THE OBJECTIVE
José Carlos Llop

Fin de año

«Alguien se debería plantear cuántos miembros de esa ‘Next Generation’ pueden quedar definitivamente arrumbados en el arrabal de la Historia»

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Fin de año

Ilustración. | The Objective

Esto no va a ser un recuento, aunque en el año 22 hemos disfrutado de una de las cosas más fascinantes de los últimos tiempos: el telescopio James Webb y sus visiones, tan maravillosas que parecen imaginarias. El viaje en el tiempo a través del espacio surgió de la física, pero era, sobre todo, un territorio de la ficción. Ahora lo es de la vida real y dispone de iconografía. Tanto que si Adorno se preguntó si se podría seguir escribiendo poesía después de Auschwitz, ahora deberíamos preguntarnos si se podrá escribir mejor poesía que la que nos ofrecen las imágenes captadas por el James Webb. Sospecho que de la misma forma que se pudo en el primer caso, en éste va a ser difícil superar lo que vemos, pero todo suma y quizá esas misteriosas y bellísimas imágenes estelares contribuyan a la elaboración mental de metáforas prodigiosas y discursos poéticos nunca leídos hasta ahora. Seguiremos a la escucha.

Mientras tanto, vayamos a la prosa. España y su Gobierno están pendientes de algo que llaman la transformación del sistema productivo, basada en la creación de nuevos modos de obtener energía, una digitalización absolutista y cambios radicales en la vida privada de los individuos: desde la forma de calentarse hasta la de circular por las carreteras o dirigirse a la administración, sin olvidar la cartera, de la que no se habla. Toda transformación es cara. Todo cambio –de casa, de pareja o de coche–, cuesta dinero. No sabemos lo que ha de costar esa transformación en la que está empeñada el Gobierno para no perder el tren de la Historia –o eso argumentan– pero lo que sí podemos intuir es que más que un futuro de lucecitas led y molinos que hubieran desquiciado definitivamente al caballero Quijano, no serán pocos los que queden desplazados en un arrabal de esa Historia cuyo tren no se quiere perder.

«Sin posibilidades de volver atrás y menos aún de seguir adelante, la distopía ya no será otra serie televisiva»

Tomemos como ejemplo la transformación de lo analógico en digital, vía telefónica. Fui de los que me resistí al teléfono móvil durante años. Era feliz al pasear sin interrupciones mientras veía a los demás pendientes de su aparato. Era feliz sin llevarme nada a la oreja y gesticular, mientras los demás hablaban en voz alta como orates por la calle y competían en las sobremesas sobre la modernidad de su móvil de última generación. Era feliz observando y pendiente del paisaje urbano y no de atender o hacer una llamada. Pero mi resistencia duró lo que duró –y duró mucho– y también caí en la tentación y cogí un viejo móvil analógico que había por casa y con él continúo. Miento: he cambiado de modelo cuando aquel feneció, pero sigo en el mundo analógico –tan abandonado como el escenario de una novela de Ballard– como sigo solicitando mis tarjetas de embarque en una agencia de viajes. Pero es cierto que la marcha del mundo nos va arrinconando a los pocos que continuamos con esta clase de móvil. Eso sí: son muchos los que, al verlo, nos dicen que ya les gustaría a ellos usar uno igual, que el wasap –o como se escriba– es un agobio y que ya no saben hablar sin la seguridad que les da tener internet en la mano (se lo callan, pero algo debe haber). En cuanto a los últimos mohicanos analógicos, cada vez hay menos gestiones que podamos hacer, huérfanos de lo digital. Así cambian las civilizaciones, supongo.

Y como esto es prosa, ya dije, se han inventado un término –Next Generation– que parece el anuncio editorial de una colección de narrativa nueva. Y ese nos deja a los que ya somos más far que next en otra retaguardia, parecida a la que conocemos los analógicos. Alguien se debería plantear –para no pecar de optimistas– cuántos miembros de esa Next Generation pueden quedar definitivamente arrumbados en el arrabal de la Historia, si la cosa no funciona o se queda en pura maniobra de distracción y los fondos europeos se acaban. Que un día u otro acabarán –o no llegarán las cantidades esperadas– y la aceleración de la transformación del sistema productivo podría terminar sufriendo una parálisis progresiva o súbita, que tiembla uno al pensar adónde nos puede conducir. Sin posibilidades de volver atrás y menos aún de seguir adelante, la distopía ya no será otra serie televisiva.

Mejor la excelsa visión que nos ofrece, día tras día, el telescopio James Webb en este año que ha sido el de su celebración. Y ahora sí, feliz 2023.

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