THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

La Corona y el Gobierno antisistema

«Al tiempo que recibe y aplaude a Doña Leonor, el PSOE pacta voluntariamente con quienes quieren su derrocamiento y el fin del orden constitucional»

Opinión
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La Corona y el Gobierno antisistema

Ilustración de Alejandra Svriz.

La Princesa de Asturias cumple con su obligación y jura la Constitución ante unos diputados que no son capaces de hacer lo mismo. A la izquierda hay un grupo, el del PSOE, que al tiempo que recibe y aplaude a Doña Leonor pacta voluntariamente con quienes quieren su derrocamiento y el fin del orden constitucional y de España. 

Sánchez y sus autómatas son un claro ejemplo de partido semileal a la democracia, que decía Juan José Linz, capaz tanto de prometer el cumplimiento de las normas como de romperlas con tal de estar en Moncloa. Hoy pueden aplaudir a Doña Leonor y mañana jurar que siempre quisieron echar a los Borbones y proclamar la República porque así lo exigen los cinco diputados que necesitan para una mayoría. Esta es la gran tragedia de España: ocupa el Gobierno quien confunde el interés del país con la ambición de una persona, que lidera una organización, el PSOE, cegada por el poder.

Al tiempo, la izquierda mediática, indistinguible ya del gabinete de comunicación de Moncloa, dice que España solo tendrá paz si Sánchez lidera un «gobierno de progreso». Esto significa que la quiebra del Estado de derecho que prepara el sanchismo es tan grande que piensan callar la indignación popular con promesas de gasto social, de más Estado regulador y con adoctrinamiento woke.

«El cambio de régimen precisa la anulación del poder judicial, asunto al que solo falta la elección del CGPJ»

Atentos, porque nos quieren cambiar la democracia y la libertad por subvenciones y corrección política, el contrapeso de poderes por la protección estatal, y la soberanía nacional por el patriotismo de partido. Cuentan para ello con una enorme estructura mediática que adoctrina al compás que marca Sánchez. De hecho, los tres máximos anunciantes en España, los que ayudan a esos medios a sobrevivir, son ministerios. 

El cambio de régimen, con este golpe pautado, precisa la anulación del poder judicial, asunto al que solo falta la elección del CGPJ. Por eso el PP debe resistir en este tema hasta el final. El paso siguiente es acabar con la monarquía, viejo sueño de los revolucionarios, de esos mismos que solo han traído dictadura y sangre a nuestro país. Una vez abolida la monarquía, nada de lo que firmaron los reyes será legítimo. No habrá ley ni estructura que no sea considerada carente de legitimidad, hija de un tiempo bastardo. Esa es la tabla rasa sobre la que la izquierda y los nacionalistas quieren trabajar para cumplir sus objetivos. 

La gran diferencia entre la monarquía y la república en España es que la primera ha convivido con la libertad y la democracia, y la segunda es sinónimo de revolución y enfrentamiento civil. El argumento de que la forma republicana es más democrática es una falacia. La democracia no es votar, es asegurar el ejercicio libre de los derechos individuales de todos frente a gobiernos, instituciones y partidos. Por eso la Segunda República no fue una democracia, sino un intento patético y sangriento de hacer una revolución, de ajustar cuentas, de dar la vuelta al país en contra de la otra mitad. Esta verdad escuece a los que gustan de levantar santorales y mitos donde solo hay golpistas, guerracivilistas y totalitarios, pero es incontrovertible. 

«Pensar que un número de votos permite cambiar a beneficio de parte un régimen se llama dictadura»

La democracia, lo digo para la izquierda y sus amigos rupturistas, no es poner una urna, sino garantizar que a pesar de votaciones y mayorías parlamentarias, incluso de invasiones del poder judicial por parte de autoritarios, la libertad de ningún ciudadano va a desaparecer ni menguar. Lo contrario, pensar que un número de votos permite cambiar a beneficio de parte un régimen se llama dictadura. Es por esta razón que conviene que existan instituciones que simbolicen la continuidad frente a los cambios de opinión. El seguro de vida de una democracia inestable como la española, y que la Segunda República no quiso ni vio venir, es que existan instituciones ajenas a los partidos que aseguren la permanencia de la libertad. Esta es la justificación de la monarquía hoy en España. 

El PSOE nunca ha sido monárquico. Lo sabemos. Solo muy recientemente, y como paréntesis, entre 1977 y 2000, y de forma difusa hasta 2011, fue demócrata, es decir, respetuoso con las reglas de juego del sistema tanto en el gobierno como en la oposición. Hoy ni siquiera es constitucionalista. El socialismo español vive del artificio totalitario de la justicia social y del patriotismo de partido. No hay nada más detrás. Sánchez es la conclusión lógica de esa esencia antisistema que nos ha introducido en el periodo más oscuro de la democracia desde 1978. Esta es la gran paradoja de hoy. Una Corona leal y constitucional, frente a un Gobierno que solo invita a la desconfianza y al pesimismo.

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