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Jorge Freire

Turbonormalidad

«Es mejor ser un rancio de jersey de rombos que un adulto con sudadera de Marvel»

Opinión

Turbonormalidad
Maciej Serafinowicz Unsplash

Lo cutre -el papel pintado, la silla de enea- es la manifestación desnuda de lo casero; lo hortera, la degeneración de lo popular: chabacanería sin tradición. Por eso es mejor ser un rancio de jersey de rombos que un adulto con sudadera de Marvel.

Tal y como explica Alberto Olmos en Vidas baratas (HarperCollins), la tradición española ha acrisolado lo cutre hasta conferirle un alto grado de pureza. La picaresca, la hidalguía, el esperpento, la quinquillería… El cutre avanza a hombros de gigantes.

La horterada llega hoy a otro nivel, merced a la sobreexposición a estímulos supernormales, en expresión del etólogo Tinbergen. Ojos de anime, cutis de rorro y trasero de venus paleolítica. Las viejas señales fisiológicas de juventud y fecundidad llevadas al paroxismo: ¡esteatopigia con leggins!

La mona se viste de seda y el mono se implanta pelo turco. Rostros fulgentes de bronceado artificial y pestañas magnéticas; hinchazón de bótox disfrazada de plenitud óntica. El españolito común ya no es Alfredo Landa, sino Rafa Mora.

Como el término supernormal, horrísono como pocos, resulta confuso al sonar a cotidiano, a habitual, yo prefiero definir esta realidad hormonada y dispéptica como turbonormalidad. Nada hay más turbonormal que meter filtros a la vida hasta que pega el cantazo.

Si el niño se distrae, se le compra un móvil con luces estroboscópicas. ¿Quién quiere cenar una dorada a la sal en Chiquito Riz cuando puede zamparse una hamburguesa con extra de queso, sal, azúcar y metanfetamina?

Yerran quienes confunden lo popular, que viene mediado por el márquetin y rebozado en esteroides, con lo casero. ¿No decía Karl Polanyi que ciertas entidades se resisten a ser convertidas en mercancía? Pues las cosas de casa, como la tradición o la familia, están vivas porque ni se compran ni se venden. Hasta que lo hacen, claro.

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