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Daniel Capó

El futuro del trabajo

«El equilibrio entre Inteligencia Artificial y trabajo debe ser labor de un gobierno que mire al futuro y no se centre en un combate ideológico con el pasado»

Opinión
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El futuro del trabajo

Un prototipo de robot del futuro. | Archivo.

¿Se repetirá en el futuro lo que sucedió en el pasado? No hablo de la letra pequeña, de esas circunstancias imprevisibles que de algún modo nos definen, sino del tono general, de la melodía propia la condición humana. Hay ejemplos para todos los gustos, pero se diría que las emociones –el amor y el odio, la generosidad y la envidia– vuelven una y otra vez, y todos sabemos lo mucho que depende nuestra racionalidad del manejo de estas pasiones. Aunque, por otro lado, hay movimientos históricos que desaparecieron para siempre: el Románico, el Gótico y el Renacimiento pasaron y no volverán; asimismo, tras la caída de Roma llegaron unos siglos oscuros, al menos en contraste con los anteriores. La mayor parte de la música clásica contemporánea es cacofónica –en el mejor de los casos–, muy lejos de las maravillas de los siglos anteriores. ¿Y qué decir de la pintura? Pero no sólo es la cultura lo que cambia; también la riqueza de las naciones. Si antes primaban los recursos mineros, ahora podría decirse que es la tecnología lo que domina. Unas industrias quedan obsoletas y son reemplazadas por otras en lugares distintos, transformando la fisionomía de las naciones y de los continentes.

Una de las preguntas que podemos hacernos es si la disrupción tecnológica tendrá efectos positivos o negativos sobre el empleo. La respuesta tradicional apunta en un sentido favorable. Lo que se pierde en trabajos poco productivos se recupera en otros de alta especialización. Y, a su vez, el incremento de la riqueza gracias a los avances tecnológicos permitirá estimular un amplio abanico de políticas del bienestar que atemperarán las posibles fracturas sociales asociadas a cualquier revolución industrial. Hasta cierto punto es así; recordemos, sin embargo, que el problema del proletariado tardó más de un siglo en resolverse, por lo que no debemos olvidar que el coste para las víctimas es mayor de lo que indican los relatos históricos.

«El trabajo, convertido en un bien sujeto a la presión deflacionaria de la globalización, importa mucho menos que la propiedad»

¿Sucederá igual en el futuro? ¿Qué supondrá la robotización, la computarización masiva y la Inteligencia Artificial para el empleo? ¿Y la lenta desaparición de la pequeña empresa no asociada a las grandes corporaciones? Una respuesta razonable es que no lo sabemos –en ningún lugar está escrito que la historia se repita siempre–; pero, si observamos la tendencia de estos últimos 20 años, quizás podamos augurar un periodo más sombrío de lo que nos gustaría. El siglo XXI ha sido el del atentado en las Torres Gemelas, del crash de las subprime, de los experimentos monetarios con la expansión cuantitativa, de la pandemia y del retorno de la guerra a Europa (¡no es poco para dos décadas!); también el de la erosión de los salarios y del debilitamiento acelerado de las clases medias. El trabajo, convertido en un bien sujeto a la presión deflacionaria de la globalización, importa mucho menos que la propiedad. La pregunta ahora sería: ¿podrán las máquinas reemplazar a los trabajadores? La respuesta inmediata nos dice que ya ocupan su lugar y parece indudable que lo harán de modo creciente una vez la Inteligencia Artificial logre extender su presencia aún más. En todo caso, es cuestión de tiempo que lo comprobemos.

Tanto si se repite el pasado como si entramos en un periodo nuevo, no hay alternativa a la disrupción tecnológica. Quedarse anclado en el ayer mientras las naciones punteras aceleran su paso hacia una nueva estación constituye una vía segura para el declive. Encontrar puntos de equilibrio entre el salto productivo que supone la Inteligencia Artificial, por ejemplo, y sus efectos perversos sobre el trabajo debe ser la labor de un gobierno que sepa leer los signos del futuro, en lugar de obcecarse en un combate ideológico centrado en el pasado, que –llegados a este punto– sólo busca dividirnos y, ¡ay!, empobrecernos.

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