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Jordi Bernal

El 'posprocés': libertad para insultarse impunemente

«No nos quedaremos sin nuestra parodia nacional. Ha llegado el momento de que ERC y Junts contenten al personal con buenas dosis de chabacanería patriotera»

Opinión
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El ‘posprocés’: libertad para insultarse impunemente

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. | Europa Press

Tras la salida de los restos del naufragio convergente del Govern de la Generalitat, el exsecretario general de Junts Jordi Sánchez daba por finiquitado el procés. Han sido cinco años de turra ininterrumpida que dejan un paisaje político, moral y económico desolador. Si hay una buena noticia, una nota feliz, es que, si exceptuamos el lapso de las dos experiencias tripartitas, los convergentes se quedan por primera vez fuera del Gobierno autonómico desde las elecciones de 1980. El día que, por imperativo de sus bases, decidieron abandonar el barco de la Generalitat llovía en Barcelona. Fue agradable verlos desfilar bajo la lluvia. Una imagen que anunciaba la intemperie que les espera a partir de ahora. Tan acostumbrados ellos al resguardo del poder. Les queda, eso sí, la Diputación de Barcelona, que comparten con los socialistas. Magro botín para tanta tripulación hambrienta.

Si el procés ha muerto, el tiempo del posprocés no ha hecho más que empezar. Las miras puestas en las elecciones municipales del año que viene, tanteo de las generales y tal vez de unas autonómicas anticipadas. A Puigdemont, por otra parte, le interesa que el ruido posprocesita se mantenga a un nivel alto de decibelios, ya que la maraña es la única posibilidad que tiene de no perderse en el más triste de los olvidos. De momento lo consigue a duras penas, puesto que cada día que pasa su figura va adquiriendo una pátina de extravagancia recóndita. Ya no se sabe muy bien qué hace ni qué demonios preside. La residencia de Waterloo más que una Casa de la República parece la Casa de Usher del relato de Edgar Allan Poe. Tampoco se conoce oficio ni beneficio de sus acompañantes, un rapero y un pianista aficionado.

«Sabido es que republicanos y convergentes no se soportan»

En cualquier caso, la ruptura de los republicanos y los convergentes ha supuesto una liberación para ambas partes. Es sabido que no se soportan y que su odio visceral es a cara de perro. Ahora que no tienen que fingir podrán insultarse con total libertad e impunemente. Sin ir más lejos, la señora Laura Borràs ya no deberá achacar su célebre «Esquerra Repulsiva de Catalunya» a un lapsus linguae, sino que podrá exhibirlo como un hallazgo brillante de su viperina cosecha conceptista. De hecho, Borràs fue la primera en disparar contra el Gobierno de Aragonés desde la nueva oposición al afirmar que no tiene «legitimidad». Enseguida se encontró con la réplica de la consellera de Presidencia, Laura Vilagrà, que calificó el lenguaje de la líder de Junts de «populista» y lo comparó con el de Vox. Por su parte, el secretario general de Junts, Jordi Turull, ya le está pidiendo a Aragonés que se someta a una cuestión de confianza antes de negociar los presupuestos. De hecho, Turull se lamentó de la falta de diálogo del presidente.

Las bofetadas van y vienen. Sin disimulo ni recato. Prepárense las palomitas y pónganse cómodos en el sofá porque ésta será la tónica y la catadura moral del posprocés. Nadie se crea que dando por finiquitada de boquilla la turra nos quedaremos huérfanos de nuestra dosis de parodia nacional. Lo sabíamos de mucho antes, pero este lustro ha servido de irrefutable prueba del algodón: nada más español que el nacionalismo catalán cuando se pone el mundo por montera. Así que ha llegado el momento de contentar al respetable con una buena dosis de chabacanería patriotera. Gritos, insultos, cruces de acusaciones y lloriqueos frente a los micrófonos y ante las cámaras. Todo, claro está, en aras de la patria y por amor al terruño. Visto el percal y como canta la copla: «no me quieras tanto».

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