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Recordando un olvido

"No le interesan las pasiones y duelos de la España que se complace nihilistamente en su autodesprecio"

Foto: Norman B. Leventhal Map Center | Flickr

José María Salaverría Ipenza (1873-1940) era uno de esos vascos tan vascos que sentía quintaesenciar en sí lo español. Nació por casualidad en el faro de Vinaroz, del que su padre era torrero accidental, pero creció en el faro del monte Igueldo, teniendo a San Sebastián a sus pies. Allí cerca está enterrado.

Se consideraba contemporáneo de la generación del 98. “He asistido a su desarrollo con carácter de espectador y en cierto modo he participado de sus excesos”, escribe. Pero Azorín, que estilísticamente no duda en catalogarlo como noventayochista, prefería situarlo en sus márgenes, junto a los Machado o Marquina, porque se sentía incómodo con el nietzscheano optimismo de la voluntad que Salaverría defendía sin complejos, harto de fruiciones derrotistas. Y es que Salaverría se empeñó en creer en España, por encima de cualquier filiación partidista. No le interesan las pasiones y duelos de la España que se complace nihilistamente en su autodesprecio. Prefería invertir sus energías en ese empeño constructivo titulado La afirmación española (1917), que es un ejercicio terapéutico “de la moral de la voluntad aplicada al optimismo”.

“En todas partes está mal visto el negador de su Patria. En todas partes recibiría una pronta sanción pública la persona que desdeñase, disminuyese o hiciera chacota de su Patria. A este resultado debe llegarse en España. Hay que cambiar de tono”. Y hay que hacerlo con urgencia porque “los pueblos necesitan, si puede ser más que las personas, de los sagrados velos de la ilusión alentadora y de una confianza ciega en la obra de su pasado y de su porvenir”.

La generación del 98 no estuvo a la altura de lo que el país demandaba. No supo ofrecernos un mito nacional o, al menos una historia cordial de lo nuestro. Fue una generación de “fanáticos cruzados” de la quejumbre y del “lamento jeremíaco” que se propuso el absurdo de querer transformar España careciendo “de convicción patriótica”. Su resultado objetivo es que concedió “al separatismo la única fuerza de que dispone”.

Me parece que el único que recogió su propuesta fue, paradójicamente, el Maeztu que animaba a amar a España “arbitrariamente, como las madres quieren a sus hijos” y a dejar “de batir palmas” ante “los propagandistas de la disolución nacional”. Los dos eran vascos y dos grandes ingenieros de la voluntad. Pero no han tenido mucho éxito. Han sido más esquivados que combatidos. Pero aún, quizás, estamos a tiempo de que no se nos olvide el olvido de La afirmación española.

Por mi parte, no me voy a cansar de repetir las palabras que Carl Schmitt recoge de Ramiro Rico: “El supuesto primordial de España como problema es una Europa aproblemática”.

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