THE OBJECTIVE
Alejandro Molina

De okupas, violadores y democracia emocional

«El discurso que apela al miedo al delito es el recurso más bajo, el más tramposo, el menos honesto de los reclamos del candidato electoral»

Opinión
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De okupas, violadores y democracia emocional

Ilustración de Erich Gordon.

En el zoco moruno tirando a almoneda mudéjar en que deviene cada campaña electoral, entre las monótonas salmodias, promesas, prodigios, reclamos y tirones de manga al elector para que se quede la mercancía, hay una letanía que no por recurrente deja de resultarme cada vez más antipática. Y es ese ritornello consistente en azuzar el miedo de los electores con el miedo al delito, a la inseguridad ciudadana. Una amenazante incertidumbre emocional que se presenta, de la mano de la izquierda, por ejemplo, en forma de legiones de hombres que en nuestro natural violador nos dedicamos a acechar el retorno de las solas y borrachas a casa; o, de la mano de la derecha, evocando sinuosas hordas de okupas que, tallando místicas runas en las puertas, ponen en suerte la casa de uno cuando baja a por el pan.

A mí no me dan mucho miedo las cosas, así, en general; más por inconsciencia que por arrojo o valentía, y acomodado en el talismán probabilístico de la estadística, a pesar de vivir en una gran ciudad como Madrid, la seguridad ciudadana no me ha preocupado nunca. Quizá, la precariedad de mi físico le sugiera al potencial delincuente tal liviandad en el reto y frugalidad en el botín que por eso no me han atracado nunca.

Lo más cerca del crimen que yo he estado presencialmente —me refiero al chungo, al violento— ha sido cuando —hará veintitantos años— bajaba todos los sábados por la mañana al barrio de Lavapiés, por Tirso de Molina y por ahí, a tomar unas clases de música: casi cada sábado presenciaba un tirón. Lavapiés no era entonces el quartier bohemio en que casi se ha convertido ahora, sino una medina guetizada, con zonas étnicamente fronteras en permanente conflicto entre chinos al por mayor, moros al descuideo y pakis épicerie. La víctima siempre era un gringo o algún japonés extraviado —no había entonces Google Maps— que por despiste se había adentrado más de la cuenta hacia el barrio desde la plaza de Tirso.

Era siempre un tirón limpio, de profesional, nada de golpes en el suelo ni de arrastrar al nipón, casi elegante, el morito incluso se gustaba en el lance, no corría a toda hostia con la riñonera del japonés, sino que trotaba acortando la zancada, mirando hacia tras de medio lado para ver el efecto. Casi como si hubiera puesto unas banderillas en lugar de dar un tirón. No sólo no me acojonaba a mí, sino que la actividad estaba integrada costumbristamente en la vida del barrio, nadie se giraba siquiera. Si alguien hubiera llamado a la policía le hubieran tildado de tremendista.

«El político en campaña estimula un miedo que condiciona y limita el libre ejercicio de los derechos y libertades»

Viene la digresión personal a cuento de que, siendo España un país con unos índices de delincuencia y seguridad ciudadana envidiables comparados con el resto del mundo, paradójicamente nuestro político en campaña se camela el voto estimulando en el votante su miedo, un reflejo primario, una respuesta biológica de conservación y supervivencia, una reacción psicológica que, en su proceso de socialización, acabe teniendo trascendencia social y política, y, en último término, jurídica. El político en campaña estimula un miedo que modula el sentimiento de seguridad de la sociedad, que condiciona y limita el libre ejercicio de los derechos y libertades.

Un miedo, además, amplificado por los medios de comunicación, que dan una versión de los hechos distorsionada y encauzada a satisfacer intereses políticos, donde quedan difuminadas las fronteras entre lo fáctico y lo imaginado, con consecuencias en el ámbito social que pueden servir para justificar normas y medidas que en otro contexto serían inaceptables. Hace un par de años, la directora de un diario de ámbito nacional llegó a difundir una suerte de editorial en el que literalmente afirmaba: «Nos están matando. A nosotras. A vuestras hijas, a vuestras sobrinas, a vuestras hermanas, a vuestras amigas, a vuestras esposas… Nos están matando cada día, y cada día de una forma de una forma más violenta y más brutal». ¿Quién puede sorprenderse de la ulterior y excepcional respuesta punitivista de un legislador que, precisamente, había estado inoculando ese mismo miedo con idéntica brutalidad exenta de escrúpulos?

El discurso electoral que apela al miedo al delito es el recurso más bajo, el más tramposo, el menos honesto de los reclamos del candidato electoral; el que aprovechando un atajo irracional y emocional sale a la busca del ciudadano-víctima, aquel que siente imaginariamente el agravio por victimización, esto es, la socialización de la experiencia real y aislada de la víctima real convertida por los media en fenómeno cultural (Joanna Bourke. Fear: A Cultural History, 2005).

Otro día, frente al ciudadano-víctima, hablaremos del ciudadano-meritorio: aquel elector que merece (sic) según qué servicios públicos o asistenciales o un nivel de calidad de los mismos y que sólo algunos candidatos son capaces de reconocer y otorgar. «Los madrileños merecen una educación que…», «los murcianos no merecen una sanidad que…». Los servicios públicos y el recto ejercicio de potestades públicas como fruto de un pacto contractual en el que su concesión depende de un merecimiento apreciado por el déspota. Que sea nuestra disparatada izquierda posmoderna la que en su insondable delirio conciba el Estado como una relación contractual cuyas prestaciones que hay que merecerse daría para un estudio antropológico rayano en el fenómeno de la conducta desviada. Pero de eso hablaremos otro día. Queda campaña y año electoral.

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