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Triste España sin ventura

"Son –han sido– veinte años perdidos, que nos dejan muy poco preparados para el futuro: divididos culturalmente, enfrentados ideológicamente, empobrecidos como sociedad"

Foto: Bernat Armangue | AP

Si uno mira la evolución del IBEX 35, comprobará que el índice español se encuentra en niveles de hace veinte o veinticinco años. Es un gráfico sesgado, desde luego, que no refleja exactamente la realidad: al contrario que otros mercados bursátiles –el DAX alemán, por ejemplo–, el español no tiene en cuenta el pago de dividendos, históricamente uno de los más generosos de Europa. Pero aun así nos encontramos muy lejos de la evolución positiva de otras economías y la impresión rápida que se lleva el ciudadano es la de una sequía de años, un curso de décadas perdidas a nivel productivo e industrial. Se dirá –y con razón– que vivimos mucho mejor que a finales de la década de los noventa, y así es. Los fondos europeos y la orgía del dinero barato permitieron mejorar las infraestructuras del país: se crearon bibliotecas municipales y centros de salud, hospitales y autovías, redes de AVE y aeropuertos, institutos y universidades. La tecnología permitió empequeñecer el mundo, al igual que una cultura low-cost que compra experiencias a un costo razonable. Aparecieron los teléfonos móviles e Internet, el correo electrónico, Amazon y YouTube. Luego llegarían Spotify y Netflix, Airbnb y Twitter: el mundo en un clic. En Mercadona empezaron a abundar las grosellas y los arándanos, los kiwis dorados y las píldoras de melatonina. La calidad de vida mejoró sin duda y lo hizo de un modo generalizado, a costa –eso sí– de un enorme endeudamiento y un apalancamiento imparable que pesará como una losa sobre las generaciones venideras.

Pero, evidentemente, la calidad de vida no coincide necesariamente con el vigor económico. Las piscinas municipales no se tradujeron en incrementos competitivos. Más institutos no supusieron una mejora en los resultados de las pruebas PISA. El tejido ferroviario de alta velocidad conectó ciudades, pero no disparó la productividad industrial. La introducción del euro alimentó las alzas inflacionarias de bienes básicos mientras se sucedían distintas burbujas, de las cuales la peor –ahora lo sabemos– fue la ideológica: el retorno acelerado y compulsivo del resentimiento y la frivolidad. Como suele repetir el sabio Gregorio Luri, los centros de enseñanza parecen empeñados en transmitir una pena paralizante y baldía, sumergidos bajo un aluvión de inteligencias emocionales, inteligencias múltiples y otras memeces. Son –han sido– veinte años perdidos, que nos dejan muy poco preparados para el futuro: divididos culturalmente, enfrentados ideológicamente, empobrecidos como sociedad, institucionalmente endebles, rotos políticamente, con unas elites efébicas y un debate público inexistente. “¡Triste España sin ventura!”, cantaba Juan del Encina. Pobre Europa, también, sin guía ni ventura.

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