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Pablo de Lora

Violencia de género: la disección de un concepto

«Un concepto como el de ‘violencia intrafamiliar’ –frecuente en muchos países– resulta menos problemático por neutral y ‘despolitizado’»

Opinión
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Violencia de género: la disección de un concepto

Manifestación por las políticas del Ministerio de Igualdad. | Europa Press

Los conceptos son los bisturís que nos permiten recortar la realidad y comunicarnos fértilmente. Con los conceptos agrupamos propiedades de fenómenos u objetos y establecemos clases. Imaginen, con Borges, que diéramos un nombre único, propio, a cada objeto y evento, que no hubiera «árboles» sino un término para cada uno de ellos, cada miembro de esa clase que ocupa unas coordenadas espacio-temporales. Seríamos, como Funes el memorioso, los solitarios y lúcidos espectadores de «… un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso». Y sin casi. 

Clasificamos, pues, y además lo hacemos en un lenguaje natural – como el que ahora mismo estoy yo empleando- con lo que no hay bisturí que incida de manera perfecta pues los términos con los que designamos son inevitablemente vagos o ambiguos: ¿son los bonsáis árboles? En un contexto determinado, cuando se comparten formas de vida de manera muy íntima y profunda, puede bastar el mero uso del demostrativo para que la comunicación sea feliz – «pásame eso»- y, en cambio, enfrentados a una cultura y un lenguaje absolutamente remotos toda traducción puede resultar imposible; ni siquiera definiendo ostensivamente, cuando simultáneamente se nos muestra lo designado y se pronuncia la palabra se disipa toda indeterminación. Es el célebre ejemplo del imaginario término «Gavagai» que puso en circulación el gran filósofo W.V.O. Quine: el nativo que la pronuncia señalando un conejo nos puede hacer pensar que «Gavagai significa conejo» pero «Gavagai» podría igualmente significar la «pata del conejo» o la «conejidad» o…

Viene a cuenta este introito –ustedes me disculpen- porque atendiendo a muchas de nuestras controversias políticas pareciera que nunca llegan a alcanzar siquiera al fondo de los asuntos pues ni siquiera en lo conceptual podemos entendernos, que somos, los «hunos» respecto de los «hotros», como el nativo usando su lenguaje extraño y el antropólogo discerniendo si se está hablando de conejos.

Me refiero en esta ocasión a la reviviscencia del concepto «violencia intrafamiliar» como preferible frente al de «violencia de género» o «violencia machista», una reivindicación característica del partido político Vox que el PP parece haber asumido en Castilla-León para desmayo o iracundia de no pocos. Por ejemplo de Eduardo Madina, que esta semana señalaba que así como la violencia intrafamiliar es el concepto que debemos utilizar para clasificar la acción consistente en que tu primo le pegue un puñetazo a tu cuñado en la cena de Nochebuena, «… la violencia machista – y transcribo literalmente a Madina- forma parte de un ataque a los derechos humanos que sufren solo las mujeres por el hecho de serlo cuando se desvían de lo que se supone que deben ser sus roles desde el punto de vista subjetivo de algunos hombres. 65 mujeres de media asesinadas todos los años sufriendo violencia simbólica, violencia sicológica, violencia material por el hecho de ser mujeres… es peligrosísimo que el PP por estos atajos, por estos caminos se termine desviando de una realidad de consenso que es básicamente el consenso de un sistema democrático».

Diseccionemos por partes.

El cómputo de las 65 mujeres que menciona Madina es solo el de aquellas víctimas que son o han sido la mujer o pareja del asesino varón, es decir, la violencia machista que se ha podido ejercer en España podría abarcar mucho más si nos atenemos a cualquiera de los dos criterios que nos ofrece Madina para caracterizarla: (1) la desviación de los roles impuestos o (2) el hecho de ser mujeres. Fíjense que no colapsan, que no son mutuamente excluyentes y que en el primer caso, además, esa violencia no tendría a las mujeres como víctimas exclusivas. Así, se puede matar a una mujer que no se desvía de su rol de género por el hecho de ser mujer, y no matarla por el hecho de ser mujer sino por incumplir dicho rol. Además, como señalaba, bajo la condición (1) la violencia de género tiene también como víctimas a los hombres a quienes igualmente se nos asignan determinados roles, respecto de quienes se albergan ciertas expectativas o se nos atribuyen específicas actitudes. La agresión homófoba bien puede considerarse violencia de género, e igualmente la que cometa una mujer contra su pareja o expareja varón por no comportarse «como un hombre». De hecho en el Código Penal existe una específica agravante de género (artículo 22.4) y, de acuerdo con la exposición de motivos de la ley que la introdujo, por género debemos entender «… los comportamientos o actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres». De otra parte, la mutilación genital femenina, una expresión terriblemente paradigmática de la sumisión de las mujeres, tiene a las mujeres como típicas autoras del delito.

Pero así como el concepto «violencia de género», tal y como lo define Madina, puede ser infrainclusivo si se limita a lo conyugal o afectivo –el bisturí recorta menos de lo que debería recortar-, también resulta ser «supraincluyente» – el bisturí recorta más de lo que debería- precisamente por presuponer que siempre que un varón agrede a su pareja o expareja lo hace por el hecho de ser mujer o por una motivación machista. Y es aquí donde reside el núcleo de la diatriba, la luna a la que el partido político VOX apunta y a la que tantos se resisten a mirar. El mero hecho de que el agresor sea un varón y la víctima la mujer pareja o expareja de aquél no permite concluir que su acción sea un supuesto de violencia de género sin que para el autor quepa probar lo contrario. ¿O es que acaso Ángel Fernández no debería poder refutar que su acción consistente en ayudar a morir a su mujer María José Carrasco que padecía esclerosis múltiple y a la que cuidó durante treinta años no fue movida por un afán machista, o de perpetuar los roles de género, sino de honrar su voluntad de no seguir sufriendo? Y lo mismo para tantas y tantas instancias de este «Gavagai» que supone la «violencia de género». 

De otro lado, la motivación, a la que también apuntan Madina, y tantos otros, de consistir la violencia de género en agredir a las mujeres «por el hecho de serlo» resulta estrambótica. ¿De qué agresiones podrían ser solo las mujeres víctimas? Solo se me ocurre la consistente en provocar un aborto sin su consentimiento. Del resto de las formas de violencia de las que la mujer pueda ser víctima lo podrá ser también cualquier hombre, y del hecho de que sea más frecuente que las acciones violentas sean cometidas por los hombres no se sigue  que los hombres sean violentos (la gran mayoría de las víctimas de la violencia, en cualquier de sus formas, son, por cierto, hombres).

Quizá el «hecho de ser mujer» que anida en la motivación de quien incurre en violencia de género sea una suerte de forma «sexocida» de la violencia: de igual modo que el genocida quiere eliminar a un grupo humano identificable por el rasgo común de su raza, nacionalidad, religión, ideología o etnia, la violencia de género entrañaría la voluntad de que las mujeres desaparecieran de la faz de la tierra (como quizá también los hombres, recuérdese el intento de asesinato de Andy Warhol a manos de la feminista radical Valerie Solanas). Nada más lejano a la pretensión del machista, que no agrede a la que es o fue su mujer por el hecho de «ser mujer», sino por el hecho de ser «su» mujer; porque es o fue suya y la quiere siempre suya, sometida a su voluntad, no exenta pero ni mucho menos extinta. 

No hay manera de comunicarnos, ni de conocer la realidad sin conceptos, y tampoco, por supuesto, forma humana de regular la conducta sino es apelando a «clases de acciones» aunque sepamos que, ocasionalmente, nos encontremos con texturas abiertas en el lenguaje que no permiten subsumir claramente una determinada acción bajo una categoría. Pero debemos intentar que el instrumento sea lo más fino que podamos y que de su aplicación no se sigan injusticias. En ese sentido, un concepto como el de «violencia intrafamiliar» –frecuente en muchos países- resulta menos problemático por neutral y «despolitizado», si bien hay razones para aislar los puñetazos de los primos a los cuñados en las cenas de Nochebuena frente a la violencia secular que muchos hombres han ejercido frente a las mujeres en el ámbito doméstico como medio de dominación. Esto segundo, frente a lo primero, exige una intervención del poder público mucho más decidida y focalizada, que elimine las dependencias que hacen que muchas mujeres no puedan salir de esos círculos de maltrato y sumisión. La «violencia intrafamiliar» podrá y deberá incluir esas manifestaciones del machismo para poner cerco a un fenómeno odioso, pero la hegemonía conceptual de la «violencia de género», en la medida en que supone un bisturí conceptual de la que ningún hombre, por el mero hecho de serlo, podrá escapar, solo sirve al odioso propósito de la división y el señalamiento. Celia Amorós, histórica feminista española insistía en que «conceptualizar es politizar», pero no hay nada menos feminista que atribuir a cualquier miembro de una clase un estereotipo por rasgos o contingencias que escapan de su voluntad y control. Y es que, parafraseando a Simone de Beauvoir, no se nace machista violento, si acaso se llega a serlo.

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