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Beatriz Manjón

Casado, Feijóo: exagera, que algo queda

«Medios que anteayer veían en Casado a Demóstenes hoy girasolean hacia un nuevo astro y cantan ‘Feijóo, Feijóo’»

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Casado, Feijóo: exagera, que algo queda

Pablo Casado. | Europa Press

En 1898 mi bisabuela Concha recibía cartas de sus dos hijos destinados en el Vizcaya. Ramón, alférez de navío, glosó el rudo combate librado en Santiago de Cuba, magnificando la hazaña española. Jesús, guardiamarina, aprovechó aquellas líneas para expresar lo mucho que la añoraba y para confirmar el desastre previsto ante la superioridad de la flota enemiga.

De mi abuelo Jesús heredó mi padre una alergia a la exageración. Es uno de los motivos que aduce para leer cada vez menos prensa. Así que puede escribir una sin demasiada presión si añadimos la brecha digital, que en su caso es descalabradura: «¿Cómo es posible que publiciten tanto los vodkas en la radio?», se escandalizó un día, refiriéndose a los pódcast.

En su Diccionario del diablo, Ambrose Bierce ya hablaba del periodismo como una poderosa máquina para agrandar los hechos que «convierte el chillido de un ratoncillo en el rugido de un león editorialista, cuyas opiniones —supuestamente— la nación espera en vilo». Hace tiempo que los titulares políticos rivalizan con los deportivos como ejemplo de manejo de la exageración. En esta época de estética inflada, de egos virtualmente amplificados, de lenguaje político hiperbolizado, no extraña que el relato de los acontecimientos sea también sobredimensionado. Más aún cuando la atención se comporta como una damisela displicente, porque no hay conquista sin exageración.

Hoy la hipérbole es lo relevante, aunque no lo sea, de ahí que la mayoría de trending topics resulten embarazos psicológicos. Al igual que a Canetti, no interesa comprender la realidad sino exagerarla de modo preciso para dar la impresión de una constante excepcionalidad que estimule las suscripciones, los clics, el retuiteo y la adhesión. Difícil encontrar arengas sin maniqueísmo. Se moraliza dando la caricaturra, expidiendo etiquetas, y una aguarda el día en que, a cuenta de ir en bici a la herboristería, pero citar a Ruano, acaben por llamarme perrofacha.

«¿Por qué mientes, Mariquiña?», le preguntó Valle-Inclán a su hija. «Yo no miento, yo digo como tú: la otra verdad». Con el agigantamiento de unos asuntos y el encogimiento de otros hay en el periodismo ya tantas otras verdades como en Sálvame, donde los colaboradores dicen «mi verdad». Medios que anteayer veían en Casado a Demóstenes hoy girasolean hacia un nuevo astro y cantan «Feijóo, Feijóo» como enanitos al encuentro de la pureza de Blancanieves. Los gurús de la verificación califican la manifestación ante Génova de «trumpismo» y plumas más agaviotadas tildan de «linchamiento callejero» consignas como «Casado, obtuso, deja en paz a Ayuso». No se oía un insulto tan duro desde el «ruiz» de Rajoy a Sánchez.

Mi bisabuela Concha pudo hacerse una idea de lo ocurrido en Cuba gracias a las dos versiones que le llegaban en forma de epístola. Lo ajustado sería que, al lado de titulares, editoriales o artículos hinchados, pudiera el lector disfrutar de su réplica proporcionada. Porque, como escribe Céline en Viaje al fin de la noche, «el comienzo del fin de todo es la desmesura». Acuérdese de los nuevos glúteos de Madonna.

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