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Jorge San Miguel

El orgullo del tercer mundo

«Resumiendo muy groseramente, la irrupción de la televisión privada y la profesionalización de la comunicación -la política también, obvio- no han contribuido a mejorar la calidad de la conversación pública, sino más bien al revés»

Opinión

El orgullo del tercer mundo
Amadalvarez Wikimedia Commons

El orgullo del tercer mundo fue un programa de Faemino y Cansado, quizás los mejores humoristas de la España democrática, que se emitía en La 2 a mediados de los noventa. Entonces aún se podía bromear con el «tercer mundo» en TVE, porque no estábamos seguros de que nuestro lugar no estuviese ahí y no dejaba de ser reírnos en cierta forma de nosotros, de nuestros miedos, de nuestros complejos. Ahora somos más serios, más responsables, más fatuos, pero igual tenemos que empezar a replantearnos algunas cosas. 

Uno de los signos de que se vive fuera del tercer mundo es el desarrollo económico y su consecuencia más señalada: existencias por lo general incruentas. Pero hay más, íntimamente relacionado con lo anterior: instituciones, reglas impersonales y algo parecido a una opinión pública articulada que ejerce el control, el pataleo al menos. Aquí nos preocupamos de lo primero con cierto éxito hasta 2008 y hemos conseguido la abrumadora pacificación de lo que antaño se consideró un país donde campaban los impulsos violentos; primero a costa de la democracia, y luego a costa de la mitad de los habitantes de ciertas regiones. Con las instituciones y las reglas el éxito ha sido más modesto, y se lo tenemos externalizado en no pequeña medida a la Unión Europea. En lo que respecta a la opinión pública y publicada, y a la relación de estas con los poderes, el cuento sería más largo.

Resumiendo muy groseramente, la irrupción de la televisión privada y la profesionalización de la comunicación -la política también, obvio- no han contribuido a mejorar la calidad de la conversación pública, sino más bien al revés. Gran culpa tuvieron las relaciones incestuosas entre gobiernos y grupos mediáticos, y el triste papel de unos canales públicos convertidos a menudo en organizaciones de propaganda, colocación de afectos y dopaje de industrias audiovisuales cautivas -véase el caso de TV3. La penúltima vuelta de tuerca fue la adopción de formatos de infotainment que, si ofrecieron oportunidades de exposición a partidos emergentes, fue a costa de parasitar y degradar la poca o mucha deliberación pública que hubiera, y conducirla hacia modalidades demagógicas y espídicas que hasta entonces sólo habíamos visto en los cotilleos y los deportes. Por supuesto, algunos partidos y algunas formas de hacer política se adaptaban mejor que otros a ese entorno.

Pero todo el mundo tenía que pasar por el aro antes o después, de grado o por la fuerza. En mis años en comunicación política he tenido la sensación de que los partidos trabajábamos para el circo en lugar de visitarlo a nuestra conveniencia; un poco como en la famosa frase de Mencken sobre la democracia y la jaula de los monos. La picadora de carne de la política espectáculo se cobra sus víctimas: mis antiguos jefes están hoy fuera de la política y todo un vicepresidente del gobierno -bien es cierto que no el más laborioso- ha acabado (re)descubriendo que vale más trabajar para la tele siendo propietario del circo que yendo de prestado desde un partido político. 

La degradación de la política, de los políticos y de los profesionales que los acompañan ha favorecido la implantación de prácticas chocarreras. Por ejemplo, el descacharrante fenómeno de los «consultores políticos», antaño invisibles, repitiendo por los platós, como loritos engolados, las consignas servidas por sus empleadores presentes o potenciales. Un día es que la campaña madrileña cambia radicalmente por unas balas anónimas y una espantada de Pablo Iglesias; otro que Sánchez emerge de un fin de semana triunfal tras la manifa de Colón y unas primarias socialistas en Andalucía. Mañana será otra cosa, y da lo mismo: la rueda gira y jamás se rinden cuentas de los argumentos voceados apenas unas horas antes. Show must go on, y los spin doctors tenemos que dar servicio 360, incluso antes de que nos contraten.

Pero la papilla que a diario se cocina entre partidos y empresas de medios no genera solo momentos de comedia para los profesionales. Hay cosas mucho más graves. No es la menor el absoluto descrédito de principios básicos de un régimen liberal, como la presunción de inocencia, arrastrada una semana más por portavoces políticos que acusan en público a ciudadanos particulares de los crímenes más graves -¿para cuándo una asociación civil que se dedique a poner querellas pro bono? O el rodillo de unos generadores de opinión que ponen en circulación marcos y conceptos de parte -el último, a costa del asesinato de unas niñas- para ahormar la realidad y arrojarle sangre a la cara a cualquiera que se atreva a ponerse enfrente de sus patronos. Si esto parecen anécdotas, que no lo son, véase el cuadro general: marasmo económico y legislativo, fracturas territoriales, ausencia casi total de foros -empezando por los parlamentos- donde lo que ocupe sea el interés nacional en lugar de la siguiente escenificiación para la tele.

El país que veía El orgullo del tercer mundo era más pobre y, aún, más cruento que este; también más ingenuo. Como norma, es mala idea ceder a la nostalgia; pero igual de deletéreo es creer que no se puede ir hacia atrás. Entonces bromeábamos con el tercer mundo porque, quizás, lo sentíamos cercano aun cuando nos estuviésemos asentando en el primero. Quién sabe si no hemos puesto los medios para desandar ese camino.

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