THE OBJECTIVE
Pablo de Lora

Una reflexión

«Si no hay ninguna circunstancia que modifique su lealtad partidaria, permítame decirle que su condición no es la de ciudadano libre sino la del adepto religioso»

Opinión
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Una reflexión

Ilustración de Arancha Tendillo.

Cosa extraña es la democracia. Perdónenme por el recordatorio banal: mañana, al ejercer su voto, si es que no lo ha hecho antes por correo, usted expresará, o habrá expresado, su preferencia por X, pero al tiempo creerá que se debe hacer no-X siempre que sea eso lo que haya preferido la mayoría (lo creerá como el buen demócrata que estoy seguro que es). Es paradójico, aunque no irremediablemente paradójico. Al contarse nuestro voto somos tenidos en cuenta a la hora de conformar algo que nos incumbe tanto como es la voluntad de la comunidad política de la que somos parte, aunque finalmente nuestro criterio no sea el que se imponga por ser minoritario.

Así y todo, consuélese: el hecho de que sean más quienes han mostrado su preferencia por lo que nosotros no hemos preferido, no permite concluir que la mayoría elige siempre lo correcto. Decidimos por mayoría por ser el método menos imperfecto de entre todos los posibles atendiendo a todos los intereses en juego, también el de no ser gobernados sin ápice de consentimiento.

En estos días de campaña electoral se ha insistido en algunos medios de comunicación y en las redes sociales en que del partido con mayores probabilidades de ganar apenas se sabía con detalle qué se proponía hacer respecto de muchas políticas y medidas legislativas relevantes. No basta con derogar lo previo, se dice; también el elector debe calibrar el pars construens, eso que de manera tan rimbombante se describe como «proyecto de país».

«¿Qué juicio le merece el desempeño de quienes buscan ratificar su mandato?»

Cierto, pero usted, como ciudadano, tiene en esa balanza en la que sopesa sus razones para votar a tirios o a troyanos no solo los valores y principios que le son caros y las propuestas programáticas más acordes con aquellos, sino que también puede introducir otro factor en absoluto despreciable: ¿qué juicio le merece el desempeño de quienes buscan ratificar su mandato? Del partido o partidos de la oposición puede que no sepamos nada, concedido, pero la pregunta es, también: ¿qué sabemos o hemos aprendido de los que sí han gobernado o desplegado su «proyecto de país»?

En La sociedad abierta y sus enemigos Karl Popper arguye que la democracia es el mejor de los sistemas políticos no porque asegure, como señalaba antes, que gobiernan quienes «deben hacerlo» –los más listos, o sabios, o prudentes- sino porque es el que mejor garantiza el, digámoslo así, «control de daños» del poder político: que quienes han demostrado ser malos o incompetentes en el ejercicio de representarnos nos hagan el menor estropicio posible, o, en el límite, puedan ser desalojados del poder sin que haya que recurrir a la violencia. «Cualquier gobierno»– señaló Popper en Sobre la teoría de la democracia– «que pueda ser depuesto tiene un fuerte incentivo a actuar de modo conforme a la mayoría. Y ese incentivo se pierde si el gobierno sabe que no puede ser echado tan fácilmente». Para eso, por tanto, también votamos cada cuatro años, pero para eso es preciso contar con ciudadanos políticamente activos y conscientes pero suficientemente despolitizados. Me explico.

Usted es firme partidario de algún ismo y busca, con buen sentido, rendir tributo con su voto a esa fidelidad ideológica. Le pasa como al novelista Javier Cercas que votará a Pedro Sánchez porque es el candidato del PSOE, siendo que el PSOE es el principal representante de la socialdemocracia y ésta a su vez ha creado las sociedades más justas del mundo y de la historia. Más allá de que cualquiera de esas premisas pueda discutirse, ¿acaso debe ser ese el único o el más importante motor motivacional de su voto? Para empezar, uno puede evolucionar, e incluso, como Pedro Sánchez, cambiar de opinión, revisar sus creencias, percibir un matiz o consecuencia no atisbada. Tendrá sus razones, cómo no, y lo mejor sería contrastarlas a la luz de otras razones y de los hechos.

Para eso se supone que son precisamente las campañas electorales (sí, sí, ya sé que esta última no será para recordar). ¿Acaso no es esta, tratar de convencer a la ciudadanía, la naturaleza esencial del juego de los partidos políticos? Si no fuera así estaríamos perdiendo el tiempo pues la afiliación ideológica a la Cercas bastaría para el recuento, al modo en el que la Iglesia Católica mide su fuerza y el tamaño de su rebaño contando partidas de bautismo (algo de esto hay, por cierto, en todo voto por correo que se anticipa al fin de la campaña electoral). No se va a la ermita, mezquita o sinagoga a contrastar argumentos teológicos sino a profesar la fe. La política, se supone, es otra cosa.

«Las ‘políticas identitarias’ como determinantes de la acción pública son una traición al pensamiento de izquierdas»

Se viene insistiendo, con razón, en los prejuicios de esta era de las «políticas identitarias» en las que se han exacerbado los rasgos personales que son accidentales (la pertenencia a un grupo o colectivo étnico, racial, o basado en el sexo, género u orientación sexual) como factores determinantes de la acción pública y de la justicia distributiva. Una traición en toda regla al pensamiento de izquierdas, se ha dicho, pues lo importante siguen siendo las bases materiales de la existencia.

Pues bien, hay otra dimensión nefasta del «identitarismo político» para el ideal liberal-democrático: la existencia de una masa crítica de ciudadanos que, a la hora de ejercer su derecho de participación política, se ven finalmente doblegados por su autoidentificación partidaria. A ese ciudadano, simpatizante irredento, le propongo un test consistente en preguntar(se) bajo qué condiciones no votaría a «su» partido, es decir, cuál sería esa circunstancia tan grave que, por esta vez, le exige votar a otro, a quien ha venido siendo antagonista ideológico. Uno era de derechas, pongamos, pero, ¿no debía castigar al Partido Popular porque Aznar mintió con respecto a las armas de destrucción masiva que poseía Irak? Uno era socialdemócrata, y, razonando como Cercas, debía votar a Felipe González porque… bueno arriba tienen el silogismo. ¿También si con su voto elegía a José Barrionuevo como diputado?

En definitiva: si la respuesta es que no hay ninguna circunstancia que modifique su lealtad partidaria, que al final, estando en juego su «identidad política», esa acaba siendo la razón que inclina la balanza, permítame que le diga que su condición no es la de ciudadano libre sino la del adepto religioso, siervo u oveja lucera.

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