The Objective
Benito Arruñada

Ruedas de molino

«Cada mentira que el votante se traga encarece su negativa a tragarse la siguiente, hasta que ya no sabe bajarse del bucle»

Opinión
Ruedas de molino

Ilustración generada con IA. | Benito Arruñada

El timador necesita crédulos. Pero el crédulo no es una víctima pasiva: aporta a veces la codicia y casi siempre el deseo de no haberse equivocado y seguir creyendo lo que le conviene. Sin ese deseo, no habría estafa; pero, una vez puesta en marcha, su credulidad no deja de crecer.

Comulgar con la primera rueda de molino cuesta. En cambio, tras haber tragado la primera, tragar la segunda le cuesta mucho menos: rechazarla le obligaría a admitir que la primera tampoco debió tragarla. Así que la traga, y al hacerlo evita revisar la primera. Ni siquiera le hace falta creer: el más inteligente no siempre cree lo que traga, pero, una vez ha tragado, no necesita creerlo. Le basta con dejar de creer en los demás.

Antes de la actual, tragó otras, cada una más grande que la anterior: que todo eran bulos de la prensa; que no había para tanto; que la «cloaca» destapada por la Guardia Civil no era una trama, sino simple militancia; o que el partido ya había tomado medidas, y eso mientras los señalados seguían en sus puestos y los apartados seguían operando. 

La rueda que hoy les administran es la del acoso judicial, el lawfare, y la empuja el propio Gobierno: un ministro incluso ha proclamado que «hay jueces que prevarican». Para sus acólitos, que muchos de esos jueces sean de izquierda, que los promoviera la izquierda o que antes imputaran a partidos de derecha no desmiente la conspiración: solo les obliga a agrandarla hasta meter también a esos jueces en el complot. 

A medida que se acumulan las imputaciones, se multiplican las causas de corrupción y estas salpican cada vez más arriba, la excusa de la persecución orquestada ha de ensancharse. Cuando los indicios eran uno o dos, bastaba con señalar a jueces aislados. Cuando un informe de la Guardia Civil incomoda, también el cuerpo que ayer era fiable se pone en cuestión: hay que descreer hoy de quien se creía ayer. Y cuando los casos son una docena, se postula una conspiración de toda la judicatura, la policía y la prensa. La evidencia no debilita la fe porque, cuanto más pesan los hechos, mayor es la rueda que los oculta. No hay prueba tan grande que no encuentre una tragadera a su medida.

El votante, además, encuentra en la propia escala la excusa que buscaba. Que se atribuyan al poder tantos fraudes, y tan distintos —rescates, mordidas, amaños, cloacas—, le permite tacharlos de inverosímiles: nadie, se dice, pudo urdir tanto y tan variado. No es que la desmesura le impida creer; es que le ofrece el pretexto para no hacerlo. Así, lo que debería abrumarle se vuelve su refugio.

Mientras se denuncia esa conspiración de jueces, policías y periodistas, las investigaciones judiciales apuntan justo a lo contrario: a que desde el poder se ha tratado de fabricar material para desacreditar y hasta chantajear a policías, fiscales y magistrados. Y no es una mera sospecha: el propio fiscal general del Estado fue condenado por revelar secretos. Tragada la persecución, los indicios y la evidencia de esa acusación invertida se rechazan sin examen, como si fueran un bulo más. Y quien tragó la versión pequeña no puede rechazar la grande sin reconocer que la pequeña era falsa.

«Cuando un informe de la Guardia Civil incomoda, también el cuerpo que ayer era fiable se pone en cuestión: hay que descreer hoy de quien se creía ayer»

Es una aritmética similar a la que atrapa al gobernante acorralado, pero con otra moneda. Este redobla concesiones porque cada una compra un día y obliga a la siguiente. Su votante redobla tragaderas porque cada una protege a las precedentes y prepara la próxima. Son dos pirámides simétricas: una se paga con el dinero y las reglas de todos, otra sacrificando la propia autoestima para blindar la identidad. Ninguna tiene salida ordenada: sus protagonistas solo pueden seguir huyendo. Ni siquiera la Corona escapa del todo: cada cesión, por pequeña que sea, la expone a la siguiente.

Y la mayor rueda de todas aún no se ha servido, pero asoma en el horizonte. Unas elecciones planteadas como plebiscito —la nación, la república, el progreso frente a la reacción— permitirían a muchos volver a votar por algo elevado, incluso trascendente, para, de paso, tragarse la impunidad sin dolor. Sería la coartada perfecta, porque disolvería la corrupción en un supuesto ideal: no se votaría proteger a nadie, se votaría un porvenir tan luminoso que no dejaría ver el lodo y los fosos del camino. La penúltima rueda —la del acoso judicial— prepara así el estómago para esta última, desde la que sería trivial orquestar un indulto general. Quien, siendo cómplice, se cree perseguido, está predispuesto a votar por su salvación. 

Al timador nunca le faltan comparsas, corifeos ni secuaces. Y no solo por el interés de los apesebrados, ni porque abunden los tontos, sino porque la credulidad, como el fraude que la alimenta, se construye por acumulación. El poder huye hacia adelante porque no quiere ir a la cárcel; sus votantes, porque a estas alturas muchos ya no pueden permitirse haber errado al definir su propia identidad. 

La pregunta no es por qué huyen el líder y su partido, sino por qué los siguen tantos de sus votantes. La condena más amarga es la de quien ha apostado su vida por una identidad que, cuando se atreve a abrir los ojos, se ha vuelto indigna.

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