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Cristina Casabón

La santa, la ministra y la madre protectora

«La mujer que ha superado la narrativa del sexo débil es una mujer con autoestima»

Opinión
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La santa, la ministra y la madre protectora

La expresidenta de Infancia Libre, María Sevilla | Jesús Hellín (Europa Press)

Personalmente, siempre he considerado que hay un tipo de feminismo que en principio parece inofensivo pero cuya falta de lucidez puede volverse perniciosa para las propias mujeres. Atrás han quedado los tiempos en que el «sexo débil» se aferraba de manera casi convulsa a la condición de víctima porque ninguna otra narrativa parecía posible. Pero el feminismo consiste en denunciar, algo hay que denunciar aunque sea a consta de perpetuar roles arcaicos. Si insistimos en sacar rédito político de esta condición de víctima y hacer de ello un modo de vida, entonces el problema se vuelve tan grande como lo sean el presupuesto y el colectivo subvencionado.

No hay derecho, ni lo había a traficar y sacar rédito político de estas mujeres, de sus historias y del impacto de las historias victimistas. Si a la ministra le gustan las víctimas, pues buen provecho, pero no es cierto que la mujer sea víctima por sistema. Solo nos falta hacer un monumento a la mujer víctima en la Castellana con una placa que explicite su condición de superioridad moral. Esta semana nos vendían a María Sevilla como una madre protectora y todas las mujeres con un poco de sentido común nos preguntamos por qué ese niño no ha ido al colegio y ha permanecido aislado del mundo, encerrado en un piso.

Aquí cada uno tiene su biografía y quiere imponerla y crear el escándalo social de la semana, pero los que no tienen biografía ni voz ni voto son los niños. La biografía de la víctima es útil si puede atraer el voto, y puede servir a un objetivo político concreto más amplio: denunciar un sistema judicial como misógino o negar que la Constitución garantiza la igualdad de hombres y mujeres. Un colectivo de víctimas bien manejadas puede suponer un escaño, un ministerio y una victoria electoral.

En mi caso, empiezo a sospechar que este feminismo avanza hacia objetivos que no son los míos, ni los de la mayoría de las mujeres. Bajo la condición de víctima no se puede tener ni autoestima ni control de la propia vida; nada es posible más que el sentimiento de injusticia y de terror, la víctima queda atrapada en un universo de pesadilla, un universo creado por alguna ministra  sádica.

Su vida y su autoestima requieren que la mujer se enorgullezca de su capacidad de pensar, de su capacidad de vivir; de ser autosuficiente. La mujer independiente, lógicamente, no cabe en este esquema mental del feminismo de Podemos, porque no busca ser benevolente ni tampoco víctima. Con la insistencia en negar otras mujeres, estas feministas profesionales solo han demostrado que se encuentran acorraladas. El actual avance social del feminismo de izquierdas no es un recorrido del mito a la verdad, sino del mito a un nuevo mito arcaico.

Negar que la mujer es una víctima no es una paganía y es más ejemplarizante: la mujer que ha superado la narrativa del sexo débil es una mujer con autoestima. Y no sé cómo no han llegado ya las feministas a esta conclusión, quizás porque implica, entre otras cosas, que la infantil y oscura nostalgia de la etapa trágica de la mujer puede ser superada, ergo ellas pueden ser superadas y dejar de ser modelo de referencia. En todo caso, insisto en explorar nuevas posibilidades para las generaciones presentes y futuras, las nuevas generaciones son más listas y saben que normalizar el éxito, la igualdad de la mujer, es positivo. Hablando de estatuas de mujeres, recuerdo el Monumento a Sor Juana Inés de la Cruz. Miraba la cara de Sor Juana cuando pasaba haciendo running por los jardines de Palacio y la imagen me transmitía su fuerza. Esa sí que era santa.

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