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Aloma Rodríguez

Ruido y democracia

«A los gobernantes y a quienes deben rendir cuentas la degradación del debate público les va estupendamente»

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Ruido y democracia

Georgina Rodríguez | Imagespace (Zuma Press)

Aún no me he recuperado de la sorpresa que me causó ver que nos importaba tanto la canción que mandamos a Eurovisión, pero por lo que veo, eso ya es cosa del pasado. No son las elecciones en Castilla y León lo que ha opacado el asunto (gana el PP, sube Vox, ¿ofrecerá el PSOE la abstención para facilitar al PP un Gobierno en solitario?), o al menos no solo: está el reality de Georgina, está la gala de los Goya. Diría que fue de las peores que recuerdo si no fuera por el premio a Quién lo impide, de Jonás Trueba y su equipo iluso. Diría que fue la que menos gracia tuvo si no fuera por la paradoja de ver a Jaume Roures recoger el premio a Mejor Película por El buen patrón, de Fernando León de Aranoa, y pedir al Gobierno que mime más la cultura, etc. Puede que gracia no sea la palabra exacta, pero paradójico, cuanto menos, es. Si no, que se lo pregunten a Pere Rusiñol, de Mongolia y Alternativas económicas, o a los colaboradores a los que dejó sin cobrar su trabajo cuando cerró Público. Como no he visto la película, no sé si la quiso producir porque se sentía reconocido en el personaje de Bardem, que por cierto protagonizó dos polémicas hace poco: una, por su nominación a los Oscars por Being the Ricardos (apropiación cultural por hacer de cubano); otra –de baja intensidad– por las felicitaciones o no de las autoridades del ayuntamiento y la comunidad autónoma donde reside (buen intento de patrimonializar).

Resulta agotadora y totalmente improductiva esta obligación de tomar posición constantemente y ante cualquier cosa. La vehemencia con la que se defendía una canción frente a otra, las sobreinterpretaciones de otra, a las que siguen los toques de atención de quienes viven de sobreinterpretar, el ridículo de algunos análisis (uno decía que gracias a una de las canciones finalistas nos habíamos dado cuenta de que «mamá» y «mama» tenían las mismas cuatro letras; no quiero pensar lo que pasará en esa cabeza cuando llegue a lo de los mamíferos o a que está a dos letras del sexo oral) fueron superados por el bochorno de convertirlo en un asunto político.

A los gobernantes y a quienes deben rendir cuentas esa degradación del debate público les va estupendamente: es mucho mejor rendir cuentas sobre chorradas que no afectan a la vida de las personas que sobre la factura de la luz, una reforma laboral aprobada por un error del contrario, el asunto sin resolver de los autónomos y la seguridad social o las consecuencias de la pandemia en niños y adolescentes. Lo escribió Héctor G. Barnés: la política lo ha penetrado todo, «como un ruido blanco que demanda nuestra atención durante días hasta que es sustituido por otro, un engranaje más del entretenimiento que sirve para rellenar contenido y movilizar pasiones, y en la era de internet, lo importante es que nos enfademos, que nos indignemos o que sintamos miedo». No hay nada más paralizante que la indignación: te enfadas, rompes un plato, se te pasa. Entretanto, España es ahora una «democracia defectuosa», según el índice de The Economist, que tiene una periodicidad anual. Pablo Iglesias, exvicepresidente del Gobierno, celebró el descenso porque le daba la razón. Debería haberlo celebrado como un triunfo personal, porque parte del mérito es también suyo.

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