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Manuel Arias Maldonado

La bestia del gran número

«Quienes lamentan de verdad la dimensión que ha cobrado Vox harían bien en preguntarse cuáles son las causas remotas de su éxito»

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La bestia del gran número

Juan García Gallardo y Santiago Abascal. | Claudia Alba (Europa Press)

Hay algo tajante en los resultados electorales, como han demostrado esas elecciones castellanoleonesas de las que tanto hablábamos hasta el pasado miércoles; o sea, antes de que las tensiones latentes en el PP dieran paso a un enfrentamiento descarnado cuyas consecuencias pueden ser más letales para el partido conservador que un quítame allá esos escaños. Pero no abandonemos tan rápido el tema; hay algo en el ascenso de Vox y en los colapsos de Podemos o Cs en aquella comunidad que encierra una lección interesante, con independencia de quién suba o baje en cada caso.

Cuando vamos a votar, entran en juego magnitudes formidables: los votos se cuentan por millones. De ahí que la difusión del escrutinio perturbe durante un instante la cháchara con que solemos entretenernos en la esfera pública; hay algo electrizante en el reparto de escaños que sigue a la movilización masiva de los ciudadanos un domingo cualquiera. Nos estremecemos por un momento; el demos habla. Y poco se puede hacer cuando la bestia del gran número se ha pronunciado; su ímpetu es capaz de arrollarlo todo, desbaratando los pronósticos de las empresas demoscópicas o confirmándolos sin remedio, creando de inmediato un nuevo escenario político a golpe de papeleta. De nada sirve rasgarse las vestiduras: aquellos franceses que se manifestaban con pancartas en las que podía leerse «si lo hubiera sabido» cuando Jean Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las presidenciales hace ahora veinte años —los evocaba hace unos días Juan Rodríguez Teruel— formaban un cuadro involuntariamente patético. No se puede llorar como manifestante lo que no se ha sabido defender como votante.

Sin embargo, no les faltaba razón. La democracia de masas está atravesada por una genuina incertidumbre; no podemos saber lo que terminarán queriendo los votantes; sus desplazamientos pueden arrollarnos sin dificultad. Allí donde los ciudadanos acuden a las urnas, en consecuencia, puede pasar cualquier cosa. A menudo sucede justamente aquello que habíamos previsto; pero no siempre es el caso. Que se lo digan a los españoles: la erosión del bipartidismo se ha convertido en una fuente inagotable —extenuante— de sorpresas. Pensemos en la irrupción súbita de Podemos y en su declive posterior; en el estrellato de Rivera, interrumpido en seco tras perder de una sola vez ese famoso millón de votos que aún espera la tesis doctoral que nos los explique; en la resistencia de los separatistas catalanes tras el fracaso estrepitoso de aquel procés cuyas promesas solo eran mentiras. Pero también en el crecimiento electoral de Vox, ratificado en las mismas elecciones autonómicas que han mostrado la nueva pujanza de las plataformas provinciales. ¡Si lo hubiéramos sabido!

Admitámoslo: la voluntad popular no existe y el demos no tiene más voz que la que le prestan sus ventrílocuos. La potencia del resultado electoral proviene de la suma total de los votos emitidos por cada ciudadano, sobre cuyas razones solo podemos especular llenando columnas de opinión o redactando informes sociológicos. De modo que esa agregación funciona como un proceso alquímico capaz de producir sorpresas: nos gusten o no. Así que podemos desgañitarnos planteando en las tertulias intachables objeciones morales contra el separatismo, el extremismo o el cantonalismo, pero no hay argumento capaz de frenar por sí solo los movimientos profundos del electorado.

Este tiene, claro, sus razones. Y quienes lamentan de verdad la dimensión que ha cobrado Vox —propulsado si cabe un poco más por la crisis sobrevenida del PP— harían bien en preguntarse cuáles son las causas remotas de su éxito: no sea que los próximos zarpazos de la bestia electoral hagan todavía más difícil el gobierno racional de este país desesperante.

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