THE OBJECTIVE
Roberto Ruiz Ballesteros

La condena prejudicial que te mata en vida

«El rodillo del juicio paralelo arrampla con todo lo que hay por delante. Nadie es capaz de soportar la presión de una opinión pública adversa»

Opinión
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La condena prejudicial que te mata en vida

El exalcalde de Granada José Torres Hurtado. | Europa Press

El que fuera alcalde de Granada durante 13 años, José Torres Hurtado, ha sido exonerado en todas y cada una de las piezas del denominado caso Nazarí. Los tribunales han tomado la decisión que cierra cualquier vinculación del regidor con el asunto más de siete años después de que la Policía Nacional le detuviera ante las cámaras de televisión y deteriorara así su imagen de forma definitiva y para siempre. Tras aquel episodio visual, que recordaba al que tuvo lugar un año antes con Rodrigo Rato como protagonista, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy —amenazado ya por la sospecha pública derivada del inminente juicio del caso Gürtel—, obligó a Torres Hurtado a presentar su dimisión. No quería más leña al fuego que ya ardía en la plaza pública contra los populares.

El edil que no había perdido ningunos comicios se convirtió de la noche a la mañana en un apestado. Como dijo el fiscal Tomás Herranz cuando calificó el daño que le produjo el malogrado proceso judicial al empresario mallorquín Bartolomé Cursach, la denominada pena de telediario llega a provocar la «muerte civil». Perdió la alcaldía, su prestigio, el cariño de los que antaño le daban bola y sus últimos años de vida pública, que se aventuraban prósperos y prometían convertirse en la guinda a una larga trayectoria política que le había llevado al Congreso, al Senado o al Parlamento de Andalucía.

Se trata de activos complicados de recuperar para un hombre de 77 años al que el sistema ha arrebatado más de un lustro de vida profesional sin permitirle derecho de réplica. Porque el rodillo del juicio paralelo arrampla con todo lo que hay por delante, haya sido éste un cantante, un futbolista, un alcalde o un presidente del Fondo Monetario Internacional. Nadie es capaz de soportar la presión de una opinión pública adversa. Y no porque no haya quienes hayan cultivado con esfuerzo una sólida personalidad, sino porque el asunto no depende solo de ellos. Sandro Rosell confiesa en su libro Un fuerte abrazo la impotencia que sufría por no tener lo que denominaba una «estrategia mediática» para combatir las acusaciones que sufría. Miraba indefenso los telediarios, sin poder responder, desde la prisión en la que estuvo más de dos años encerrado.

«La resolución censuró con dureza la labor de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional»

Contaba por lo tanto con la edad, con el apoyo familiar, con el respaldo de la razón, con los mejores abogados, con una personalidad marcada por su espíritu magnánimo en el sector de los negocios, pero no disponía de herramientas para hacer frente al tsunami de la opinión pública.

En la sentencia de una de las piezas del caso Nazarí (Obispo), dictada en 2021 y no recurrida por ninguna de las partes, el Juzgado 1 de Granada absolvió a Torres Hurtado con una argumentación que no dejó lugar a dudas y que, en parte, seguro que aliviaría el fondo anímico del otrora alcalde. La resolución censuró con dureza la labor de la que en aquel momento era la intocable Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional, la conocida —junto a la UCO— como élite de la investigación contra la corrupción. «El informe policial llega al grado de lo esperpéntico», describió la autoridad judicial, que llegó a calificar el trabajo de los agentes, que sirvió de base para acabar con la vida política de Torre Hurtado, de «pasquín folletinesco». 

«Opinar de infracciones urbanísticas cuando no se es especialista en urbanismo conlleva grandes riesgos como los cometidos por los agentes en este caso», insistió la sentencia, que criticó que la investigación se basara en intercambios de acusaciones políticas. «En un informe serio y riguroso nunca se deberían introducir opiniones y soflamas vertidas dentro del control político de unos partidos sobre otros, pues esas opiniones suelen ser muy distorsionadas y nada útiles a la hora de acreditar el hecho a investigar, so pena de trasladar al informe inexactitudes groseras, como ocurrió en este caso, donde unos representantes políticos denunciaron en prensa graves irregularidades o cientos de metros construidos al margen de la licencia donde solo hubo una diferencia de unos metros de altura de algunos techos por la colocación de escayolas, calificada por la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de 13 de mayo de 2021 como infracción leve», subrayó la resolución del Juzgado 1 en una suerte de ejercicio de restitución social imposible porque el tiempo no se puede recuperar.

Por mi trabajo, conozco a personas que sufren esta pena de telediario. Algunas lo llevan mejor y otras peor. El sufrimiento personal, como el dolor, es algo muy subjetivo, que depende de la gestión que cada uno haga del mismo. Tener metas o ideales altos, en mi opinión, ayuda a paliar el daño, aun cuando el apaleo se vuelve constante en la plaza pública. Víctor Frankl relató en su eterna El hombre en busca de sentido que la libertad más profunda nunca puede ser arrebatada, ni en un campo de concentración ni -añado yo- en el peor de los linchamientos sociales. Sin embargo, no es fácil mantener ese espíritu todos los días a todas horas a lo largo de los interminables años que dura el procedimiento judicial y hasta los santos de la libertad individual tienen momentos de bajón. 

«No hay medida en el terremoto de los titulares, de las tertulias monocromáticas o de las viscerales redes sociales»

Los más terrenales, por supuesto, lloran y lo pasan mal, se sienten impotentes y se llenan de rabia. «Lo peor es que no puedo hacer nada», me confesó un día entre lágrimas alguien que lo había sido todo en el mundo del espectáculo y cuyo imperio se tambaleaba ante sus ojos incapacitados. Muchos, por justicia, y a pesar del dolor, luchan. Y ahí les encuentro. El campo está embarrado, pero no por eso nos vamos a quedar en el banquillo. Saldremos a jugar, les digo. 

Ojo, y no hablo de culpabilidad. No es eso lo que se dirime en la esfera pública. El Código Penal establece condenas en función de criterios de proporcionalidad que tienen que ver con el modo, las circunstancias y el contexto en el que se han cometido los delitos que recoge. Pero en el ámbito social no existe esa armonía. Todo es más de brocha gorda, de elefante en cacharrería o, como dirían los ingleses, like a bull in a china shop. No hay medida en el terremoto de los titulares ajustados, de las tertulias monocromáticas o de las viscerales redes sociales. El comentario dañino fluye como jabón líquido entre las manos en todos estos ámbitos.

No importa tanto la proporcionalidad, el ajustarse a lo exigible por los códigos jurídicos ni ese lejano principio fundamental que reza que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Aquí lo que valen son las percepciones, los juicios morales precipitados, las deducciones gruesas, la falta de contraste, el sentimiento que nubla el intelecto. No es justo. Estamos de acuerdo. Pero solo hay dos opciones y no importa si fuiste presidente del Barça, gerente del Fondo Monetario Internacional, vicepresidente del Gobierno, alcalde de Granada o de Benidorm: o te quedas con los suplentes o sales al lodazal para pringarte hasta la nuca.

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