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Daniel Capó

El presupuesto de los récords

«El gobierno asegura que estos presupuestos representan «la primera piedra» para la recuperación, pero en realidad nada apunta en esa dirección»

Opinión

El presupuesto de los récords
Javier Lizón EFE

Y llegó el proyecto de Presupuestos Generales del Estado sin nada que decir. O con mucho, según cómo se mire. Porque hace tiempo aprendimos que lo que no se dice es tan importante como lo que se dice, y a veces aun más. ¿Y qué nos dicen los presupuestos? Pues que somos una nación rica que puede permitirse recaudaciones y políticas de gasto récords; es decir, esteroides en vena a costa de un futuro que aún no ha llegado. Y que de hecho no sabemos cómo ni cuándo llegará, si es que llega. Llevamos años así –décadas quizás– confiando en que el paso del tiempo solucione nuestros problemas. En fútbol, esta estrategia recordaría el clásico «pelotazo adelante», en la que también se espera que los delanteros rivales no se acerquen de nuevo a nuestra portería.

Y si esto sucede es porque Europa nos lo permite, a pesar de los hombres de negro y las exigencias de unas reformas que nunca se materializan. No del todo, al menos. Y no lo hacen porque seguramente ya les va bien así, sobre todo porque tampoco ellos saben muy bien cómo enderezar el fuste torcido de nuestra nación. Bajo los innegables efectos del invierno demográfico –el envejecimiento constituye uno de los grandes dramas de Occidente–, del escaso tejido industrial, de la evidente descapitalización intelectual y laboral, un déficit más elevado significa sencillamente menos futuro; así como un incremento de la carga fiscal supone una menor tasa de ahorro y menos propiedad. Conviene, a veces, ser algo esquemático a la hora de analizar la realidad para que el exceso de ruido no nos confunda. El fuego inflacionario tampoco ayuda a revertir una tendencia al empobrecimiento general que no ha hecho más que acelerarse en estos últimos años.

El gobierno asegura que estos presupuestos representan «la primera piedra» para la recuperación, pero en realidad nada apunta en esa dirección. Porque, sin un catálogo de reformas efectivas, el efecto analgésico del dinero desaparece tan pronto como se ha gastado. Las clases medias serán las grandes damnificadas, ya que se ven forzadas a pagar sin un horizonte nítido de esperanza donde acogerse. En medio de la violenta marejada de la fractura social, se quedan en tierra de nadie, desprovistas además del tradicional asidero de la estabilidad laboral y del acceso a la vivienda como bien patrimonial clave. La situación de los jóvenes resulta aún más desesperada y creer que la cultura de la subvención puede revertir esta tendencia es llamarse al engaño. El electoralismo de hoy se paga con el malestar de mañana. El populismo se crece en el fracaso de la política.

Porque al final del camino, y frente a la izquierda o la derecha inteligentes, asistimos a una farsa continua que no mejora la realidad, sino que la empeora moral y materialmente. El presupuesto de los récords será el de la ineficiencia, ante el silencio de una oposición que tampoco parece tener nada relevante que decir. Quizás a algunos ya les vaya bien así, pero la mayoría de la población no puede estar a favor de las ocurrencias, el capricho o la subvención como forma de vida. La ausencia de una auténtica estrategia industrial, fiscal, competitiva y educativa la pagaremos en forma de un decrecimiento gradual pero sostenido. A veces, el dinero frena el progreso. Nosotros somos la prueba.

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