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Julia Escobar

¿Qué día de qué mujer trabajadora?

«La verdadera igualdad sólo se alcanzará cuando se deje de celebrar esta jornada»

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¿Qué día de qué mujer trabajadora?

Manifestación por el Día Internacional de la Mujer. | EP

Atenta como estoy últimamente a todo lo que concierne a la actualidad más candente y la realidad más inmediata, no puedo dejar pasar la proximidad del 8 de marzo, fecha en que se celebra de forma recurrente el día internacional de la mujer trabajadora, sin preguntarme de qué día y, sobre todo, de qué mujeres trabajadoras hablamos. ¿De las de siempre? ¿De aquellas mujeres a las que se refería doña Emilia Pardo Bazán que se deslomaban en su casa y fuera de ella para sacar adelante a los suyos, criando carne de cañón, limpiando, cocinando, cargando bultos, desbrozando campos y sirviendo a los demás? ¿O de las de ahora? Esas señoras políticas que, gracias a ellas, y muchas veces en contra de ellas, se han visto convertidas en altas cargas del Estado con potestad para decidir quién merece ser mujer y quién no.

Como esta conmemoración tiene en realidad un origen que no es muy halagador para quienes ahora, abandonado el sentido común, esgrimen su indiscriminado derecho a imponer lo que sus amazonas llaman «política de género», conviene recordar su historia.

Todos hemos oído, y la prensa no para de repetirlo todos los años, que tiene su origen en la huelga de mujeres que hubo el 8 de marzo de 1909, salvajemente reprimida por la Policía, que unos sitúan unas veces en Boston, otras en Chicago o Nueva York. Pero siempre ― ¡oh casualidad! ― en los Estados Unidos. Pues bien, alertadas por la multiplicidad de variantes, unas historiadoras norteamericanas repasaron concienzudamente la prensa americana de esos años y como no encontraron ese luctuoso suceso recogido en ninguna parte llegaron a la conclusión de que no era más que una leyenda. Ahora bien, ¿cuándo y por qué surge este mito recurrente de los orígenes americanos de la conmemoración que hoy está incorporada a nuestro santuario laico? 

Pues se sitúa entre los años 1945-1955, cuando la propaganda comunista, muy activa, estaba deseosa de anclar el 8 de marzo en una tradición obrera internacional que pintara con los tintes más negros el capitalismo americano. Además de ser lo que mejor cuadraba en la época, era muy adecuada para enmascarar los problemas que siempre habían tenido los partidos de izquierda con su actitud declaradamente antifeminista (para no referirnos a su recalcitrante homofobia). Para acabar con esos problemas y los enfrentamientos entre mujeres dentro de ellos, se estableció el 8 de marzo para celebrar el día de la mujer trabajadora. 

Las feministas de principios de siglo acusaban a los socialistas, organizados ya en un poderoso entramado obrero internacional, de repetir los esquemas tradicionales frente a la mujer y de no interesarse por sus derechos ni, por supuesto, por los de la mujer trabajadora. Por su parte, los socialistas acusaban a las feministas de «burguesas» y desconfiaban de las sufragistas. 

No solo fue en España donde Victoria Kent y sus muchachas consideraron que, si las mujeres votaban lo harían a la derecha, también lo pensaban sus colegas francesas, alemanas e italianas. La II Internacional socialista seguía en sus trece: no admitirían a las sufragistas ni a las «feministas burguesas». Pero algunas socialistas también querían luchar por el voto. Se produce, pues, la escisión, y aquí volvemos a Chicago, donde un grupo de sufragistas independientes organizan un mitin el 3 de marzo de 1909, mientras que las socialistas de Nueva York lo hacen el 8 de marzo. Empieza entonces una lucha de fechas: las socialistas proponen el último domingo de febrero, las alemanas el 19 de marzo y en Suiza el 1 de mayo.

La cuestión quedó zanjada después de la revolución soviética, cuando durante la III Internacional comunista se creó un secretariado internacional dirigido por Alexandra Kollontaï (feroz antagonista de las feministas al principio) y Clara Ztekin: sería el 8 de marzo para conmemorar la manifestación de las mujeres de Petrogrado que, el 23 de febrero de 1919, según el calendario juliano, 8 de marzo según el calendario gregoriano,  reclamaban pan y la vuelta de los soldados.

Esta fecha no cuajó tan deprisa, aún hubo sus peleas entre las socialistas, partidarias del último domingo del mes de febrero, y las comunistas, partidarias del 8 de marzo. La cuestión quedó zanjada con la eclosión de los partidos comunistas a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, muy lejos ya de esas batallas, todavía celebramos el día internacional de la mujer cada 8 de marzo. Esta fecha debería ser una más en el calendario de nuestras festividades sociales y culturales, pero ahora, una vez alcanzada la igualdad por la vía de la incompetencia administrativa, solo sirve para mayor gloria de un atajo de «tontas y locas». Para mí, la verdadera igualdad solo se alcanzará cuando se deje de celebrar el día de la mujer trabajadora. 

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