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Cristina Casabón

Canet: el negacionismo no ha muerto

«El niño de Canet nos recuerda quién es el opresor en Cataluña, revelando esa banalidad del mal que alberga toda ideología que aspire a la dominación del ámbito público»

Opinión
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Canet: el negacionismo no ha muerto

Europa Press

Esta semana tres personas me han dicho que Barcelona es una «ciudad muerta». Cuando vivía en esa ciudad, yo siempre les decía a los de Madrid, «Barcelona es una olla a punto de explotar». Era 2016. Tras el proceso dicen que va de mal en peor, porque todo lo que hacen los nacionalistas se lo hacen a sí mismos. Por eso es un alivio que en medio de esta ciudad zombi existan aún resquicios de un compromiso cívico. En El compromiso del creador, Ovejero alude a la idea de la obra como «expresión del auténtico yo», y relaciona esta idea de autenticidad con la de compromiso, «el compromiso como fidelidad al propio yo, a la genuina identidad». Me interesa también esta idea en los existencialistas, desde Kierkegaard a Unamuno o Sartre, los creadores más originales en el sentido de auténticos, con un proyecto vital marcado por la elección personal, en el que la identidad es una suerte de proyecto personal. Otros autores creen que «la identidad personal no es proyectiva, es responsiva», y responde a un proyecto o camino que ha marcado Dios o el universo para nosotros. A la diferenciación entre ambos alude Ricardo Calleja en su prólogo de Luis Rosales. Ovejero alude en su libro también al determinismo comunitario, que asume ciertas limitaciones naturales a la hora de crear nuestra identidad: «O somos dioses que nos elevamos por encima de la historia, sino condensados de determinaciones sociales. Nudos de intersección de mil circunstancias sociales, tramas de nuestras biografías». Ahora bien, sea cual sea la forma en que percibimos nuestra identidad, ya sea como un proyecto ilimitado o una responsabilidad, la clave para el autor que «el lugar desde donde elegimos no tiene porqué ser lo que elegimos».

Tener una identidad no nos impide revisarla, tener unas ideas no debería impedir que revisáramos esas ideas. Si las personas están demasiado determinadas por su propia historia, por su origen o su biografía, su nacionalidad… tienen el riesgo de convertirse, dice Ovejero, en «autómatas de su propia historia» y «sin lugar para una elección genuina, resultarían amorales». Podríamos ver, entonces, comportamientos sociales deplorables por pura inercia y banalidad, lo que también se ha denominado la banalidad del mal. Cuando un pensador no hace un ejercicio de revisión de sus ideas, o un creyente no revisa su fe en Dios, podemos decir que esa obra creadora no tiene vida propia, o que esa fe está seca. Podemos concluir que no piensa demasiado el pensador que no duda y que el más auténtico es el que expone esas dudas aunque tenga que ir a la contra. A nivel colectivo, podría ser que los individuos que nunca se replantean sus ideas acaben funcionando como autómatas, y construyan sociedades alineadas y que esas sociedades se conviertan, poco a poco, en la jaula de hierro de nuestra identidad. En este proceso, típico del nacionalismo catalán, siempre puede haber un suceso que de golpe ponga en evidencia el mecanismo. La incapacidad de ver al niño de Canet de Mar ha revelado que ese automatismo es bien profundo.

Y en realidad, no es de extrañar que en Cataluña ocurran casos de acoso a ciudadanos por querer hablar en su lengua materna, el nacionalismo es una autoafirmación aguda de la identidad, a menudo agresiva contra aquel que se sale de la norma. El caso del niño de Canet de Mar nos ha recordado una vez más quién es el opresor en Cataluña, y lo que el episodio de acoso revela es esa amoralidad, esa banalidad del mal que alberga toda ideología que aspire a la dominación del ámbito público, al crear el «único» modelo al que puede aspirar el individuo-ideal de una sociedad «pura». La respuesta del gobierno y por supuesto, de los nacionalistas, ha sido el negacionismo. El negacionismo no ha muerto. Aquí no pasa nada, todo está bien y cada uno tiene su verdad sobre los hechos. El tema es que cuando se llega al extremo de celebrar una manifestación contra un niño de Canet de Mar para que en su colegio no se imparta una asignatura en castellano, la lengua oficial del país en el que vive, significa que algo se ha podrido definitivamente en Cataluña. Que el fundamentalista actúe como un autómata sin preguntarse por la calidad de sus planteamientos y no vea al niño, en realidad forma parte de esa ceguera colectiva, es parte de vivir en ese mundo paralelo del nacionalismo. Lo que no puede ser es que cuente con la complicidad de un gobierno que se mueve entre la equidistancia y el negacionismo. Siempre cabe la posibilidad de decir que no, de plantarse ante ciertas actitudes y de reconocer la xenofobia antes de pasar por encima de los derechos. 

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