The Objective
Manuel Burón

México: el Mundial más excesivo en la ciudad más caótica

«Tiene toda la lógica que el torneo más absurdo que se recuerda empiece en una de las capitales más fabulosamente anárquicas que existen»

Opinión
México: el Mundial más excesivo en la ciudad más caótica

Imagen creada con inteligencia artificial.

Se ha inaugurado en Ciudad de México el Mundial de fútbol. Y tiene toda la lógica que el torneo más absurdo que se recuerda empiece en una de las ciudades más fabulosamente caóticas que existen. 48 selecciones están convocadas a jugar en tres países —Canadá, EEUU y México—, encima nada bien avenidos entre sí. Los habitantes de cuatro de los países clasificados tienen restringida parcial o totalmente la entrada a las sedes del mundial. Con recordar que Estados Unidos, el principal anfitrión, solo en el último año y pico ha invadido a otros siete países, está todo dicho.

Por delante, 39 días de fútbol, sí, pero de mucho más, pues allí habrá también fricciones políticas, populismos desatados, países enfrentados actualmente en guerras o afectados por epidemias. Teniendo en cuenta todo esto, solo una ciudad podía soportar el peso de inaugurar semejante kermés: Ciudad de México.

Lejos de esas paseables y aburridas aldeas europeas, llamadas Barcelona, Milán o Berlín, la capital mexicana, con sus más de 20 millones de almas, se extiende despiadada sobre un antiguo lago hasta donde le han dejado los volcanes y los terremotos. Una ciudad ignífuga, inindundable, indestructible, ¿qué es para ella un simple Mundial de fútbol?

Estos días se ha hablado mucho de obras apresuradas, calles y estaciones de metro clausuradas. El Gobierno mexicano incluso dio fiesta el día de la inauguración a las escuelas e instituciones públicas (no se sabe muy bien si para no favorecer el caos o acaso para azuzarlo un poco más). A ello se le suman las habituales manifestaciones, un despliegue policial orwelliano y embotellamientos de magnitudes bíblicas, ¿pero no es esta la rutina diaria para los chilangos? Como decía la canción del Chava Flores: «Llegar al centro, atravesarlo es un desmoche / Un hormiguero no tiene tanto animal». Pero algo muy similar decía ya a finales del siglo XVIII Bernardo de Balbuena: «Su sordo ruido y tráfago entretiene / el contratar y aquel bullirse todo, / que nadie un punto de sosiego tiene».

Madrid ha podido colapsarse estos días por la sola confluencia de dos personas, el papa León XIV y Bad Bunny, pero los 1.248 futbolistas convocados, las muchas autoridades y jefes de Estado, los miles de aficionados en Ciudad de México bien podrían pasar desapercibidos disueltos en su caos cotidiano.

«¿Quién podrá oír los exabruptos de Donald Trump mientras por la calle grita el vendedor de tamales oaxaqueños?»

El escritor mexicano Juan Villoro describió cómo en la capital azteca uno debe estar dispuesto a encontrarse junto hasta lo más improbable, una «vulcanizadora frente a la iglesia colonial, un rascacielos corporativo junto a la caseta metálica de un puesto de tacos». Un palimpsesto que ya era mundial mucho antes de 2026. Y que, a pesar de los habituales defensores de esencias, esconde muchas influencias. «La ciudad de Moctezuma vive latente, en conflicto y confusión perpetuos con las ciudades del virrey Mendoza, la emperatriz Carlota, de Porfirio Díaz de Uruchurtu y del terremoto del 85», dirá de ella Carlos Fuentes. A lo que estos días habrá que sumar a Gianni Infantino, Felipe VI, Katy Perry, Mbappé, Ester Expósito o Donald Trump.

¿Cómo no relativizar todo desde aquí? En Ciudad de México el insufrible ruido político que nos envuelve parece una sinfonía de Brahms; el desorden global, un sobrio jardín japonés. ¿Quién podrá oír los exabruptos de Donald Trump mientras por la calle grita el vendedor de tamales oaxaqueños? ¿Quién se podrá creer las excusas del macilento Pedro Sánchez si al lado suena el chiflo del afilador o la campana del basurero? ¿Quién va a hacer caso de las mixtificaciones históricas de Isabel Díaz Ayuso si a lo lejos se escucha el metafísico silbato del vendedor de esquites? Incluso si surgiera otro horrible invento como aquel de las vuvucelas de Sudáfrica, estas quedarían atenuadas por los organilleros, los ambulantes o tiangueros, que por toda la ciudad van entonando sus letanías.

Así que, si es usted un afortunado que este verano visitará México, si ha podido pagar los hasta 7.000 dólares que cuestan las entradas a los partidos del Mundial, le daré un consejo: no intente aquí nadar contra corriente. Al contrario, déjese revolcar por el bullicio. Como recomendaba Carlos Monsiváis: encuentre su lugar en el caos. Si lo consigue… ¡qué aburrida le resultará su ciudad de origen!

Disfruten de este Mundial desquiciado, excesivo y maravilloso. Yo, por mi parte, me iré a tomar unas margaritas a San Ángel Inn. Si consigo llegar.

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