The Objective
Publicidad
Daniel Capó

Familias rotas

«Nos damos cuenta tarde de que, como padres, no estuvimos a la altura o de que, como hijos, no supimos querer a nuestros padres como merecían»

Opinión
Comentarios
Familias rotas

Sandy Millar

Marilynne Robinson reflexiona, en su inolvidable novela Gilead, acerca del misterio del amor paterno. En un emocionante pasaje, el anciano pastor John Ames, protagonista del libro, se pregunta por qué el respeto y la veneración a los padres se convirtió en uno de los mandamientos centrales del decálogo bíblico. ¿No es acaso natural que los hijos amen a sus padres? La respuesta del reverendo tiene algo de estremecedor: se nos ordenó quererlos porque sería el afecto más difícil de sostener en el tiempo sin que nos deje en la conciencia una ristra de heridas y de cicatrices. Y uno se pregunta ¿por qué? ¿Deriva esta cuestión de un marco cultural determinado: el contexto prácticamente tribal de hace 3.000 años, que muy poco tiene que ver ya con nosotros? ¿Se trata de un mandamiento moral dirigido al pasado, y por tanto muerto, o permanece inmutable como una característica esencial de la condición humana? Los romanos valoraban la piedad virgiliana, la de Eneas huyendo del incendio de Troya con su padre, Anquises, a hombros, casi por encima de cualquier otra virtud. Cabe preguntarse si para nosotros sigue siendo así.

En un reciente artículo para la revista The Atlantic, el psiquiatra Joshua Coleman –autor del libro When Parents Hurt– señala una llamativa tendencia de nuestros días: la creciente distancia entre padres e hijos y la enorme soledad que queda después de la ruptura. Lo paradójico, señala el autor, es que «durante estos últimos 50 años, los progenitores han invertido más tiempo que nunca en intentar ser unos buenos padres. Y han renunciado a hobbies, a horas de sueño y a socializar con los amigos con la esperanza de encaminar a sus hijos hacia una vida adulta exitosa». Algo de esto hay, desde luego, en la misma medida que muchos padres han abdicado del principio de autoridad buscando la amistad con sus hijos, al igual –se diría– que ha sucedido en la pedagogía. Un mundo menos vertical y más horizontal, donde los límites de la responsabilidad y el deber no son tan manifiestos, y que nunca acaba de funcionar. O eso parece, si hacemos caso de la experiencia.

Para Coleman, se trataría de una consecuencia de la excesiva ansiedad que permea la familia actual. «Nuestros hijos –sostiene– reciben demasiado de nosotros; no solo nuestro tiempo y dedicación, sino también nuestros miedos y preocupaciones». Y apostilla: «Algunas veces necesitan alejarse de los padres para encontrarse a sí mismos». Por supuesto, diría uno; pero no siempre, sospecho. Quizás esta sea, sobre todo, la característica propia de un individualismo que se sabe narcisista y no quiere mirar hacia fuera. Los vínculos ensanchan el corazón, no solo lo aprisionan.

Gregorio Luri ha escrito a menudo acerca de la suerte que supone crecer en una familia normal, con sus virtudes y sus defectos. Supongo que esta posibilidad era más fácil antes que ahora; o tal vez no, si pensamos en las palabras de Marilynne Robinson en Gilead. Nunca resulta fácil amar lo cercano, porque hiere y, sin querer –por nuestros vicios y debilidades–, acabamos haciéndonos daño unos a otros. Y a veces, solo a veces, nos damos cuenta demasiado tarde de que, como padres, no supimos estar a la altura o de que, como hijos, tampoco supimos querer a nuestros padres como merecían. Saber que somos frágiles debería ayudarnos a aceptar que «hemos amado torpe y mediocremente» –como decía Marguerite Yourcenar–, prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez. Un viejo padre del desierto, san Antonio Abad, al comienzo de cada jornada se repetía: «Hoy comienzo». Sí, cada día empezamos de nuevo y esto debería valer igualmente para las relaciones entre padres e hijos. El drama que apunta Joshua Coleman constituye una de las grandes lacras de nuestro mundo desarrollado: un drama que va de la mano de la soledad y del individualismo radical, de la ausencia de unos vínculos que perduren más allá de nuestros fallos. Y los hombres, básicamente, somos vínculos llamados a dar vida.

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D