Jorge San Miguel

Pero… ¿hubo alguna vez 11.000 expertos?

«Muchos de los que hablaron en marzo del año pasado no eran expertos de ninguna manera razonable, sino más bien comunicadores»

Opinión

Pero… ¿hubo alguna vez 11.000 expertos?
Foto: Gaelen Morse| Reuters

Se cumplen estas semanas unas curiosas efemérides: los aniversarios de que tal o cual personaje público (políticos, periodistas, divulgadores, tuiteros, científicos también, hasta algún ministerio) se pronunciase contra el supuesto alarmismo en torno al coronavirus. Varias cuentas de Twitter nos lo recuerdan a diario. Son divertidas, de una manera sobrecogedora, sobre todo por la casi absoluta ausencia de otro juicio sobre lo que se dijo aquellos días. Los opinadores han seguido opinando y los humoristas han seguido con las gracietas sincronizadas con el reloj oficial. De los ministerios no hablamos, e incluso el responsable último de la gestión de la primera ola acabó recompensado con una candidatura autonómica. ¡Para que luego digan que no hay meritocracia!


Yo sí tengo un recuerdo bastante vivo de aquellos días. Habíamos viajado a Londres para el fin de semana, y por la mañana me levanté con el mensaje de un amigo que me alertaba de la tormenta. En el avión de vuelta ya no nos parecían tan graciosas las mascarillas. Yo llevaba unos días bromeando en las reuniones de la oficina sobre la inminencia del teletrabajo, pero las bromas cada vez eran más sombrías y empezaron a convertirse en otra cosa. A mediados de semana empezamos a entender el lío en que estábamos metidos, pero seguía sin haber advertencias oficiales serias y las mascarillas no dejarían de ser inútiles o dañinas hasta bien entrada la primavera. Me costó convencer a mis padres de que no saliesen de casa. Unos días más tarde llegó el confinamiento, como un ladrón en la noche.

Lo interesante del caso, insisto -y perdón por la frivolidad tras los 80.000 muertos-, es que aquí no ha pasado nada. La gente que opinaba esas cosas tan rotundas y con tono tan displicente hace apenas un año sigue ahí. Los de los chistecitos, ahí siguen. Hasta los divulgadores, inasequibles al desaliento, divulgando. En todo caso se les ha premiado con más espacios en los medios públicos o concertados; porque de eso iba todo al fin: de saber quién manda, como Humpty Dumpty. Nadie es capaz de predecir el futuro, ya lo dijo Yogi Berra, pero entre la saludable humildad que implica ese reconocimiento y la exhibición marmórea, chulesca, desaforada de jetas que estamos viendo tiene que haber algo.

La cuestión afecta radicalmente a un debate que tuvimos hace años, el de los expertos. En primer lugar, porque muchos de los que hablaron en marzo del año pasado no eran expertos de ninguna manera razonable, sino más bien comunicadores que emplean ciertos heurísticos para seleccionar opiniones correctas en un determinado campo. Y sinceramente, pasarse la vida denunciando a voces la homeopatía o el espiritismo no confiere a nadie autoridad para hablar de epidemias -ni de casi nada-. Internet ha consagrado la funesta manía de llevar razón, pero llevar razón sobre ciertas cosas apenas significa algo.

En segundo lugar, porque incluso los que tenían una categoría de expertos razonablemente acreditada se enfrentaban a una situación que excedía su experiencia; y, más aún, porque los expertos, cuando actúan en la esfera pública, no son inmunes a los sesgos, las condiciones y la tiranía de los medios y lenguajes particulares que afectan al resto de los mortales. O, por decirlo de otra forma, un científico sólo lo es verdaderamente mientras usa un método científico, y en la medida en que contribuye a un corpus colectivo de conocimiento con capacidad para enmendarse a sí mismo; nunca por sus opiniones. Añadamos a esto que los que seleccionaban, y seleccionan, a los expertos eran en muchos casos periodistas con obediencia ideológica más o menos declarada, y el cuadro se va completando.

Este excurso sobre el conocimiento experto es, por supuesto, hilar demasiado fino para el grueso de lo que se vio en marzo del 2020. Que fue, sin más, una esfera de opinión pública sedada, cooptada por el poder político y carente de autonomía para ejercer ni la vigilancia, ni la alerta, ni la fiscalización. Unas pocas voces se alzaron, no necesariamente las más prestigiosas; quizás sí las que veían peligrar menos su bolsillo o su imagen por ir contra la corriente. A un año de la gran cagada, sigue pendiente una reflexión sobre si nos saldría más a cuenta como país una esfera de opinión plural, al precio de aumentar la disonancia, u otra cargada de ínfulas y credenciales pero con obediencia unánime al patrón de turno.

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