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Todas las noches de la humanidad

"La Navidad puede leerse en código binario: el bien y el mal, el rey rico y poderoso frente al Niño pobre e indefenso, la noche y el día..."

Foto: Alasdair Elmes | Unsplash

Para hablar como los contemporáneos –uno es hijo de su tiempo–, se diría que la Navidad puede leerse en código binario: el bien y el mal, el rey rico y poderoso frente al Niño pobre e indefenso, la noche y el día… Los padres de la Iglesia observaron que no es casualidad –nada es casual en la estampa de Belén– que el Mesías no naciera a la luz del sol sino en la oscuridad, precisamente para que resaltase aún más el brillo de la esperanza que traía: la de un Salvador anunciado por la estrella y los ángeles. Hoy este relato nos parece mitológico, casi infantil: una maternidad virginal contra toda lógica científica, una divinidad kenótica que se despoja de su eternidad para hacerse mortal y sufrir una muerte de cruz, unos astros que adoran a su Creador en el firmamento – pero de los que apenas queda constancia en otras fuentes de la época–, la aparición de un coro celestial de figuras angélicas, la llegada de unos misteriosos magos, el odio de Herodes, la misteriosa indiferencia de los posaderos… Todo resulta secreto y público a la vez, vedado a los ojos de unos, evidente y claro a los ojos de otros. Se diría que las consecuencias del fiat mariano se extienden a lo largo de los siglos en forma de pintura, música, arquitectura, teología, consuelo, poder y martirio. En su famoso poema “Cristo en la cruz”, Jorge Luis Borges escruta la mirada y el pensamiento de ese hombre llamado Jesús que nació en una aldea palestina. Así dice el poema:

El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado.

Borges, que es nuestro contemporáneo, piensa como tal y su mirada ve lo que veríamos nosotros: la incredulidad y el abismo. Pero al contemplar a Cristo en la cruz no alcanza a distinguir otros ojos, que también estaban en Belén. Y que asimismo miraban sin entender, aunque sosteniendo todavía el fiat. ¿Qué le está concedido contemplar a la Madre en la noche de Navidad? ¿Ve los ángeles y los reyes, los pastores y los bueyes? ¿Qué siente ante el Hijo? Tiene trece, catorce, quince años a lo sumo. ¿Conoce los planes de Dios? Tal vez no. Ama a su hijo, como haría cualquier madre. Y al amar sucede algo que sólo podemos calificar de milagroso: un Dios empequeñecido, que necesita de unos padres para sobrevivir; que ha de ser alimentado, protegido; que necesita cariño y calor; que debe aprender a amar humanamente con el ejemplo de sus padres, junto a ellos y con ellos. Si la historia de la Natividad constituye un relato en clave binaria, la mirada y el consuelo de la Madre no lo es. Precisamente porque esa primera luz que surgió de entre las tinieblas necesitaba un corazón que lo acogiera. Siglos más tarde, la enfermera judía Etty Hillesum reflexionará sobre la impotencia de Dios en los campos de exterminio nazi: Dios es débil, aseguró, tiene necesidad de nosotros. Eso ya estaba en Belén. El misterio de la Navidad recorre todas las noches de la humanidad.

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