A favor del verano
«Otro verano por delante. A favor de la vida crepitante y tropical. Su estética calurosa. Su tiempo que se ensancha. Sus noches de terraza cuando hay brisa»

Ilustración de Alejandra Svriz
Con mis ventiladores en estéreo estoy como en el ojo del huracán. Me acarician vientos frescos, mientras la ciudad hierve o se calcina. La diferencia con el aire acondicionado es que este proporciona un frío abstracto. Los ventiladores son sensuales: te llevan el frescor a la piel. Y proporcionan un zumbido sedoso que anula el mundo. Suena el piano de Keith Jarrett interpretando a Carl Philipp Emanuel Bach (sonatas Württemberg) y la música tiene que acoplarse al rumor, encauzándolo en su melodía y su ritmo.
Carl Philipp Emanuel Bach es para mí el símbolo de la siesta feliz. Felicidad por disolución. ¿Cuántos años tendría, 17, 18? Me había echado tras la comida. En Radio 2 (hoy Radio Clásica) había un ciclo de CPE Bach a esa hora. No era verano, sino otoño. Me adormilé con la música, perdí la noción del tiempo. Una luz filtrada por la cortina me daba en la cara. Su jugueteo me provocaba un embeleso que se entretenía. Era la fusión de las notas con el sol, y la insinuación de una región aérea a la que yo había sido transportado. Aunque no a un pasado, como la sonata de Vinteuil de En busca del tiempo perdido, sino hacia un futuro. Desperté por fin, habiendo experimentado la verdad metafísica de que la sustancia de las cosas es alegre.
Esto se desata en verano. Tuve la misma percepción el sábado, en mi primer día de playa. Me había dado el baño inaugural, bautismal siempre: la flotación en el líquido amniótico del Mediterráneo, ese azul que es reflejo del cielo, la reacomodación gravitatoria de los órganos y la circulación de la sangre como un delfín por las arterias, el aligeramiento de las preocupaciones. Después me puse la gorra, las gafas de sol y eché a caminar por la orilla. No sé cuánto estuve, debí de hacer kilómetros. Era como penetrar en una masa palpitante que no se terminaba nunca, hecha de cuerpos, risas, chapoteos, charlas, colores, carreras, saltos, también pasividad en las toallas, abrazos, besos, lectura, con el sol arriba y las olas al lado, su vaivén físico y sonoro. Un estruendo sostenido que era el de la alegría.
Me acordé de los versos sin puntuación de Apollinaire: «He aquí que viene el verano la estación violenta / Y mi juventud ha muerto como la primavera / Oh Sol es el tiempo de la Razón ardiente». En otra playa Octavio Paz (quien, por cierto, tituló un libro La estación violenta) se puso fino con nostalgias apolíneas: «Hay turistas también en esta playa, / hay la muerte en bikini y alhajada, // nalgas, vientres, cecinas, lomos, bofes, / la cornucopia de fofos horrores». Pero mi impresión fue gozosamente dionisíaca, con horrores y con bellezas (¡tetas, espaldas, piernas, hombros, bocas, ombligos, culos!), todo revuelto y todo vivo.
El componente lúgubre, bajo el sol, tampoco faltaba. Por detrás de mi paseo vitalista, a cada paso, se producía la lección de Ricardo Reis: «Si aquí de un manso mar mi honda huella / tres olas la borran, / ¿qué me hará el mar que en la atra playa / es eco de Saturno?». Atra es un latinismo que significa «negra, oscura, sombría». Lo de Javier Marías también: Negra espalda del tiempo. Pero el paseo era de frente. Sin ignorarlo, avanzar.
Otro verano por delante, con la sintonía del Samba de verão (¡o El nadador!). A favor, naturalmente, de la vida crepitante y tropical. Su estética calurosa. Su tiempo que se ensancha. Sus noches de terraza cuando hay brisa. Y la brisa perpetua en la cama que suscita el ventilador. Que tampoco falta en el escritorio, donde refresca ahora mi prosa.