McLuhan en ese ensayo que «vivimos en un flamante mundo de todo a la vez». La simultaneidad -el multitasking- es una de las manías de la época contemporánea. En los años sesenta, cuando este libro fue escrito, toda una sociedad fue educada -y casi adoctrinada- por la televisión. Su papel en la reconstrucción de las identidades y de las costumbres fue crucial. De modo que los medios modificaron el entorno, y con esto la gente cambiaba. Exactamente igual a como ahora sucede. La gran diferencia estriba en el hecho de que nunca antes una única persona podía convertirse en su propio medio. Los streamers, youtubers, podcasters, instagramers o influencers son medios en sí mismos que, indefectiblemente, cambian hábitos, costumbres y anhelos de sus espectadores, oyentes, seguidores. La verificación de sus mensajes es imposible. En estas grietas es por donde se cuelan mensajes que después incendian -literalmente- las calles de nuestras ciudades.

Como ven, nada es radicalmente nuevo.

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