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Juan Marqués

Autónomos del mundo, uníos

«Mecido por la buena conciencia social de votar izquierda, uno delega, se despreocupa, piensa ingenuamente que alguien hará algo»

Opinión
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Autónomos del mundo, uníos

Manifestación contra la subida de las cuotas de autónomos en Madrid. | Europa Press

Hace años me impresionó una viñeta en un periódico. Ya lamento no recordar dónde la vi ni quién era su autor, pero el caso es que en ella se veía a dos personajes en un alto despacho, con una gran ciudad bajo sus pies. Sentado tras una mesa, un ricachón muy trajeado se quitaba el puro de la boca para preguntar, extrañado «Pero la gente… ¿no protesta por todo esto?». De pie, un tipo lleno de papeles respondía: «No lo suficiente», ante lo cual el jefe sentenciaba: «Entonces sigamos».

Tengo 41 años, en 2017 me divorcié, tengo dos hijos de diez y ocho años y vivo en Madrid de la crítica de libros. Soy autónomo y por ello pago cada mes una cuota de 293 euros, más unos pequeños pellizcos que, insuficientemente justificados (o, al menos insuficientemente explicados), arañan oficialmente cada treinta días pensando que no nos damos cuenta de que esos 2,50 euros extra no suponen nada para cada uno de nosotros y nosotras, pero que multiplicado por los millones de autónomos que hay en España implica una recaudación enorme, poco menos que una sisa a pequeña escala individual pero que proporciona al Estado un alivio muy considerable para, aparte de afrontar gastos públicos imprescindibles (no conozco a ningún autónomo que pretenda no pagar impuestos), ir pagando sus cosas, sus deudas, sus ideas…, necesidades que son mucho más suyas que nuestras.

La gente se piensa que soy un triunfador porque he publicado una novela que además se está vendiendo un poco, pero el caso es que hace unas semanas llegué a verme, durante unas horas, con 21 euros en la cuenta, tras pagar una transición entre meses: a la cuota de autónomos se suma cada día 1 los 901 del alquiler de mi pequeño piso en la plaza de Legazpi, y los 620 que pago por los niños. Aparte de la luz, el agua, el teléfono, el día a día…, cada comienzo de mes salen de mi cuenta 1800 euros, que además he de tener: quiero decir que no me basta con ganar ese dinero, sino que de hecho he de tenerlo, he de conseguir que me los paguen a tiempo para poder entregarlos, lo cual a veces es una tarea penosa que implica muchas horas de gestiones, operaciones y disgustos. Muchos lectores sabrán de qué estoy hablando (y muchos pagadores también).

No me estoy quejando: aparte de que, por filosofía elemental, no hay que quejarse ni autocompadecerse, yo soy la persona más feliz que conozco, estoy viviendo los mejores años de mi vida y no me cambiaría por nadie. Vivo de leer y escribir sobre lo que leo, hago en el terreno laboral muy pocas cosas que no me apetece hacer, organizo mi tiempo como me conviene y durante años he tenido ingresos suficientes incluso para permitirme algún viaje, dar a mis hijos un buen ocio, comprar libros y periódicos, bajar al bar a ver cómo pierde el Real Zaragoza e invitar a los amigos a comer, aunque al mismo tiempo soy una persona muy austera: cuando he tenido dinero lo he gastado sin meditarlo, tengo claro que el dinero está para disponer de él, pero si llegan vacas flacas tengo una capacidad bastante sorprendente de vivir sin apenas nada. Trabajo, eso sí, de 6 de la mañana a 23.30, pero como lo hago tan a gusto ni me doy cuenta. Soy muy trabajador, soy más o menos hábil en lo que hago y me siento en general valorado (demasiado, de hecho), pero, si pudiera elegir, querría hacer exactamente lo mismo que hago pero quizás teniendo que hacer algunas pocas cosas menos por algo más de dinero, porque los encargos que me hacen no están, por lo general, muy bien pagados, y voy viendo que cada vez las cosas se tienden a pagar peor, van recortando las tarifas, o directamente van cerrándose algunas de las editoriales o revistas o instituciones que a veces me llamaban. El otro día, por primera vez en lustros, tuve que pedir a mi padre quinientos euros. No pasa nada, él me los regaló a gusto (me los ofrece muy a menudo pero siempre puedo rechazarlos, tranquilizándolo al respecto), pero el caso es que tengo 41 años, mi padre no es precisamente adinerado y no es algo que me apetezca hacer, no es trágico pero no es agradable. Cuando puedo me cuelo en el metro.

Ahora se anuncian cambios en este asunto de los autónomos, y de nuevo llega la sensación de que nosotros y nosotras, tan numerosos pero, por definición, tan mal organizados colectivamente, somos esas personas de las que se puede abusar sin consecuencias. Como además pertenezco a un gremio, el literario, bastante –entiéndanme– orgulloso, vivimos estas cosas en silencio. Sé de escritores o gente de la cultura que tras el Estado de Alarma ha tenido que marcharse de Madrid, pero lo han hecho silenciosamente, sin anunciarlo, temiendo que se conozca su empobrecimiento, su pérdida de recursos u oportunidades, como si esta situación fuera culpa suya. No quiero meterme en detalles porque ni sé exactamente qué se está cociendo ni quiero equivocarme, pero al parecer, ganando lo que gano, mi cuota subirá en 2023 a 352 euros, y desde entonces habrá un crecimiento progresivo que, si sigo ganando los 2500 euros que suelo facturar ahora, me obligaría a pagar en 2031 unos 850.

Noto mucha preocupación al respecto, pero en privado: cuando nos juntamos no se habla de otra cosa que de dinero y del precio de la vivienda y de lo mal pagado que está todo…, pero luego no hacemos nada (y en parte es normal: tenemos que trabajar, no tenemos tiempo). Somos votantes de izquierda y queremos confiar en el Gobierno, aunque intuyamos que hacerlo es puro wishful thinking: yo casi siempre he votado al PSOE, pero en las últimas elecciones generales apoyé a Errejón y volvería a hacerlo si se abrieran las urnas mañana, de modo que, mecido por la buena conciencia social, uno delega, se despreocupa, piensa ingenuamente que alguien hará algo, que se impondrá el sentido común. Sé que están surgiendo iniciativas, pero no sé, no lo veo muy claro. Creo que haría falta una especie de «15M autónomo», ponernos de verdad serios (y, por cierto, es de notar que, años después, todos los motivos por los que se acampó en Sol siguen perfectamente vigentes, si no agravados, además de sobrevolar cierta sensación nítida de estafa: en aquellos días nadie hablaba de Cataluña, nadie ponía todo el énfasis en lo trans, a nadie le importaba quién nos representaba en Eurovisión…: desde la izquierda llevamos muchos años tomándonos el pelo a nosotros mismos, y lo hacemos bajo esa violentísima intolerancia y esa impune arrogancia que llega desde los ámbitos más extremistas y morados, ante los cuales es urgente que reaccionemos ya con firmeza desde la izquierda racional porque estamos haciendo, por dejación, un ridículo histórico).

Estando así las cosas, hay que ser honesto y tenerlo muy claro: si al final sucede todo lo que se anuncia, es simplemente porque nos lo merecemos. Si nos lo hacen, es porque saben perfectamente que nos lo pueden hacer sin que pase nada. Estaría muy bien que pudiéramos desmentirlo de alguna forma contundente, ejemplar, definitiva.

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