The Objective
Manuel Burón

España contra sus jueces

«El experimento mexicano de reforma de la justicia, cuyo resultado ha sido desastroso, debería servirnos de advertencia para nuestra democracia»

Opinión
España contra sus jueces

Ilustración de Alejandra Svriz

Hay despertares agradables y luego están los desayunos de Luis García Montero. En una de sus últimas columnas declaraba: «Cada mañana, después de leer y escuchar las noticias, siento un deseo acuciante de que alguien meta en la cárcel a los jueces indecentes». Luego se acordaba de Stalin, se le pasaba un poco y ya solo quería reformar todo el Poder Judicial. Quizás podría probar con leche sin lactosa. O con el ayuno intermitente.

Leyendo estos días a articulistas, a catedráticos de derecho, escuchando al Gobierno, día sí y día también, atacar a los jueces (la ministra de Ciencia, por ejemplo, que acusó al juez Peinado de «estar pagando favores a la señora Ayuso»), viendo todo ello, no pude evitar acordarme de México.

De entre todos los canarios en la mina de las democracias, ninguno tan delicado como el de la Justicia. Lo hemos visto en Turquía, Estados Unidos, Hungría y otros muchos países. Quizás fue en México, antes con López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum, donde se ejerció mayor presión sobre los jueces, donde se intentó llevar a cabo una más profunda reforma judicial. Y su experiencia debería servir de advertencia para toda democracia que se inicie en esa deriva.  

Se ve que cada líder populista, como los pintores renacentistas, tiene su manera. Y esta se manifiesta principalmente en el modo de cooptar la discusión pública. Trump lo hizo a golpe de Twitter, aunque ahora presione directamente a las televisiones. Pedro Sánchez ha preferido hacerse con el control de periódicos, radios y televisiones. Y ahora, en cada franja de emisión, y desde la más venerable institución del país, encuentra uno a alguien dispuesto a defender las esmeraldas de Zambia o los zafiros de Tailandia del expresidente.

Pero de todos ellos, quizás fuera López Obrador quien recurrió a la más infalible (y legal) de todas las tácticas, la de comparecer toda la mañana, todos los días, acaparando así la atención mediática. Quizás de allí vino esa manera de hablar, lenta y pontificia, de AMLO y ahora también de Sheinbaum, de tener que rellenar las dos o tres horas de comparecencias diarias.

«Para muchos medios, la noticia es siempre la acción del juez, nunca la posible comisión de un delito»

En esas «mañaneras», como se acabarían conociendo, se comenzó a criticar a los jueces. Pronto, los nombres de muchos magistrados fueron tan conocidos para la opinión pública mexicana como hoy son para nosotros los de Calama, Peinado o Marchena. Y con los jueces sucede un poco como con Real Madrid Televisión: cuando se nombra a los árbitros, no es que se esté pitando mal, sino que el equipo está jugando horrible.

En España, muchos medios de comunicación han comenzado a informar de los casos de corrupción de una manera tan peculiar como significativa. La noticia es siempre la acción del juez, nunca la posible comisión de un delito. Los magistrados, con su nombre y su fotografía, han comenzado a convertirse en el sujeto de la actualidad política, mientras que los miembros del Gobierno investigados, o los afines a él, son relegados al complemento directo de la oración, al sujeto pasivo sobre el que recae la desmesurada acción del verbo.

En México, el constante señalamiento y estigmatización de todo el Poder Judicial acabó teniendo el efecto deseado. Hace tiempo leí, en el muy gubernamental periódico de La Jornada, una carta al director que dejaba helado. Un lector «exigía» a la presidenta Sheinbaum no doblegarse ante los jueces. «La revolución de la Cuarta Transformación de la vida nacional es pacífica y radical. Tope donde ajuste», le pedía a su presidenta, pues «la disputa por la nación está en proceso, los reaccionarios son muy poderosos, pero el pueblo consciente lo es mucho más». 

Me acordé de ella cuando leí otra en El País en donde otro lector opinaba en el mismo sentido: «Un sistema que permite llegar a las más altas magistraturas del país a tantos jueces que no cumplen su función debería ser reformado».

«En México, para renovar a todo el estamento judicial, acusado de conservador, se acabó con el acceso por mérito»

En México el sistema sí fue reformado. Y el resultado ha sido desastroso. Para renovar a todo el estamento judicial, acusado de conservador, se acabó con el acceso por mérito, convirtiéndose en el primer país que elegía electoralmente a todos sus magistrados. Una reforma que, en palabras de The Economist, acabó «socavando el Estado de derecho, perjudicando sus perspectivas económicas y debilitando su joven democracia». Tanto que el Gobierno ha tenido que matizar recientemente su propia reforma. La tan baja calidad del estamento judicial elegido ponía en peligro incluso una acción de la justicia completamente partidista.

El experimento mexicano debería servirnos de advertencia. En España, ya tenemos una importante parte de la opinión pública atacando a los «jueces indecentes», llamando a reformar la justicia, pidiendo al cabo a su presidente lo mismo que aquel ciudadano mexicano, que «tope donde ajuste».

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