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Antonio García Maldonado

El viejo metaverso en un odre nuevo 

«Más allá del legítimo y positivo negocio, esa ambigua promesa es uno de los ejes de un metaverso que, por ahora, tiene mucho de vino viejo en odres nuevos»

Opinión

El viejo metaverso en un odre nuevo 
CARLOS JASSO Reuters

La tecnología nos mejora la vida. Es tan evidente que ponerse a enumerar pruebas de ello supone restarle contundencia a su verdad. Si tenemos un problema con la tecnología no es tanto por ellas en tanto herramientas como por la dificultad de establecer fines a su altura. Ahora que Facebook está inmerso en la presentación e implantación de lo que la compañía ha denominado como «metaverso», volvemos a tener un buen ejemplo de ello.

¿Qué es el metaverso en el que Mark Zuckerberg basa las esperanzas de mejorar la maltrecha reputación de Facebook? Simplificando mucho, se trataría de una realidad virtual muy refinada a la que acceder a través de artilugios fabricados por la misma compañía o por otras tecnológicas con la promesa de una experiencia mejor y más completa. Una vida no ya paralela, sino alternativa a la que hoy tenemos con nuestros imperfectos cuerpos y sentidos. Un tráiler del transhumanismo.

Más allá del salto cualitativo en el ocio que supone, algunas de las aplicaciones prácticas de dicho metaverso serían, por ejemplo, mantener reuniones virtuales más cercanas, probar productos como ropa o coches en dicha realidad alternativa antes de ir a la tienda física a comprarlos. Según la compañía, aún estamos a unos 10 o 15 años de tener el metaverso completo, pues, aunque la tecnología ya existe, la ambición del mismo hace que se quiera lanzar de forma completa, y no por fases.

De momento, Facebook ha anunciado una inversión de 50 millones de dólares en dos años, calderilla dada su facturación, pero que impulsa con una idea de tracción desde otras compañías y sectores. En palabras de su comunicado: «El metaverso no es un producto único que una empresa pueda construir por sí sola. Al igual que Internet, el metaverso existe tanto si Facebook está ahí como si no».

Llama la atención que la apuesta regeneradora de una compañía para reparar su reputación, e incluso su propósito, sea tan distante (por no decir contradictoria) respecto de las escasas pero compartidas conclusiones a las que parecemos haber llegado tras la pandemia: que necesitamos más contacto personal directo, que incluso las promesas del teletrabajo nos resultaron hasta cierto punto decepcionantes por la sensación de aislamiento y soledad que produjo su forzosa implantación. También en relación con lo que requieren los pueblos y las ciudades para seguir existiendo como tales: lugares de encuentro y relación, de comercios donde la interacción humana es cercana y real, y no un mero trámite para ir a recoger un pedido que antes hemos probado o pedido en algún metaverso. En ese contacto cotidiano, muchas veces absurdo o conflictivo, en el que lo mismo pedimos cuarto y mitad de pechuga de pavo que damos unos euros a un indigente con el que hemos hecho ya cierta costumbre de hablar a la puerta del supermercado, está la vida.

En una escena de la película Origen (2010), de Christopher Nolan, uno de los protagonistas observa a una gran cantidad de personas tumbadas con cascos, como anestesiadas, viviendo la realidad alternativa que le ofrece la tecnología y que les permite salir de su dura vida. Ante ello, el personaje pregunta: «¿Vienen a dormir?», a lo que el organizador de aquella promesa onírica responde: «No. Vienen a despertar». Más allá del legítimo y positivo negocio, esa ambigua promesa es uno de los ejes de un metaverso que, por ahora, tiene mucho de vino viejo en odres nuevos.

Porque no se trata de evadirse a toda costa de la realidad, sino de expandirse a través de ella.

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