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Teodoro León Gross

La resurrección de la izquierda caviar

«Las ministras de Sánchez le han puesto muy fácil a Vox que rescate la etiqueta de ‘izquierda caviar’»

Opinión
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La resurrección de la izquierda caviar

María Jesús Montero. | Jesús Hellín (EP)

Por momentos, se diría que la gestión de la crisis del transporte en el Gobierno se ha regido por la lógica de sujétame-el-cubata. Como si hubiesen apostado una ronda de pelotazos premium, cada ministra parecía dispuesta a superar a la anterior: desde Raquel Sánchez, la titular achicharrada de Transporte, que despreció a los huelguistas como saboteadores al servicio de la ultraderecha, hasta la campeona habitual en estos casos, María Jesús Montero, que vinculó el boicot ultraderechista de los camioneros con el tirano Putin. Durante 10 días, algunas ministras socialistas han competido por ver cuál descalificaba con un brochazo de trazo más grueso a quienes paraban sus camiones, obviando que detrás de sus caricaturas está la realidad de quienes no llegan a fin de mes porque trabajan incluso a pérdidas, algo muy fácil de entender para una ciudadanía a la que está golpeando severamente ese ‘impuesto de los pobres’ que es la inflación.

Con esa petulancia, le han puesto muy fácil a Vox que rescate la etiqueta de ‘izquierda caviar’, aquella expresión que hizo furor en la Francia de Mitterrand a finales de los 80 y se importó para la beautiful people de la España del pelotazo. Tal vez el primer día de huelga de la Plataforma de transportistas se podía errar el enfoque, sobre todo por el inaceptable concurso de los piquetes violentos, pero no tiene un pase que se hayan sucedido los días y en el Gobierno no salieran del tono displicente despreciando a los camioneros. A las ministras se les veía arrugar la nariz con fastidio, casi al punto de parafrasear los brioches de María Antonieta: «¡Que les den queroseno!». Los ganaderos perjudicados hasta perder la leche y ver en riesgo sus animales, los pescadores con los barcos amarrados, los comerciantes con problemas de abastecimiento tendían a comprender a los transportistas, a los que incluso se les aplaudía en algunas calles, mientras las ministras les negaban incluso la condición de trabajadores con el muletazo del cierre patronal. Son políticas curtidas en ese izquierdismo chic que caricaturiza Tom Wolfe sin piedad.

Probablemente no es cuestión de sensibilidad, sino de mediocridad. Durante días, 10 largos días, las ministras se han dejado guiar por un argumentario chusco, elaborado por cualquier cabeza de huevo de Moncloa que hizo cálculos de costes sin el menor instinto político, en lugar de poner pie en pared negándose a repetir tales sandeces. Malas noticias para el PSOE: una ministra tras otra, un portavoz tras otro, han sido capaces de repetir el argumentario sin reparar en el disparate. Se trata de un balance catastrófico de gestión de crisis para un Gobierno de izquierda, con un socio de la extrema izquierda y apoyado en quienes se consideran depositarios de las esencias progresistas. No se han enterado de nada. Aunque, para ser justos, esto señala al PSOE, porque sus aliados al menos han rehuido esos mensajes oficiales llenos de fatuidad, por supuesto sin amenazar la coalición, una vez acreditadas las tragaderas a prueba de todo, ya sean armas, Sáhara o huelgas.

En realidad no se puede decir que la gestión del Gobierno haya sido la peor posible. Pero solo por una razón: la peor gestión posible ha venido de CCOO y UGT. Los sindicatos de clase, y ya es de traca, tampoco entendieron las raíces del conflicto de esos trabajadores con el agua al cuello. En mitad de la tormenta estructural provocada por el precio de los combustibles y la electricidad, los sindicatos se propusieron protestar… al servicio del Gobierno para ayudarles a dar marcha atrás en la rebaja fiscal pactada en la Conferencia de Presidentes de La Palma. En Madrid, su convocatoria no pasó de 400 asistentes, poco más que una sala de cine, aun teniendo decenas de miles de afiliados. Ni los suyos se lo creen ya. Sí, está descontado que los sindicatos se reservan contra los Gobiernos de derechas y antes o después eso sucederá de nuevo y saldrán del servilismo actual, pero hay algo que tal vez marque un fin de época: pocas veces una huelga ha tenido este impacto y se ha hecho sin la participación de los sindicatos, incluso con su contrariedad. Se han quedado en off-side, tal vez irreparablemente.

Definitivamente le han puesto muy fácil a Vox que rescate la etiqueta de la izquierda caviar, cuya historia reconstruyó hace unos años Laurent Joffrin, director de Le Nouvel Observateur, y que daba media vuelta de tuerca a la vieja maldad decimonónica de la gauche champagne que aún se usa en el Reino Unido. Ya hay que hacerlo muy mal para que una etiqueta de Vox, cuyos líderes tienden siempre a pasarse de frenada varios pueblos, haya clavado la imagen de unas ministras demasiado pijas que han demostrado una incapacidad inquietante para intuir siquiera la dimensión de lo que estaba sucediendo. Tanto que sacar y agitar el comodín de la extrema derecha esta vez solo ha provocado sarcasmos. Bastaba ver a los agricultores, a los pescadores, a los ganaderos, a los camioneros, para entender quién estaba en el lado equivocado.

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