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José Antonio Montano

Salto a Madrid

«Hay que saltar a Madrid en cuanto se puede. Desde que se levantaron los cierres perimetrales lo he hecho ya en varias ocasiones. La última, el pasado fin de semana»

Opinión

Salto a Madrid
Daniella Yánez The Objective

La vida está en Madrid, por eso hay que ir a Madrid de vez en cuando. Lo que hay fuera de Madrid es el achirrarramiento regional y provincial. En algunos sitios, como en Málaga, atenuado por la brisa, amortiguado por el mar. Pero no es suficiente. Por eso hay que saltar a Madrid en cuanto se puede. Desde que se levantaron los cierres perimetrales lo he hecho ya en varias ocasiones. La última, el pasado fin de semana.

La excusa fue la presentación el viernes de la nueva etapa de THE OBJECTIVE en la calle Villanueva. «Un centenar de intelectuales» la arroparon, reza el titular. O sea, que estuvieron cien intelectuales y yo. Entré con Manuel Arias Maldonado y nos recibió amablemente el nuevo director, Álvaro Nieto. A continuación (con el paréntesis de la presentación propiamente dicha, con Paula Quinteros, Ignacio Peyró y Nieto), se sucedieron esas escenas tan de las novelas y las películas con presentaciones y conversaciones quebradas. Eso, con los vinos y las tapas distraídas de las bandejitas, produce un suave efecto euforizante. Sanz Irles me presentó a Luis Antonio de Villena, al que no le dije que ya nos conocimos cuando yo tenía diecinueve años y él treinta y cuatro, y estuvimos departiendo tan guapamente los tres, con la aproximación de Julio Tovar. Saludé a muchos y a muchas a quienes ya conocía o me presentaron, pero no me presenté a nadie, porque yo soy así. Sobre todo, no me presenté a Félix de Azúa, por el que siento veneración. Verlo deambular por allí era reconfortante. Luego nos fuimos a cenar algo y la noche se alargó en chisporroteos con Cristina Casabón (un aire a diosa egipcia: ¡Isis Casabón!), Arias, Irles, David Mejía, Claudia Preysler y Jorge del Palacio.

Amanecida del sábado en mi hotelito próximo a la Plaza Mayor, con visión de sus pináculos y la basílica de San Francisco el Grande al fondo destacando entre la tejadada. Desayuno en una terraza del Madrid viejo y visita ritual al jardincito del Príncipe de Anglona, con desenfundamiento de moleskine. Callejeo en la mañana radiante, con los transeúntes eléctricos (¡y las transeuntesas!). Cita con mi amigo Curro: visita a la librería Arrebato (con la rueda de Duchamp, que no me quieren vender, en la puerta) y cañas en Malasaña y Santa Bárbara, comida en un japonés de postín, también con Almudena, y copazo en la terraza del café Gijón, viendo la tarde pasar. Por la noche, cena en el cubano Zara (¡sus daiquiris!) con Arias, Del Palacio y mi amiga Dolores González Pastor. Los profesores se retiraron pronto y yo me quedé con Dolores tomando la última copa en la plaza de Santa Ana.

Domingo. Tras el desayuno en Puerta Cerrada, de librerías en la Fnac y La Central de Callao (¡solo compré un libro, El matrimonio anarquista!), paseo por Fuencarral y Chamberí, cañas con una pareja amiga y comida con Arias en una terracita de Santa Isabel. Él volvía a Málaga pronto. Yo regresé al hotel, recogí mi mochila y me di un paseo con Dolores por el Retiro. ¡Qué paseo! Se lo conoce como la palma de su mano y me llevó por senderos en los que no había estado nunca, zonas boscosas que en breve tendrán su explosión otoñal. Vimos el lago con los patos, la Rosaleda, las estatuas de Macho de Galdós y Cajal, y finalmente el estanque, ya multitudinario, con esplendor pospandémico. Por último, trazó una diagonal asombrosa y terminamos en la Cuesta de Moyano, donde no me compré ningún libro, aunque ella sí: los dos tomos del María Moliner en chollazo. Besos, enfilamiento de Atocha y Ave de vuelta. En el tren, ya nocturno, plenitud.

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